Mi estrella polar

El abuelo me llamó el sábado en la mañana y me dijo que me tenía una sorpresa. Todo el día estuve impaciente mirando el reloj, hasta que por fin marcó la hora para encaminarnos a su casa y al llegar, bajé corriendo del auto para tocar el enorme zaguán negro con todas mis fuerzas con el firme objetivo que saliera a recibirme lo antes posible. Cuando abrió la puerta me tomó en sus brazos, me dio un beso en la frente y me cargó sobre sus hombros.

Cada paso desde las alturas era emocionante y sobre mi rostro caían cálidamente los rayos dorados del sol mientras atravesábamos el jardín de la abuela, donde las flores rojas y moradas abundan y son amenizadas por la melodía de un par de pequeños colibríes, que tienen en sus cuerpos las tonalidades de verdes y azules brillantes.

Después de esquivar a la fiera de nombre Sultán, que ladra como loco, veo una caja con un gran moño color azul de la cual cuelga una etiqueta con mi nombre; sin embargo, el Capitán Saúl me dice que no puedo abrirla hasta después de comer, pero insisto y como abuelo amoroso me deja ver mi regalo de cumpleaños. Uno de los tesoros que se esconden al fondo es mi nuevo calendario para el año que está a punto de comenzar, tiene en la portada una gran tortuga marina, la cual anuncia que en poco más de un mes ya estaremos en el año 2017.

Sin poder esperar y con la emoción a flor de piel, corro hasta el cuarto de los abuelos para gritar emocionada ¡por fin, en mi escondite submarino! Lugar donde me sumerjo en mis pensamientos y en los mañanas posibles que quiero soñar junto con mi abuelo. Decido recostarme en la cama y hojear el calendario, me detengo en el mes de mi cumpleaños, noviembre, y veo que lo adorna una ballena jorobada con su pequeña cría en un mar con distintas tonalidades de azules. Estoy feliz por mi regalo, por lo que al terminar el día le doy un gran abrazo al abuelo, que grabo en mi memoria.

Los días transcurren, y los delfines de enero llegan para acompañarme en este nuevo año. Un día, mi papá toca la puerta blanca de mi habitación para avisarme que ya está lista la comida, me pide que no tarde, ya que mi mamá se va alterar, y cuando pasa eso el día empieza a sacar chispas color rojo, a lo que contesto “está bien”, pero me quedo viendo el penúltimo capítulo de mi serie favorita, cuando de pronto escucho el grito de mi madre desde el comedor, “¡Marina, ven a comer!”,  voy corriendo, sin embargo a lo lejos apunta “esta niña nunca va a cambiar”.

Al sentarme a la mesa, hay un ambiente extraño y me comentan que debo de esperar porque me darán una noticia, se ponen muy serios, su semblante empieza a cambiar y el día se nubla con un color grisáceo, cuando de pronto me dicen que el abuelo está enfermo con algo que se llama cáncer, que serán unos meses complicados porque algunos días los pasaremos en el hospital. Ese día marcó una antes y después en nuestras vidas.

Al siguiente sábado visitamos al abuelo y cuando llegamos, lo miré a los ojos y le pregunté ¿qué era el cáncer? ¿si se recuperaría pronto? el abuelo me abrazó y me dijo que solo era una nueva aventura la cual debíamos atravesar, pero que todo estaría bien.

Como lo anunció la tortuga marzo siguió a febrero, pero las nuevas experiencias no fueron fáciles, la salud del abuelo empeoraba y en mi interior, no lograba entender por qué nos tocaba vivir esto, las razones por las cuales el cáncer lo había escogido y las lágrimas nocturnas de mi mamá, me llenaban de escalofríos el cuerpo.

Los meses transcurrieron, cambié las hojas del calendario siete veces para llegar a octubre donde estuvimos casi permanentemente en la sala de estar del Hospital, donde los adultos discutían si debían de cambiar al médico que atendía al Capitán, porque la medicina que le recetaba solo parecía hacerle daño, hasta ponerlo de un color verde oscuro. Yo estaba segura que mi abuelo sobrellevaría la situación como buen marinero que era, por la simple razón que él había enfrentado los peligros más temibles del mar.

De los recuerdos más presentes que tengo en su habitación, fue cuando le conté de cómo me iba en mi último año de primaria, de los nuevos postres que había probado, de mis nervios de pasar a la secundaria y de la visita guiada al Museo del Papalote, que esperaba repetir con él. A lo que mi abuelo respondió con una mirada de amor infinito como el fondo submarino.

Para ese momento ya le costaba sonreír y moverse, así que un día esperé un descuido de la enfermera para subirme a la cama y abrazarlo fuertemente, después de ese momento ya no me dejaron pasar mucho tiempo junto a él a solas.

El sábado 25 de noviembre llegó como lo había prometido el calendario marino, mis padres me hicieron una reunión familiar para que en mi cumpleaños me sintiera rodeada de las personas que me llenaban mi vida con morados, rosas mexicanos y amarillos; pero faltó el color azul, mi abuelo, que ese año no pudo felicitarme por estar enfermo.

Lo peor llegó cuatro días después, cuando mi madre recibió la llamada que no quieres tener, el Capitán había emprendido su último viaje guiado por la estrella polar y debíamos preparar todo para despedirlo.

Cuando lo vi, me acerqué para darle un beso en la mejilla y le dije que lo iba a extrañar. Durante cuatro días no pude levantarme de la cama y mis ojos fueron un mar de agua salada.

Ha pasado el tiempo y cada rincón de la Colonia de mis abuelos me recuerda a él, no he logrado que mi cumpleaños sea el mismo desde su muerte, noviembre dejó de ser mi mes favorito, los sábados prefiero quedarme en casa y el color azul dejó de adornar las paredes de mi cuarto.

Autora: Carolina Franco Pérez, Distrito Federal (1986). Es defeña de corazón, gracias a que su abuela se trajo a su mamá de Oaxaca. Licenciada en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ama el teatro, porque en su juventud quiso ser actriz. Su risa se escucha de polo a polo. Es feminista, principalmente para que las mujeres que vienen detrás de ella tengan más derechos y mejores condiciones de vida. Le gusta la fotografía.

Imagen por la Ilustradora Rocío Gómez

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