¡Quiero cantar!

A las cuatro de la tarde llegaba a casa a barrer, acomodar los muebles y soportar el martirio de un nuevo día encerrada. No se quejaba, sólo pensaba en aquello que podría hacer si tuviese más tiempo lejos de las cuatro paredes que la asfixiaban. Luisa tenía su vida diaria resuelta: trabajaba lavando la ropa de la vecina, despedía a su esposo en la parada del camión, cocinaba por la tarde, y asentía sin cesar ante las interrogantes de su marido. La mujer prefería no hacer mucho ruido, solía manejarse con el cuidado y paciencia inherentes a los espíritus dulces. Funcionaba la mayor parte del tiempo, nada interrumpía la tranquilidad de su día y no existían problemas de los cuales preocuparse. “Es una buena vida”, se decía. Pero había una duda latiendo en su interior, una duda que no tenía idea de dónde, ni por qué surgía. 

De repente, un lunes, arrastrado por el viento de septiembre trajo consigo la necesidad de preguntarse por qué las plantas de su casa eran tan frágiles, por qué ya no cantaban los pájaros que tenía encerrados en jaulas, y por qué no compraba manzanas en el mercado de los martes. 

Días después, la vecina se murió y ya no tuvo a quien lavarle más ropa. Abruptamente, las mañanas quedaron disponibles para ella y la soledad de su casa. A Luisa no le gustaba el silencio, prefería quedarse sentada escuchando el canto de sus pájaros. Pero sus pájaros también murieron, y ella se quedó sin música. Pasaron los días y ella se preguntó si pronto moriría también. “Esta semana no tiene buenos días para morir”, pensó. Una nueva pregunta se sumó a su lista: ¿por qué no me muero en octubre? 

Al siguiente día, Luisa se asomó por la ventana y notó algo que la dejó con la boca abierta: una criatura que volaba cerca; tenía alas y cuerpo de mujer, diminuta,que además la miraba con expresión sorprendida. 

—¿Tú qué eres? —preguntó Luisa.

—Un hada —respondió la criatura. Volaba agitando sus alitas y parecía lejos del mundo aburrido que habitaba la mujer.

—¿Qué haces aquí?

—Darte manzanas —respondió. La pequeña hada desapareció, y Luisa pensó que todo aquello había sido producto su imaginación. Llevaba diez años haciendo lo mismo una y otra vez, quizá estaba empezando a volverse loca. A pesar de los pensamientos se fue a dormir y cuando despertó notó algo muy distinto: justo en el árbol que se hallaba frente a la ventana había manzanas colgando. Luisa dejó de preguntarse por qué no compraba manzanas. 

Una semana después, el hada volvió y la mujer la recibió con una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Se sentía menos sola cuando llegaba. 

—¡Llévame contigo! —le pidió a la criatura. 

—No puedo. Ya tus plantas no serán frágiles nunca más —aseguró. Luisa se fue a dormir y despertó para constatar lo que le había dicho el hada. Su jardín había florecido, lucía fuerte. 

Luisa aguantó una semana más, mirando las jaulas de sus pájaros ya muertos. “Siempre les daba de comer y dejaron de cantar después”, pensó. “Se murieron por no poder cantar”. 

El día de la visita de la pequeña criatura fue un sábado por la noche, cuando el marido de Luisa estaba dormido. 

—¡Te extrañé tanto! —le dijo al hada.

—No puedo quedarme mucho tiempo, es mi última visita —exclamó la pequeña creatura. La mujer se puso inmensamente triste. 

—Sin ti estaré completamente sola —murmuró Luisa.

—Tus pájaros no cantaban porque no eran libres. Tú puedes cantar aún —señaló el hada. Se veía más mágica de lo usual, como si sólo hubiese tomado el tiempo exacto para visitar a la mujer. 

Luisa se quedó perpleja y vio cómo su única amiga se iba volando. Al siguiente día, recogió diez manzanas de su árbol, guardó su ropa en una bolsa del mercado y tiró las jaulas de sus pájaros a la basura. No calentó comida ni limpió ropa. Se fue de casa y nunca volvió. Ella también quería cantar.

Autora: Tania Franco, Estudiante feminista, firme defensora de lo justo y aficionada soñadora entre páginas. De risa estridente y palabras provocadoras, utiliza su voz para transformar el mundo

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