El suéter

Con estos 20 pesos completo para el suéter: pensó Manuel mientras recorría la avenida Zaragoza. Sus pies pedían refugio. Había tenido una jornada bastante regular,12 horas trabajando por un salario efímero; lo menos que buscaba era peregrinar hasta llegar a casa.

Los baches que el gobierno de la Ciudad de México había repavimentado volvieron a abrirse. Manuel presenció durante un mes y medio la reapertura de los carriles centrales de la avenida y cómo día tras día se desvanecían. En esta, su última noche de caminata forzada, el concreto abandonó el camino de los automovilistas.

Noche tras noche, Manuel entretenía sus pensamientos al ver uno o dos vehículos detenidos con una llanta ponchada. La preocupación de los pasajeros duraba apenas algunos minutos. Aprovechando las inclemencias de la vía en el conductor novato, al menos cuatro vulcanizadoras ofrecían sus servicios.

Siempre pendiente, Manuel señalaba al o los infortunados la dirección de la vulcanizadora más cercana, deseaba una buena noche y continuaba. Ese día hubo más detenidos y hasta un choque menor, aunque llamaron la atención de quienes pasaban o salían de las diferentes estaciones del Metro, Manuel tenía una meta: llegar a casa.

–Me arden los pies, quizás es porque pienso en ello, quizá lo hacen porque es su última noche– divagaba. –Mañana podré ver luz en mi hogar, Marta lleva algunos meses de malas; ojalá hoy sí me caliente la comida.

Manuel recordó cada salida cuando Marta urgía un suéter, tal vez no lo notó en seguida, pues ella simplemente paraba la marcha, volteaba a un aparador y decía “qué bien se me vería ese modelo”, “ya viene la temporada de frío y no tengo ni un suéter”, “mira el color y la caída, qué diseño”.

Ya estaba por llegar, pero antes tendría que recoger el suéter. Una vecina, a tres lotes de distancia de su casa, asomó su cabeza por la ventana: Manuel había tocado el timbre.

–¡Manuel, eres tú! Pensé que te habías olvidado del compromiso. Estaba seriamente pensando en ir a tu casa para cobrarte. Al menos lo dejaste aquí como garantía–. Hundió su extremidad por el hueco, luego de unos segundos, estaba en la marquesina de la puerta con una bolsa entre las manos.

–Una disculpa, pensé que tardaría menos en juntar todo el dinero. Marta limitó mis gastos por el niño y no tuve de otra más que juntar lo de mi pasaje–. No había terminado de hablar cuando de su mochila sacó un libro, en él, se escondía una bolsa de plástico con mil pesos en billetes de varios colores y algunas monedas doradas.

–Al menos habrá valido la pena. Marta estará más que satisfecha–. Entregó el paquete y contó apresuradamente la suma. –Ya me platicará.

Manuel inspeccionó el contenido del plástico: era el suéter; sonrió. A modo de despedida: alzó las cejas, agradeció y meneó la mano desocupada.

En unos cuantos pasos llegó a la puerta verde, sacó la llave, tardó en abrirla, practicaba en su mente cómo daría el obsequio y cómo respondería ante la gratitud de su esposa, “lo mereces”, “no es nada”, “es porque te pongo atención”.

Al abrir la puerta se escuchó el lamento de un niño, se negaba a dormir. Marta, sin vacilar, esperó militarmente en la salida del cuarto hasta que su hijo durmió. Habían pasado 20 minutos desde el arribo de Manuel. Ya había calentado su cena y envuelto el suéter en una bolsa de regalo reciclada.

Manuel estaba en la mesa sopeando una tortilla cuando Marta apareció. Vivían en dos cuartos uno la hacía de dormitorio, otro de sala, comedor y cocina. El baño lo compartían con la hermana de Manuel, aunque ella tenía otros y casi nunca entraba a éste.

–Te esperaba más temprano, ¿cuál es la excusa de hoy? Deberías aclararme si va a ser este tu horario permanente. Porque llevas más de un mes con largas y confío en que estés para que duermas al niño.

–También me alegro de verte. Te prometo que hoy es el último día. No te duermas aún, apenas termine de comer, te daré una sorpresa.

–¿Otra?, me intrigas– respondió secamente. –Yo me voy a la cama, suficiente he tenido hoy.

–Espera, está bien, ahora será–. Buscó en uno de los cajones del mueble en la sala. Sacó una bolsa de colores con la leyenda Happy Birthday, pasó uno de sus brazos alrededor de Marta y entregó con el otro el obsequio. –He traído este presente para mi hermosa esposa– utilizó el tono más empalagoso que pudo, buscaba la sonrisa de Marta.

