La receta secreta: ficción sobre el gusto

La primera vez que nos besamos, tu beso tenía sabor de whisky. Una sola malta, dieciocho años de añejamiento. Sabor a maderas y pasión, a manzana y paciencia, a canela e intimidad. Tus besos no siempre saben así, lo fue en aquella ocasión. Supe desde ese primer beso que estar contigo sería una travesía por los sentidos.

Explorar los placeres de la mano de un sibarita amplía el horizonte, la disciplina del disfrute de cada bocado se extiende a otros ámbitos, alguien que aprecia la buena comida sabe que toma tiempo lograr el sazón correcto, por ejemplo, no basta con lanzar un trozo de la mejor carne sobre la parrilla, si la flama es demasiado alta, la carne quedará seca, será como masticar un trozo de cuero, en el paladar sólo quedarán el humo y el carbón.

Es bien sabido que el mejor platillo inicia con los ingredientes, así como nosotros empieza contigo y conmigo. Sin embargo ellos no bastan, hace falta conocer la receta para de seguirla con atención y paciencia, no vale apresurarse, al principio, la carne deberá salpimentarse, dejar pasar el tiempo suficiente para que se impregne profundamente de esa sal extraída a las olas por el sol, se requerirá de un constante fuego suave para que ella se transforme en un jugoso bocado, liberando jugos que burbujean mientras fluyen, para convertirlos en una salsa se requiere de ajos, mantequilla y romero fresco. A fin de lograr amplificar el sabor, es necesario servirla a la temperatura correcta en el momento preciso, así, ese bocado será excepcional. Como único fue aquel beso después de haberte contado que siendo una niña luchaba contra la gravedad que reclamaba mi cuerpo desde el asfalto, mientras yo insistía en rodar en los patines blancos que me habían traído los reyes magos.

¿Cuánto se debe poner de cada ingrediente? ¿A qué temperatura se cuece? ¿Por cuánto tiempo? No hay una respuesta exacta, al igual que cocinar, la pasión requiere de intuición e imaginación. Cada vez que se hace se reinventa, es un arte y no una ciencia exacta. Un roce de tu mano, una nota musical, tu lengua sobre mi cuello, la presión de tus dedos en mi espalda, ¿podrías describir cómo llevarme al éxtasis? ¿Podría alguien llevarme hasta allá siguiendo con precisión tu receta? Lo dudo, nunca el amor fue el mismo, nunca fui la misma bajo tus manos y tu cuerpo, cada clímax fue distinto.

Tu recuerdo está lleno de sabores, los hay comunes como el aceite, la miel y el pan; sin embargo, hechizaste cada uno, tus manos hacían el truco, al desgarrar la masa de la hogaza esta se hacía mil veces más suave. Esa misma magia embrujaba mi cuerpo despertando cada centímetro de mi piel bajo tus caricias.

La comida y la bebida acompañaban nuestra conversación, es difícil saber qué marcaba el ritmo: los sabores o los recuerdos, con paciencia tejimos una trama en que ambos son inseparables, son uno mismo. A veces se escabullen y traviesos, le tienden una trampa a mi memoria en el momento menos esperado. En una mesa de un evento público, un bocado de jitomate, albahaca y queso se transforma en ti: tú de quince años peleando a muerte con tu hermano por una ventana que permanece cerrada en una calurosa noche de verano en el Pacífico mexicano. Entonces hay que cerrar esa caja de pandora con fuerza y velocidad antes de reír en público hasta las lágrimas sin razón aparente.

Otras veces, a propósito, busco traerte a mí con una buena comida que generosamente acompaño del mejor vino posible, bebo un trago, dejo que inunde mi boca, entrecierro los ojos, disfruto del sabor a frutos rojos con notas de clavo y canela ¡ahí estás! al alcance de mi mano, tan sólo falta oír tu voz, el deseo de verte se apodera de mí, abro los ojos, la realidad me golpea ¡no estás allí! Decepcionado, mi cuerpo entero se da cuenta de que ni los más experimentados y hábiles cocineros serán jamás capaces de igualar el gusto mineral de tu piel después del amor.
Sin embargo, respiro profundamente aliviada cuando me doy cuenta que hay muchas recetas por descubrir, que apenas he probado unos cuantos platillos del extenso menú que el amable mesero ha puesto en mis manos. Y decido degustar un postre que tú jamás habrías ordenado, la trama continúa y el recuerdo al que se ata a este dulce sabor cítrico con un toque de menta, es el de las alas que he estrenado esta mañana para sobrevolar las jacarandas en flor que desbordan el camellón.

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