Carnívora: acuérdate de mí epifanía cuando vayas al mercado*

El mercado es uno de mis lugares favoritos. Ya sea de artesanías, flores, verduras, carnes, diversos abarrotes y hasta material para practicar hechicería. Me gusta que es eclético en todos los sentidos; entra por mi nariz y lo huelo fresco, a frutas de temporada; fragante y terroso, a hierbas curativas; cítrico y con ligero aroma de vainilla, a magnolias. Lo exploro por el tacto y descubro la ambivalencia de las texturas, por ejemplo, la de la naranja rugosa y lisa en consonancia. El oído y gusto me introducen: “Pásele güerita, ¡pruébelo, pruébelo!”.  Me puedo perder en el regocijo de aromas, colores, texturas, sabores y sonidos que habitan en el mercado.

Mis primeros recuerdos de este lugar son a lado de mi abuelita materna. Los domingos muy temprano o los días de vacaciones que pasé en su casita blanca, juntas íbamos al mercado por la comida del día. El olor a cilantro invadía mis fosas nasales, mientras ella me agarraba de la mano y me decía: ─Te voy a preparar un caldito de res, mi niña─ al mismo tiempo que la boca se me inundaba de antojo. Luego en la sección de las carnes me aguantaba la respiración y agachaba la mirada a mis zapatitos rojos de charol ─de pulsera en el tobillo y moñito al centro─ para no ver los miembros de las reses, tendidos ahí para el agasajo a la hora de la comida.

Un día, ya siendo una joven, acompañé a mamá y papá al mercado. Ya no me acuerdo exactamente para qué ocasión especial [1] fuimos a comprar, pero sí que pasamos por toditas las secciones y que en cada una paramos a adquirir algo. Yo estaba muy concentrada, a cada parada probaba, tocaba, veía, olía y escuchaba.

Al final del recorrido en la parte de las carnes ─distinguida por el olor y la variedad de animales muertos tanto terrestres como marinos─ reses y cerdos colgando mientras que sus cabezas yacen sobre el mostrador; hígados, sesos, corazón, moronga, la famosa pancita y, quien sabe que más, porque ya no quiero estar tan concentrada en las entrañas, mejor pienso en la hermosura de las celosías. Hasta que caigo en cuenta de su parecido con los sesos.

Mis pensamientos se interrumpen una vez que llegamos a los locales de pollo. Observo cómo lo colocan, primero está en fragmentos: patitas, alas, pierna, muslo. Luego en modalidad de descabezado y tendido sobre una tabla. Su piel teñida de amarillo brillante y su olor particular que lo diferencia de la res hace que mi piel se ponga como la de él.

Finalmente, los mariscos y el pescado, caracterizado principalmente por lo oloroso de la trimetilamina[2]. Siento una mirada de cuchillo, es de un huachinango grandote que reposa sobre la cama de hielo escarchado, no lo pienso ni dos veces e introduzco lentamente  mi dedo índice en su ojo, su viscosidad me gusta al principio, pero al sacarlo me repugna. Siento ñáñaras de  pies a cabeza.

El mercado me resulta encantador, tradicional, cotidiano, orgánico y en este momento, sobre todo, tan raro a diferencia de otros días. Claramente veo cuerpos humanos rasurados, destazados y colgando. Cabezas en el mostrador, para los que prefieren ojo, trompa, cachete. Manitas de humano junto con patitas para gozarlas en casa con limón, sal y salsa valentina. Y no me olvido de los sesos, el hígado, las tripas, el corazón, y demás viseras humanas guardadas en los refrigeradores, listas para ser devoradas por reses, pollos, cerdos y peces. Siento escalofríos en todo mi cuerpo. Empatizo con los cuerpos colgados y mutilados de mujeres y hombres en los lugares de los animales que se suelen expender en el mercado. Pero esa sensación escalofriante la supera una de justicia. Me gusta pensar cuando voy al mercado y tener la certeza de que es posible trastocar el orden establecido.


[1] Mi mamá suele ir al mercado principalmente para ocasiones especiales, porque todo es más fresco y a mejor precio que en el supermercado.

[2] Cuando los peces son capturados y mueren, las bacterias y enzimas comienzan a hacer su trabajo y se transforma el óxido de trimetilamina en trimetilamina, compuesto que aporta el famoso olor a pescado.

Imagén destacada: Jane Bodil

*Mag Mantilla (Ciudad de México, 1985). Me gusta soñar cuando estoy premenstrual y menstruall; los sueños son más intensos y vividos durante estos ciclos que se conectan con la luna. Lo he comprobado documentando mis sueños, teniendo una libretita cerca de mí al despertar durante estos ciclos.

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