Mi lugar: ficción sobre el olfato

Despertarme en tu abrazo me reconforta. Me siento segura aunque muchos te encuentren imponente incluso atemorizante, debido a tu gran altura y dimensiones ¡Eres tan grande! O quizás tu temperamento, quienes te hemos conocido en uno de esos momentos cuando tu cuerpo se mueve violento y sin control nos hemos sentido más frágiles y vulnerables que nunca.
Yo tengo mi lugar en ti, en ese hueco justo entre el hombro y el cuello; ése es mi lugar, el aroma característico me lo dice: huele a hogar, a libros, a café por las mañanas, a pan tostado, a cabezas de niños que jugaron futbol en el recreo, a lavanda y detergente. Incluso antes de abrir los ojos, sé que estoy allí, en mi refugio y mi guarida, a salvo.

A veces tu abrazo me regala aroma a camisa limpia, a vapor de tintorería, a tela recién planchada. Otras a trajín, a ese acelerado ritmo que nos hace sentir que metimos la cabeza en un hormiguero, la actividad es frenética, solo tú sabes a dónde vas (tal vez ni tú lo sepas), tus brazos huelen a sudor, a trabajo físico, a cemento en fragua y pintura fresca, no todos lo encuentran grato pero a mí me gusta porque significa que estas ocupado creando y creciendo.

Sin embargo hay momentos en que te transformas en un monstruo, me aterra el olor a ira, a sangre y bilis, a agua estancada y basura pudriéndose al sol. Es el olor del miedo del más débil y el envalentonamiento del de los puños más grandes. Cuando lo percibo, mi cuerpo se tensa, sólo quiere estar a buen resguardo, con pasos cortos y rápidos escapo, hasta llegar al refugio de la calidez de unas tortillas calientes o pan recién horneado.

A veces, querido mío, hueles a niño travieso que se roba una naranja en el mercado, tus dedos se impregnan del zumo cítrico, apenas rebasas la altura de los puestos, corres entre frutas: sandías, melones, mangos, mandarinas, guanábanas, incluso nísperos; pasas entre claveles, rosas, nubes blancas, lilís exuberantes. No paras, corres, ahora son limones y cebollas los que te franquean el paso, luego zapatos nuevos y juguetes traídos de China, plásticos y desechables. Corres, corres, solo te detienes cuando te abraza el olor a libros viejos que pasan de mano en mano, llevando un poco del perfume del autor y un mucho de la esencia de cada lector. Entonces decides gozar de tu botín, con tus dedos ávidos pelas la naranja, su esencia invade el pasillo, una mujer voltea atraída por esa fruta prohibida que a mordiscos entrega su jugo más fresco y dulce. Eres ese niño sudoroso y juguetón que se regocija en el triunfo de su travesura.

Tú, eres todos nosotros: niños, mujeres, jóvenes, viejos, forasteros, locales, estudiantes, maestros, analfabetos, intelectuales, hípsters, burócratas godínez, madres solteras, casados, divorciados, regettoneros, metaleros, panboleros, ciclistas, privilegiados, desposeídos, amados y olvidados, cada uno te nombra distinto: yo te llamo casa, mi querido Mejicalpán.

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