En círculos

Quizás aún no dimensiona las puertas que hemos abierto juntas, desde adentro y hacia el abismo de la otra; con cada ritual, con cada señal revelada, con cada pasión entrelazada.

Me gusta cuando se deleita escuchándome o leyéndome, cuando su sangre se agolpa a ritmo de mis historias semificticias. Me incendia cuando me llama ninfa, y le respondo con la desnudez de mi alma púrpura. Disfruto que no le asuste mi poesía. Que también la viva. Que me acompañe a experimentar, a explorar, a seguir inventándonos en el erotismo y la escritura.

Me gusta cuando me intuye mortal, cuando juntamos nuestras discontinuas individualidades, como si algo pudiésemos alcanzar. Cuando nos hablamos de la inmortalidad con las miradas.

Disfruto enormemente las tardes de cuentos, de sorprenderme con nuevos estilos y formas. Estamos juntas porque se atrevió a leerme el cuerpo al mismo tiempo que a mis líneas disruptivas.

Me gusta que me invente historias, que escriba más allá de nuestros recuerdos.

Celebro que en cada encuentro me encuentre distinta; me gusta que reinventemos el método.

Nos hemos demorado en la otra para leernos. Para leernos. Para leernos.

Me reta en mi oficio de fabuladora. Me propone que narre por escrito, con las teclas, la sensación del orgasmo; mientras me ayuda a experimentarlo.

Hemos debido elegir el escritorio con mayor espacio, para que se acomodara, para que me acomodara la lengua a su gusto. Esto comenzó como un experimento meramente literario. Como ejercicio creativo. Algo para disparar el ritmo. Y así seguimos dilatando el tiempo.

Yo soy amante de la escritura, y ella, de mis orgasmos. Quise repartir mi concentración, empezar a escribir sólo palabras, estremecimientos.

Me relajé e intenté verme desde afuera. Vi a una mujer que se estaba elevando. “Húmeda. Tibia. Ardor. Caliente. Mojado. Sus labios. Sus dientes. Mis manos. Su cabello. Mis muslos extrañando su cuello. Ella comunicándome algo desde la punta de su lengua, con el perfecto tacto. Justo en la puerta de mis labios. Me habla del amor en círculos. Me provoca un remolino con los dedos. Me eriza los vellos con su aliento. Siento su sonrisa en mi entrepierna…”

Bajé las manos y acaricié sus orejas.  Así nos conectamos. Esa tarde escribí más de tres cuartillas.

Se alimenta de mí, de mis alas de sal. Acaricia el tiempo suficiente, el exacto. Me susurra historias con las crestas papilares. Yo le sumerjo en mi cascada lechosa, ella se convierte en río de versos.

Reviento el silencio, aprieto y estiro los dedos pequeños. Aprieto su nuca. La beso. La beso conmigo. Nos desmoronamos en letras. Inundamos el piso con palabras húmedas, amorosas, calientes, luminosas.

Autora: Marisabel Macías Guerrero (Mar), Sinaloa (1986). Sudcaliforniana por convicción, y habitante apasionada de la Ciudad de México. Filósofa feminista, lectora entusiasta, escritora, tallerista y promotora de cultura independiente. Amante del café, los libros y, muchas veces, la soledad y el silencio.

Ilustración: Ana Santos

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