Tanga Roja

El conjunto de tanga y brassiere rojos se muestra en el aparador de la tienda. Me siento en una banca frente a este con un helado en la mano, saco el celular y finjo no ver. Miro de reojo.

Es el último viernes del mes, y al terminar la jornada laboral luego de recibir el sobre con mi paga salí de la oficina, crucé la calle y entré al centro comercial donde recién abrieron la tienda de lencería. Me preocupa que algún compañero de trabajo me encuentre mirando el aparador, ya sea que juzgue el despilfarro que sería comprarla (ese conjunto cuesta), o me desnude con la mirada y me imagine con mis kilos de más en esas prendas.

Aunque sería peor que me diera una sucia mirada de complicidad “No sabía de tus gustos de mujer fatal, no te preocupes tu secreto está seguro” seguido por un guiño.

Así que miro disimuladamente esa hermosa pieza de lencería diseñada en París y confeccionada en encaje rojo. Mientras el brassiere resalta los senos del maniquí, la tanga con un pequeño triángulo del más fino encaje cubre la “tierra prometida”.

Cuando se vacía el pasillo entro apresuradamente. Salgo de la tienda cinco minutos después con la pequeña bolsa en que se ha transformado cada billete que había en el sobre amarillo, la escondo debajo de mi suéter. Llego a la calle, no me he topado con nadie conocido, respiro aliviada.

El día de nuestra cita me baño, me perfumo, me visto con la tanga y el brasier rojos, me miro en el espejo del baño. Sé que cuando quede envuelta sólo por estas dos prendas, verás la redondez de mis senos bajo los intrincados motivos florales, entonces tus manos temblarán, al descubrir el pezón erguido morderás tus labios. Cuando mires el contraste del rojo intenso de la tanga con mi piel y percibas el palpitar de mi centro listo para recibirte, la retirarás con delicadeza y al estar dentro de mí tu orgasmo será potenciado al infinito, al igual que el mío.

Aguanto la incomodidad del encaje que roza mi piel y la tela que se mete entre mis nalgas. Caminar es incómodo, a veces hasta doloroso. Sobre la lencería fina, el uniforme. Camino estoicamente anticipando el regocijo que el verme provocará en tus dedos, tu boca, tu lengua electrizados por la imagen que te regalaré de mi cuerpo desnudo apenas cubierto por esa fina envoltura que disfrutarás quitando de a poco. Decido que vale la pena y sigo el trajín del día sin quejarme. Nos reuniremos cuando salga del trabajo.

¡Por fin! la hora de la cita. Llegas, me besas apresuradamente, me quitas la ropa, el uniforme queda amontonado sobre el suelo coronado por un puño arrugado de roja tela fina.
Gimes y gruñes de placer mientras me penetras y me posees.

La tanga y yo nos intercambiamos miradas solidarias. No las viste, como tampoco me ves a mí.

Tu gozo es lo importante ¡soy feliz! Alcanzas el clímax mientras hago cuentas en mi cabeza y preparo la respuesta que daré al casero por no tener el suficiente dinero para pagar la renta.

Imagen destacada por Frida Castelli.

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