Jueves

Josefina, de niña, corría libre por los campos verdes de la casona donde vivió su infancia; trepaba árboles y no le interesaba se le vieran las enaguas. Era muy amiguera y nunca tuvo miedo de defenderse de los maloras. Valeria, la madre de Josefina, salía a trabajar desde tempranito a la editorial donde traducía libros del inglés al español, para después llegar a su otro empleo como guía de turistas en un museo. Cada semana antes de irse dejaba lista a Josefina para que Refugio la llevara al jardín de infantes. Valeria siempre llegaba a la casona a la hora que su hijita yacía cobijada en sábanas de franela blancas, en la cama de latón cubierta con un pabellón del color de las jacarandas.

Refugio — abuela de Josefina y madre de Valeria —, cuidaba minuciosamente a la pequeña niña día y noche; cepillaba sus cabellos azabache, largos y ondulados, los trenzaba en dos partes o alrededor de su cabeza (el favorito de Josefina). La niña para sugerir que la peinara de ese modo le preguntaba: ─¿Me peinas con una trenza como corona de hada, abuelita?─. Le daba besitos antes de dormir y al despertar. Además, cada día procuraba cocinarle sus platillos favoritos: caldito de res y tortillas de harina, eso era lo que la pequeña más gozaba de comer. La abuela le servía la comida, para luego mostrarle cómo usar correctamente los cubiertos. A escondidas le invitaba café con leche, Valería se lo prohibía a su hijita, debido a su tierna edad, pero a la abuela le partía el corazón que la nieta se quedara con el antojo, así que pintaba la leche con café y agregaba medio terrón de azúcar en una tacita, luego en complicidad se lo daba. La bella nieta se lo agradecía con un abrazo muy apretadito y prolongado. Por las noches, Refugio le narraba cuentos fascinantes sobre nereidas poderosas que habitaban en lo más profundo del océano; cerdos humanoides elegantes vestidos de esmoquin y sombrero de copa, mientras caminaban altivos por la ciudad entre la gente; y niñas valientes que rescataban a sus abuelitas de un tonto lobo. En todas las narraciones la protagonista era una valiente niñita llamada Josefa.

La abuela Refugio era la suprema cuidadora de su nieta Josefina, seis días a la semana, porque Valeria trabajaba arduamente, sólo descansaba el cuarto día de la semana[1].

Pasó el tiempo, algunos días de la semana pálidos, otros con gusto agridulce, pero los jueves siempre con aromas deliciosos, cálidos, reconfortantes y sabores de frutas de temporada. Las tres generaciones disfrutaban, principalmente con la alegría que la niñita Josefina, creativa, tierna y valiente esparcía a toda esa pequeña familia conformada por puras mujeres. Una estirpe que para esa época era incómoda, al no tener como cabeza del hogar a ningún hombre. El papá de Josefina murió en la revolución, y su abuelo cuando era apenas una bebé de meses, por viejito. Cada que lo ameritaba, Refugio les contaba con plena libertad y confianza, que su esposo Juan se la agarró muy jovencita cuando él ya estaba veterano. Tan sólo ella tenía 20 años y él 56. Cuenta que fue buen hombre porque la dejó elegir cuántos hijos quería tener. Sólo concibieron a Valeria, ─Mi gran amor, hasta que llegaste tú, mi pequeña Josefina─, reiteraba Refugio mientras que Valeria sonreía, porque sabía con certeza que para su madre no había mejor forma de demostrarle su amor que a través del amor a su nieta, la que habitó las entrañas de Valeria, así como Valeria las de Refugio. Porque juntas, las tres, fueron una. Los vínculos sanos entre mujeres son poderosos e inquebrantables cuando de por medio hay confianza, honestidad, admiración, afectividad y respeto.

Refugio, Valeria y Josefina vivieron en otra época, en la que a través del amor entre mujeres mostraron que no es necesario tener un cabecilla varón en el hogar para lograr una economía estable, casa propia, buena comida y propiedades. Que el autocuidado y los cuidados entre mujeres, así como las redes afectivas, contribuyen a formar profundas grietas en ese gran muro llamado patriarcado[2]. Las tres mujeres siguieron cultivando su jardín, del cual floreció María, mi madre, y después yo; justo un jueves, día de mi nacimiento[3].

[1] Según el calendario gregoriano.

[2] Estructura social que brinda todas las condiciones para legitimar la cultura machista.

[3] Para mí el día más bonito de la semana es el jueves. Me sabe a colores cálidos y me huele a sabores frutales. Yo nací un jueves, mientras mi madre comía mangos sentada en una tina de parto.

Autora: Margarita Mantilla, Socióloga, investigadora y activista feminista. A punto de graduarse como maestra en estudios de la mujer. Aprecia la tranquilidad de un día con el cielo despejado acompañada de su hija, madre, hermana o amigas.

Ilustración de: Phoebe Wahl

Un comentario en “Jueves

  1. ¡Me conmovió muchísimo! Sin duda los lazos entre mujeres son lo más bello que existe. Me hiciste recordar tanto a mi abuelita, que sólo puedo agradecer que hoy día viernes haya leído este precioso texto, que sin duda retrata el amor entre mujeres. Te admiro. ¡Felicidades!

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