Ensoñación

—Me voy. Buscaré otro árbol —dijo el búho.

—¡Pero no puedes irte, amigo búho! Has estado conmigo muchos años, mis ramas te cobijan de la lluvia y  la nieve, además, sé que te gusta el sol, ¿acaso no disfrutas de la hamaca que forma mi follaje para ti? —preguntó el árbol al búho.

—Lo siento, amigo árbol, tienes tantos nidos que debo buscar la manera de no tropezar con ellos, me cuesta llegar a mi tronco ¡Y son tan ruidosos, no me dejan dormir! — replicó el búho, casi con desesperación.

—Pero es que ellos sólo quieren mirarte, revolotean alrededor de ti, chiflan y chiflan tanto de pura alegría —contestó el árbol.

—¡Me atacan! ¿Acaso no sabes que todas las otras aves odian a los búhos? Por eso tengo que estar muy quieto, escondido; no puedo ni siquiera abrir los ojos, y lo hago para que no me encuentren. ¡No puedo más! Buscaré un árbol más tranquilo.

—No te vayas búho, pues extrañaré el calor de tu cuerpo en mi rama izquierda— dijo el árbol con cierto lamento — A veces, incluso siento tus latidos, me siento acompañado y me gusta. Además, los polluelos van creciendo y se irán pronto, así estaremos tú y yo solos.

—Es que no puedo más, anoche casi no dormí. No sé si por el ruido, o porque comí ratones de más, me siento tan pesado. En realidad me da miedo volar lejos y no poder levantar el vuelo de regreso.

—Mis ramas gozan de frutos dulces, los tienes cercanos, come de ellos.

—No me gusta la fruta ¡Soy carnívoro!, ¿no lo entiendes?

—Pues, toma mucha agua, el arroyo está cerca, y eso puede ayudar a sentirte ligero.

—¡No me gusta el agua!  Antes por lo menos tenía peces, ahora huele mal y está sucia — en eso el búho tenía razón, así que el árbol mejor se quedó callado.

—Por lo menos quédate un poco más — dijo suplicante el enramado.

 —Duerme tranquilo. Mañana ya veremos —.

El búho se acurrucó en el tibio tronco cobijado con las ramas. Al día siguiente amaneció nublado, los polluelos piaban con más ruido que nunca. El búho abrió un ojo, enojado.

—¡Me largo! —dijo y emprendió el vuelo.

El árbol pensó: —Ya volverá — y volvió a dormirse, pues el ruido de los pájaros lo arrullaba tremendamente.

El búho voló por el bosque, luego rumbo a la ciudad que estaba cerca. Por las noches veía las luces de algunas altas torres, mientras escuchaba incomprensibles sonidos; de pronto, sus sensibles oídos reaccionaron a un ruido que aunque era muy fuerte, le gustó. Se dirigió atraído hacia éste. Llegó hasta el campanario de una iglesia. Caminó curioso por la amplia terraza, el sol había salido ya. Al señor de las tinieblas le gustaba la noche, pero adoraba el calorcito de los rayos del astro rey. Se tumbó panza arriba, extendió sus alas y disfrutó gozoso. A lo alto, una gárgola lo miraba extrañada:

—¿Y dicen que soy fea? ¿Qué cosa es eso?—.

Mientras tanto, el ruido que atrajo al búho, era más estruendoso por lo cercano, así que éste tapó sus orejas con las alas, se perdió en el resonar, y presionó sus oídos hasta que se quedó dormido por un momento.

Luego, despertó de un salto, giró sobre su eje:

—¿Qué pasa?, ¿qué pasa? — Se preguntaba mientras saltaba  —¿Qué es ese ruido?, ¿Dónde estoy?, ¿Qué está pasando? — su corazón casi se detuvo del susto. La campana mayor sonaba de nuevo, —¡No, por favor, vengo huyendo del ruido! — cuando por fin hubo silencio, el búho acabó tirado sobre un costado, poco a poco se fue recuperando y sus latidos volvieron a su ritmo.

Una pequeña sombra pasó rauda, —¡Ratones!— pensó, ¡claro, nada escapa a su aguda visión! Sintió hambre. Con rapidez cazó y comió enteros a varios gordos y ricos ratoncitos. Después de su banquete le dio sueño, y antes de caer rendido miró la enorme campana  —Me alejaré un poco — pensó, pero luego lo el sueño lo venció. Al poco rato un intenso calor llenó el espacio, y el humo anidaba en su garganta. Despertó por las molestias, frente a él, el enorme vitral lucía extrañamente iluminado.

El calor era insoportable. El búho desconcertado subió de prisa a la terraza, miró que la catedral estaba envuelta en una especie de rayos intensos. Por un momento no supo qué hacer, pero luego miró hacia el bosque, estaba oscuro, era de noche. Giró completamente la cabeza  —¿Por qué hay tanta luz?, algo muy malo está pasando u-u, u-u, u-u, lo presiento — y así levantó el vuelo hacia su bosque, hacia su árbol. La iglesia ardía en llamas.

Ahora, desde su rama, el búho sueña. Lentamente amanece. A través de la niebla una solitaria casona surge mágicamente, y por un ventanal se asoman unos ojos enormes que miran hacia el bosque. Dentro de la casona una extraña figura camina tambaleante, se acerca un poco más a la ventana, observa—¡No deja de llover! — murmura la anciana mientras se toca la cara y el cuerpo— Mi plumaje es tan tibio todavía. Hoy no saldré a volar —.

Autora: Graciela Narváez Valencia

Nació el mismo día que Sor Juana Inés de la Cruz, y el mismo año que el Volcán Paricutín, en una familia mitad oaxaqueña, mitad michoacana de la ciudad de México. Estudió para ser secretaria, como casi todas las chicas de su generación, se insertó en el mercado laboral en la década de los sesentas, usó minifaldas, pantalones, pelucas, y se casó por amor con un tipo fantástico al que nunca sirvió; fue madre por elección, de dos hijas a las que crió por gusto. Sin duda, ha sido una mujer transgresora. Actualmente pinta y escribe para ser feliz.

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