Escuchándote

Tú no lo sabes, pero te espero a oscuras, con la cortina cerrada, sin velas. Decidí cubrir mis ojos para no abrirlos cuando llegues. Nada más cerrar los ojos empecé a fantasear contigo, se me cruzan imágenes y recuerdos con todos los sentidos con que te he podido conocer. Pero hoy sólo será a través del oído que me permita percibirte. Le bajo el volumen a todos los otros sentidos y te espero, con los oídos bien abiertos.

Escucho mientras espero la sinfonía urbana detrás de la ventana. El flujo incesante del caudaloso Amazonas vehicular que corre debajo del balcón, automóviles, motocicletas, autobuses y camiones, todos intentan llegar a buen puerto. Los neumáticos variopintos se deslizan por el asfalto. Hombres, mujeres caminan apresuradamente, suenan tacones y pasos, con cierta frecuencia dialogan bocinas de autos.

Esta melodía es muy distinta a aquella que escuché en tus brazos en otro lugar y otro tiempo. Recuerdo el ronroneo sordo del aire acondicionado, afuera llovía, gotas de lluvia, abundantes y gruesas caían golpeando los cristales de las ventanas y el techo. A la distancia los truenos. El coro de ranas y sapos croando.

Sacudo mi cabeza, no son esos los sonidos que acompañan mi espera, aguzo el oído, acecho tu llegada. Trato de escuchar el motor de tu coche entre tantos que circulan por la calle. Me inquieta cada motor potente, desisto, no distingo el motor de un Mustang de una camioneta de reparto, imposible identificar desde donde escucho.

Entonces, se oye el tintineo de unas llaves y cede el primer cerrojo. Mi cuerpo se electriza, mi cuerpo se prepara para ti.

Tus pasos en el recibidor, cuero sobre mármol. Pasos firmes. Las llaves chocan entre sí mientras tus manos buscan ¡finalmente! la llave correcta es elegida, el mecanismo de la cerradura gira por acción de esa llave que abre mi mundo a tu presencia. El picaporte gira, la bisagra cruje, la hoja de la puerta se abre. Mi cuerpo en alerta para escuchar. Mi cuerpo se prepara para recibirte.

La llave gira de nuevo, ahora para cerrar esa puerta y convertir ese espacio en uno íntimo y nuestro. El mundo se queda afuera.

Escucho el milagro de tu risa, regocijo y algarabía, celebración de la vida. Hoy ignoro colores, olores y sabores, sólo escucho con placer el cinturón que se libera de sus ataduras y el cuero que roza la tela, el sonido del metal de la hebilla contra el piso es el timbal que anuncia el principio. Escucho caer tu ropa al piso.

Escucho tus pies descalzos sobre la duela y de nuevo tu risa que no se escucha más cuando me besas. Cada beso es distinto, una melodía de bocas que se encuentran, lenguas que se entrelazan y dientes que chocan. Las manos sobre la piel suenan como una corriente de agua, en el cabello como olas que rompen.

Los cuerpos rozan la rugosa tela del sillón y un jarrón se rompe en mil pedazos con un estruendo cristalino que me recuerda las gotas de lluvia. El destino del jarrón poco importa.

Dices mi nombre con entonación, acento y ritmo que basta para guiarme al exterior de la caverna donde me resguardo.

Toma la escena tu respiración que se agita y aumenta en frecuencia y profundidad. Escucho mi respiración que se acompasa con la tuya, agitada y corta que se magnifica cuando cubres mis oídos con tus manos sin saber que es el único sentido por el cual te percibo. Entonces no quedo más que yo, y escucho mi propio corazón que bombea sangre a este cuerpo ciego que te pertenece.

Esta canción culmina con un gemido gutural y primigenio. Las respiraciones se acompasan regresan poco a poco a su ritmo normal y sólo entonces la ciudad vuelve a existir.

El río de autos fluye, aunque ahora son menos y van a mayor la velocidad, los frenazos suceden con la regularidad marcada por el semáforo, como un metrónomo indicando el ritmo. Ya no se escuchan pasos en la acera, ese silencio se rompe con una alegre comparsa que se acerca cantando “cielito lindo” y ríe desentonadamente al alejarse. El corazón de la ciudad late, caigo en cuenta que nosotros formamos parte de ese gran latido urbano. Nosotros y la ciudad respiramos al unísono.

El sueño se apodera de mí, el volumen de la ciudad baja hasta apagarse. Dejo de escuchar tu respiración, antes de quedar dormida con una exhalación profunda cierro la puerta de la conciencia y los sentidos.

Imagen destacada por Frida Castelli

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