La llorona a la luz de la luna

Lágrimas, lágrimas y más lágrimas. Hace años que de mí y de lo que fui en vida no queda nada más que lágrimas y lamentos ¡Ay mis hijos! Repito por las noches al margen del río que fluye lentamente, oscuro de tan profundo.

¡Ay mis hijos! Repito por las noches y no logro escuchar el fluir del agua, ni el chapoteo de los adolescentes que a escondidas han venido a bañarse al río, desnudos a la luz de la luna, tampoco escucho sus risas, ni el fragor de la batalla en que se enredan.

 Silencio espeso, lágrimas y mis propios lamentos.

Sin embargo y de golpe, la luna llena con sus rayos de luz sorda y plateada iluminaron las ruinas de una casa abandonada, a unos pasos del río. La luna tan luminosa de esta noche que parece que pude escuchar ¡click!

El click con que mi memoria conectó la imagen del arco de la puerta de esa casa que estuvo pintada de amarillo y yo cuando era joven y la sangre corría por mis venas y de mis ojos no salían lágrimas sino embrujos de amor y destellos de pasión. Al cerrarlos se batían las alas de aves negras y yo, joven y soberbia no reconocí mi pestañeo como las aves de mal agüero que eran. Imaginaba un futuro luminoso, como luminoso era el solar de esa casa.

La soberbia me impidió reconocer en la piel clara y los ojos verdes de aquel hombre su maldad, el deseo de poseer y pisotear la belleza como un niño le arranca las alas a una mariposa antes de aplastarla cuando no es más que un gusano feo que se retuerce mutilado, cubierto de polvo y apenas quedan trazas del color que tuvieron sus alas.

Una nube cruza la luna y todo es oscuridad por un momento. La nube pasa y se ilumina otra parte de la casa, hoy es apenas un hueco arrancado a la pared, pero yo veo la ventana.

¡Click! Otra vez la memoria se conecta. Recuerdo mirar desde esa ventana con la más hermosa criatura en brazos, una niña de piel blanca, brazos y pies regordetes y los mismos ojos verdes del padre. Ojos capaces de hechizarme y cegarme ante esa maldad opresora. No pude ver más que esos ojitos y esa sonrisa que habían salido de mí.

Mientras a mis pies gateaba un niño con la misma piel blanquísima del padre, los mismos cabellos oscuros y rizados.

Mis hijos, mis dulces hijos; no puedo evitar suspirar, habría dado la vida por ellos. Amor absoluto y desbordante.

Parada junto a esa ventana lo vi partir. Ni siquiera se volvió para darle una última mirada a la casa, ni a los niños, ni mucho menos a mí.

A la semana, la despensa estaba vacía. Al mes mi alhajero estaba vacío de las baratijas que me había regalado, diciendo que eran “reliquias familiares”. Baratijas y no más, mentiras como su amor y sus promesas.

A los tres meses las risas de los niños cambiaron por llantos desesperados de hambre.

Fue cuando el compadre vino a ofrecer “su ayuda” a cambio de meterse en mi cama. De lamer mi cuello con su lengua áspera y su aliento fermentado. Me obligó a chupar su pene flácido, pero mi boca tenía hambre y el llanto de mis hijos no paraba. Succionaba sin pensar, apurada por recibir la “ayuda” prometida. Por saciar el hambre de mis hijos. Asco y alivio a la vez. Comerían y reirían por un momento.

Antes de salir, el compadre miró a mi hija y dijo — será tan guapa como usted comadre, si ya se ve que tiene su boca – seguido por una mirada de soslayo, grotesca que evidenciaba que rememoraba su placer arrancado a mi boca, se acomodó los testículos en el pantalón para luego dejar unas miserables monedas sobre la mesa de la cocina antes de cerrar la puerta. 

Fui al mercado y traje comida, alimenté a mis hijos con fruta, leche e incluso dulces (los conseguí de fiado). Ellos me miraron satisfechos por fin, el hambre saciada. La piel y los ojos de quien para estas horas ya estaría en España a la mesa de su “verdadera” familia.

Entonces supe que lo único que podía ofrecerles a mis hijos era miseria, hambre y dolor. En el futuro de la boca de mi hija sólo habría humores ajenos, nada de risas, nada de cantos, ninguna poesía.

La única manera de librarlos de un futuro bastardo era la muerte.

Con la niña en brazos y el niño agarrado de mi vestido caminé los treinta pasos que separaban la casa del río. La luna acababa de asomarse y se reflejaba en su superficie. Plateada y cristalina. Me metí al agua, mis hijos sorprendidos, tiritaron de frío pero confiaron en mí, en el amor que habían bebido de mi pecho. No tuvieron miedo hasta que no había vuelta atrás. El agua del río nos cubrió y no hubo más que agua. Mi cuerpo muerto flotó junto a los cadáveres de mis hijos, mis hermosos hijos.

De mi sólo quedaron lamentos llamándolos e invitándolos a ir a la luz, a ser libres.

No sé si son lágrimas o agua, pero el río fluye, sigue fluyendo.

Autora: Esther Solano, Esther ama escribir, aunque solo recientemente ha empezado a ser leída. En el seno de una comunidad de mujeres preparadas y generosas su voz escrita ha visto la luz. Con formación técnica en Ingeniería,  se mantiene en pie de lucha en el competitivo y sexista ámbito corporativo mexicano. Es madre de dos adolescentes cuya crianza la apasiona y reta cada día.

Imagen: T. Montañez

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