Magia humana

Cerca de los ríos, donde el agua canta y los árboles menean sus hojas, una ninfa caminaba sin cuidado.  Su piel, tostada por el sol, brillaba con la intensidad de los fuegos, pero con la sutileza de una nube. Los bucles azabaches, adornados con azafranes y narcisos, descansaban en una trenza que caía por su larga espalda. La tela vaporosa de su vestido se pegaba a sus pechos y caderas, realzando la figura que cautivaba la belleza del ojo que atrapara.

Llegado al arroyo, se recostó en la roca más cercana y empezó a lavar su cuerpo con el agua que murmuraba a sus pies. Fue entonces cuando creyó ver a alguien dentro del río; una forma difusa en medio del torrente que parecía ganar intensidad. Pero, cuando volvió a fijar su vista, no quedaba ni la sombra de lo que había creído observar; todo esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Esta vez, lo que la abstrajo de su confusión fue el sonido de una coqueta y juguetona risa.

—Si se me permite preguntarlo, ¿qué hace una ninfa del fuego como tú cerca de este arroyo? ¿Acaso estás perdida? — la voz provenía de un hada, que daba brincos entre las hojas de un viejo sauce. Su pequeña estatura lo hacía prácticamente invisible, pero sus alas tornasoles brillaban con una intensidad que algunos solo podían soñar.

—¿Perdida? No, paseaba por aquí cuando decidí tomar un baño y refrescar mi piel. Fue entonces cuando me pareció ver a alguien debajo del agua, pero desapareció sin dejar rastro.

—Oh, mi pequeña ninfa, tú y yo bien sabemos que las sirenas solo viven en los mares. No quieras engañarme con tu sublime belleza y palabras delicadas…

Las mejillas de la ninfa enrojecieron ante la acusación y, sus ojos, violetas como amatistas, reflejaban la indignación que sentía. Pero antes que pudiera pronunciar palabra, el hada se sentó en la roca en la que ella estaba y comenzó a hablar.

—Lo siento si herí tus sentimientos, no era mi intención provocar la tristeza en el bello rostro que portas. Tú sabes que mis palabras son sinceras y cálidas, pues nosotros los hadas somos incapaces de mentir. Ahora, déjame contarte una historia, no remendará tus sentimientos, pero sí te garantizo un buen rato, ¿qué dices?

Detrás de su tímida sonrisa, la ninfa asintió, emocionada por oír las historias que le aguardaban. La luz del día se iba acabando y las primeras estrellas del norte se asomaban con recelo en el manto de un cielo interminable.

—De acuerdo, pequeña ninfa. Me supongo que has oído hablar de los humanos, ¿no es eso cierto?

—¿Me acusas a mí de engaños? Todos saben que los humanos son una leyenda, ellos no existen — era ella ahora quien reía — En toda mi vida jamás he visto uno, ¡y prefiero no hacerlo! Algunos dicen que tienen magia…

La última palabra la dijo en voz baja y con cautela, como si la mera pronunciación bastara para desatar un caos.

—¡Claro que tienen magia! Lo sé porque yo mismo los he visto. He estado tan cerca de ellos que temí que me encontraran, pero no parecían interesados en mí. Parecían tener suficientes problemas con ellos mismos, ¿qué es para ellos un pequeño hada sino una basura en el viento y un estorbo en su camino?

El hada calló por un momento, esperando que la ninfa dijera algo, que lo interrumpiera. Pero ella se mantuvo sumisa y callada, con los ojos expectantes, deseosos de aprender más sobre las curiosas criaturas que eran los humanos. Así que, sin más, el hada prosiguió.

—Se protegen con construcciones tan grandes como las montañas, escondiéndose del ojo ajeno y escapando del enemigo. Lo curioso es, que su enemigo pareciera ser ellos mismos — la ninfa, con una mirada confundida, estaba a punto de preguntar, pero el hada pareció leerle la mente, pues prosiguió antes de poder ser interrumpido — algunos de ellos han ganado demasiado poder, demasiada magia y…

—Pero, si tienen la suficiente magia para construir fortalezas y ser tan poderosos, ¿por qué se pelean? Nosotras las ninfas vivimos en armonía y ninguna magia ha recaído en nosotras, ¿acaso eso no es injusto? Tener semejante poder y no ser capaz de aprovecharlo.

—Mi querida ninfa, todos tenemos magia dentro de nosotros, sólo que algunos no saben verla.

—Oh dulce hada, tus intenciones son buenas pero lo cierto es que te encuentras en lo incorrecto. Esas palabras que pronuncias son aquellas dichas para no hacernos sentir inferiores a los humanos, quienes han sido bendecidos con lo que nosotros apenas podemos y soñar.

—Si bien es cierto que los humanos poseen una cantidad de magia inmensurable, hay algo triste detrás de todo eso; ellos no se percatan de los poderes que tienen. Viven en la desdicha, anhelando todo lo que no poseen y desaprovechando lo que tienen. Es una verdadera pena, su magia pareciera ser una condena y no una bendición.

Sentados en el pasto, con el cantar de los grillos como balada, ambos el hada y la ninfa reían y alegres murmuraban, mientras sentían las lágrimas del sauce llorar sobre sus pieles. La ninfa había quedado absorta en la conversación y dejó de tener concepto del tiempo que pasaba. No fue sino hasta dos horas después, cuando la luna alcanzó su cúspide y su tenue resplandor flotaba en el agua, se dio cuenta de lo tarde que era.

—Lamento de todo corazón interrumpir nuestra plática, hada. Pero necesito regresar a mi casa, ya mengua la noche y mis hermanas estarán buscándome. Pero me has proporcionado tan buena compañía, que no me queda más que estar en deuda contigo. Te ruego, pídeme lo que quieres y sin chistar deberé dártelo.

Ahora bien, todos saben que las hadas son las criaturas más engañosas del planeta. Y, aunque pudo haberle pedido cualquier cosa a la inocente ninfa, había una cosa que le daría poder sobre ella y que era muy fácil de conseguir.

—No pido mucho, mi querida ninfa. Solo te pido que me entregues tu nombre y, de esta manera, consideraré nuestra deuda terminada.

Y ella, como una tonta, se lo dio.

Al siguiente día, otra ninfa, de cabellos dorados y ojos esmeralda, caminaba cerca del mismo río en busca de algo qué beber. Fue entonces, cuando creyó ver a alguien debajo del agua.

Autora: Lizeth Solorio Arreola, nació en Colima, Colima (2001). Actualmente es estudiante del Tecnológico de Monterrey, y quiere empezar una licenciatura en letras españolas. Con un particular gusto en ayudar a la comunidad feminista y lgbtq, lidera grupos estudiantiles que ayudan a compartir dichos temas. Amante de la poesía que llena el alma, escritora apasionada y firme creyente que podemos realizar un cambio en este mundo con el poder de las palabras. 

Además, ha sido partícipe en proyectos que buscan ayudar a las comunidades con pocos recursos.


Ilustración de: Araceli García

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