–No me digas que es otro traste– dijo mientras despegaba la cinta adhesiva de la bolsa. Con desgana metió la mano y sacó el suéter. –¡Vaya, esto no me lo esperaba! – Manuel aún no entendía si fue una expresión de gusto o desagrado.

–Puse atención, ya no tienen con qué abrigarte.–Sí, es lo que necesito… ¿aunque no te parece que no me va? – Marta intentó olvidar la sinceridad y agradecer el gesto. –Digo, ¡no me lo esperaba!

–¡Vaya, tampoco me esperaba esta reacción! – Manuel regresó a la mesa, simuló comodidad y continuó cenando.

Marta meditó su reacción, en parte se sentía conforme, en parte se lamentaba y en parte quería echarle en cara por qué no la consultó antes de tomar una decisión por ella, si bien sabía que en gustos diferían y ya habían discutido sobre ello anteriormente. El gasto que Manuel le daba a Marta alcanzaba para comer durante la semana y si su hijo necesitaba materiales para la escuela. El sobrante lo guardaba para pagar los servicios de la casa.

A veces, Manuel llegaba con sorpresas para su hijo, incluso regalos compartidos, como la bicicleta; la compró grande porque “a esa edad se estiran muy rápido; sino no le servirá en unos meses”. Los fines de semana Manuel paseaba por las calles con el vehículo, ora con su hijo, ora sin él. O como los videojuegos o las pelotas o el carro a control remoto o la patineta.

–Bueno, quizá pueda comprarme algo con la tanda en la que estamos– se consoló Marta. –De todos modos, quien hace el ahorro soy yo y aunque pensaba regalarnos un corto viaje, ya no me parece lo ideal. Además, qué voy a celebrar, si hace tiempo estoy pensando en usar ese dinero para otra cosa–. Caminó al cuarto, preparó la cama y se metió entre las cobijas.

¡Vaya, no me lo esperaba!: repitió Manuel, mientras deglutía hábilmente. Masticaba: si supiera lo que me esforcé. Machacaba: más de un mes desgastando las suelas de los únicos zapatos que tengo para el trabajo.

Tragaba: malagradecida, debí aprovechar ese dinero para el boleto de Mumford and Sons, al menos alguien la pasaría bien. Sorbía: desde ahora no le daré el gasto, ya es hora que se las ingenie. Se arrepintió. Marta veía ya todo oscuro, más sabía que sus ojos estaban abiertos, percibía la brisa del aire en sus pestañas. Se esforzó por ver algo entre la penumbra, no lo consiguió. Era la primera noche en meses que sentía algo: enojo. Ya no podía disfrutar. Como si hubiera activado el piloto automático a la espera de colapsar. Manuel sopesó si era prudente arrastrarse hasta la habitación y cobijarse junto a la mercenaria. Si no lo hacía, habría caído en su trampa; si lo hacía, no descansaría. Terminó de comer. Se sentó en el sillón que su madre le obsequió al casarse. Arrastró el dedo en la pantalla del celular una y otra vez hasta divagar y reír.

Marta escuchó a Manuel. Reía tan fuerte como la vez que le presentó a su mejor amiga. La amiga. Con quien siempre estaba. Cuando se graduaron ella le consiguió empleo. Trabajaban juntos. Tiempo atrás, la invitaron a comer. Tocó la puerta verde. Marta abrió. Manuel aún reía cuando un recuadro emergente apareció: Creo que ya es hora, me dijeron que no pasa de mañana. Él abrió el mensaje, continuaba: Ya sé que quedamos en ser discretos, ni yo te quiero cerca ni tú a mí, pero sería importante que vinieras.

Marta miró hacia abajo involuntariamente, pues quien llegaba tenía la pinta de estar embarazada. La recibió con cortesía, la interrogó brevemente para descubrir que no tenía pareja y había decidido tener un bebé por su cuenta. En la comida, Manuel se mostró más que atento con su amiga. Manuel esperó unos minutos antes de contestar, luego empujó las letras con seriedad: Lo sé, seguramente no es fácil y no lo será, pero si ahora cambiamos las cosas, lo vamos a desquiciar. Mañana paso a verte para hablar.

Marta lo supo: el bebé era de Manuel.

Autora: Cynthia Michael Rodríguez de la Cruz. Nací en la Ciudad de México, antes Distrito Federal; crecí en el Estado de México y soy una de las más de un millón y medio de personas que peregrinan diariamente a la capital. Egresé de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Terminé el diplomado Periodismo Especializado de la FCPyS. Abracé el feminismo sin saberlo y ahora lo predico y cuestiono diariamente. Actualmente, soy freelance, hago trabajos de diseño editorial. Leo y escribo para reflexionar.

Ilustración de: Naranjalidad

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