Las huellas de mi vida

1.- Cuando tenía aproximadamente 9 años, el matrimonio de mis padres se fracturó profundamente, lo que llevó a mi madre a “compensarnos” con el regalo prometido, nuestro primer perro. Era un pequeño can con estampado de vaca y el hocico negro con café.

2. Por ser la menor de la familia, mi mamá y mi hermana me dejaron escoger el nombre de la nueva mascota, muy original le puse “Manchitas”.

3. Desde niña me ha gustado jugar bromas pesadas, y mi perro no fue la excepción, una de las más repetitivas fue quitarle el hueso que mi mamá le daba cuando compraba barbacoa. Siempre pensé que era gracioso hacerle maldades a “Manchitas”, pero un buen día mientras jugábamos, mi cara estaba demasiado cerca de sus dientes, así que el resultado fue un moretón en el ojo, tan preciso que parecía un golpe de boxeador.

Cuando llegué a la escuela, creo que fue un lunes, la primera reacción de las maestras fue preguntarme ¿qué me había pasado? #Violenciafamiliar. Yo para evitar la pena, mentí y dije me había caído, claro que no me creyeron, entonces tuve que decir la verdad. Ahora, en retrospectiva pienso que la segunda historia era más difícil de creer. Sin embargo, mi hermana confirmó mi versión sobre el incidente con el perro, y no pasó a mayores en la escuela.

4. Mi papá no estuvo muy de acuerdo con el perro, pero un buen día le hizo su casa de madera (parecía de esas que salen en las películas), recuerdo que Manchitas de inmediato entendió que era suya y se metió a dormir.

5. Perdí a mi perro, y al mismo tiempo se vino el quiebre definitivo del matrimonio de mis padres, nos fuimos a vivir un tiempo con mi abuela por Mixcoac; a ella no le agradaba Manchitas, por lo que mi papá tuvo que “cuidarlo”, ese día me despedí de él, porque en el fondo sabía que tal vez no volvería a verlo. Lo peor, tuve razón.

6. Perdí a mi mascota, y tenía un padre ausente, cursaba el segundo año de la prepa y me adaptaba a vivir en un nuevo departamento en el Centro de la Ciudad; y fue en ese momento que dos perros empezaron a seguirnos por la colonia, un pequeño güero y el otro grande color café.

Pues sí, les dimos comida y como es de imaginar, esos perros no nos dejaron en paz, el grande al parecer tenía dueño y se fue, pero el pequeño se quedó con nosotras un buen rato y era conocido en los bajos mundos como Sparky.

7. Sparky, por lo que nos contó la gente del barrio, era un perro callejero de antaño, que aprendió a vivir hábilmente en este espacio, porque en las mañanas sabía a qué local acudir para el desayuno, después pasar por la comida y ya en la tarde, resguardarse en una casa para pasar la noche.

8. Tarde o temprano Sparky nos robó el corazón, al interior de mi pequeña familia empezamos a platicar sobre la conveniencia de adoptarlo en forma para que dejara de ser un “pata de perro”, principalmente por los riesgos de la calle. Claro que mi madre prócer de la libertad, rechazó en un primer momento la opción; sin embargo, una mañana fatal después de que me había ido al Servicio Social un policía se lo llevó en brazos, porque un borracho le había sacado el ojo (ya para ese tiempo, nos conocían como las dueñas de Sparky). Lo bueno después de ese evento, es que se volvió un perro doméstico con placa, platos, cama y paseos diarios.

9.Una de las anécdotas que más recuerdo de Sparky, fue cuando mi hermana y yo salimos de viaje por dos semanas. Puedo afirmar que esa ausencia nunca nos la perdonó, porque no se volvió a dormir con nosotras en las noches. Yo pensé que los perros no guardaban resentimientos, pero tras ese evento, empiezo a dudarlo.

10. Hace cinco años aproximadamente, la salud de Sparky empezó a caer estrepitosamente, especialmente por los cambios climáticos de la ciudad, un día al ver que ya no quería salir a pasear, fuimos directo al veterinario. En esa visita el doctor nos recomendó valorar la posibilidad de dormirlo, porque ya era un paciente geriátrico y llegaría un momento en que los medicamentos ya no tendrían efecto.

Recuerdo que iba despierto y feliz de regreso a casa, pero cuando entramos a la puerta del edificio lo apoyé en la espalda para abrir la puerta, en ese momento sentí un sobresalto, y fue justo en ese instante que se fue al cielo de los perros.

11. En junio de 2014 falleció Sparky, ese mismo mes mi hermana se fue de la casa y mi mamá estaba desempleada. Por un momento sentí que el mundo se me venía encima, porque me quedaba sola con la responsabilidad de mantener la casa.
Fue complicado, pero me ascendieron en el trabajo y pensé “ya tengo dinero para un perro”, principalmente para que mi mamá no concentrara toda su atención en mí.

12. Así empezamos la búsqueda de una nueva mascota, y fue en septiembre cuando llegamos a un refugio improvisado en Tepito, donde tenían perros en adopción. Yo iba con una idea muy clara, un perro de mediana edad, porque tener un cachorro es más complicado. La señora nos empezó a mostrar los canes que tenía, recuerdo que mi mamá me señaló a un pequeño tipo schnauzer, y yo dije “ese no”.

La elección ya estaba casi tomada, bueno es lo que yo creí, sería una perrita color miel que ya estaba esterilizada. Para mi sorpresa alguien no pensaba igual, cuando me senté el pequeño schnauzer saltó a mis piernas y ya no se bajó de ahí, a la par que impedía que otros perros se me acercaran.

Pues bueno, nos llevamos al pequeño macho.

13. Ya tenía al perro, ahora solo le faltaba nombre. La elección por unanimidad fue “Apolo”, y así se convirtió en mi pequeño Dios Griego.

14. Apolo me ha impresionado con sus habilidades para aprender mis actividades diarias, bajar alimentos de la mesa, abrir las puertas de los muebles para comerse los chocolates artesanales, identificar el camino cuando vamos a la veterinaria, ser competitivo cuando echamos carreritas en la calle (él siempre me gana), entre otras maravillas.

Llevo en mis manos marcas de las innumerables mordidas que me ha dado y, también, tengo en el corazón muchos momentos felices junto a él.

15. Apolo está loco, todos los días que llego del trabajo me recibe con ladridos y me llena el rostro de besos.

Autora: Carolina Franco Pérez, Distrito Federal (1986). Es defeña de corazón, gracias a que su abuela se trajo a su mamá de Oaxaca. Licenciada en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ama el teatro, porque en su juventud quiso ser actriz. Su risa se escucha de polo a polo. Es feminista, principalmente para que las mujeres que vienen detrás de ella tengan más derechos y mejores condiciones de vida. Le gusta la fotografía.

Ilustración de: Sally Nixon

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