Blue: Las tribulaciones de Viernes

No alcanzo a recordar el momento en el que Viernes se convirtió en el despojo de nervios que deambula entre nosotros. La ansiedad se apoderaba de él antes de comenzar su jornada, le trastornaba notar que la gente posponía la hora de dormir viendo alguna serie o enviando mensajes, eso implicaría iniciar el día despertando tarde, con cansancio y estrés.

A decir de Viernes, la jornada laboral no era extenuante como otros días, le preocupaba no lograr concentrarse. Estaba disperso, revisaba constantemente el celular, el minutero, las redes sociales, las manecillas, la lista de pendientes, y la aguja del reloj parecía no avanzar. Iba por una taza de café, checaba la calefacción, miraba por los ventanales. Finalmente, sin saber cómo, llegaba la hora de los alimentos.

Presenciaba el primer atracón del día acompañado de pláticas triviales que se prolongaban por horas. El obligado regreso a la oficina contaba con dos características, se carecía de la mínima intención por concluir alguna tarea y se contaba con el firme propósito de matar el tiempo hasta la hora de la salida.

Una vez fuera de la empresa, Viernes se consumía en una llamarada de excesos y derroche, se difuminaba en el desfogue del sinsentido generalizado.

Semanalmente se repetía la escena, cuando yo llegaba a relevarlo percibía el fuerte hedor de la compulsión, el hastío y el abatimiento que Viernes supuraba.

  • ­¿Lo ves? Ni siquiera notan que me voy. Parecían anhelar mi llegada– protestaba tan pronto me presentaba a sustituirlo.

Decía la verdad, los días de la semana éramos testigos de la frecuencia con la que los humanos conjuraban a Viernes y tan pronto lo tenían, lo ignoraban, parecían desear aniquilarlo.

  • Intenta descansar, quizás la próxima semana te vaya mejor – respondí, torpe y sin convicción.

Viernes se mordió los labios, apretó los puños y se alejó dejando una estela de sí mismo a su paso. El recuerdo de Viernes jovial cuya entrada cambiaba de inmediato el ambiente de una casa, de una escuela o de una oficina, vino a mi memoria mientras lo veía alejarse. Su presencia inyectaba vitalidad a la gente, ánimo para realizar las actividades diarias, la jornada laboral se sentía ligera y el tiempo parecía transcurrir más rápido con la dulce expectación de lo que ocurriría por la tarde o la noche, ya fuera un espacio de introspección o de alegre camaradería aderezada con una copa de vino, una película, algún libro. Lo sé porque siempre, desde la Creación, me ha tocado relevarlo. Viernes se ufanaba de haber sido elegido para crear al varón y la mujer, enfatizando que él había sido testigo del momento en el que se les otorgó el dominio sobre las otras especies, no imaginaba entonces que llegarían a tener poder incluso sobre el tiempo.

Volví a mis tareas propias de Sábado, conversaría con Viernes más tarde.

Coincidí con él a media semana, sus ojos despedían una chispa maniaca reluciente.

  • Encontré algo que me ayudará – confesó extasiado y me mostró frascos de Adderall y Ritalin – No causan adicción y solo los tomaré cuando los necesite.
  • ¿Por qué no intentas otra cosa…? – indagué preocupado.
  • Probé remedios naturales y yoga – interrumpió – continué con aspirinas en el día y narcóticos por la noche, pero ya no tienen el mismo efecto. ¡No es como tomar valium! – respondió riendo y agitando las botellas – Incluso puedes quedarte con estas – colocó una caja de aspirinas en mi mano – a mí, ya no me sirven.

Al percatarse de mi intención de persuadir a Viernes, Miércoles intervino.

  • ¡Déjalo! No depende sólo de él. Algo ha ocurrido con el tiempo. Se acelera, se interrumpe, se prolonga, perdió su ritmo habitual.

Eso último ya lo habíamos comentado en alguna reunión. Lunes, Viernes y Domingo eran los más afectados.

Viernes se esfumó y Miércoles continuó su cavilación en voz alta sin importarle quien lo escuchara. Azorado observé el medicamento que tenía en las manos e ingerí un comprimido. Regularmente no lo hacía, hoy sentí necesitarlo. Miércoles tenía razón y quizás Viernes también, se espera tanto de nosotros: mayor productividad, mejor rendimiento. Time is Money, time is Money.

 

Autora: Lilith Zárate. Nació mujer, indígena, migrante, su sangre es oaxaqueña de al menos tres generaciones  y vive en el pueblo macondiano de Iztapalapa, es docente de educación especial, al parecer todo lo que no se debe, ahí se construye: inmoralmente feliz.
Desde niña ha sido desobediente y contestona, según se dice por ahí.  Su gran dolor es la pérdida de la lengua primigenia, del dialecto que alcanzó a escuchar sin comprender, al que añora y al que honra con humildad desde la palabra que conoce. Un día recordó que le gustaba escribir y decidió no olvidarlo más, hacerlo es manifestación de vida, de pertenencia, de ser.

Ilustración: Jane Bodil

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