Necesitas un amigo

 

 

la felicidad busca la luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre;  pero el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe.

Herman Melville

 

 

 

Arturo había sido un niño tan enfermizo, tan huraño. Todavía era bastante huraño. Su madre notaba la incomodidad que le causaba a Arturo levantarse de la cama y salir de su cuarto, dejando su libro de turno, para saludar con dos besos, uno en cada mejilla, a su tía Paty. La tía Paty no era realmente su tía, sino una vieja amiga de su madre de cuando se graduaron de enfermería. Arturo no tenía ningún tío ni tía, ya que sus padres eran hijos únicos como él. Su padre no estaba por ese tiempo, era médico militar en el ejército de Estados Unidos. Arturo no entendía cómo, pero su padre se las había arreglado para que su madre recibiera un cheque del gobierno a la oficina de correo de Caléxico, el pequeño pueblo del otro lado de la frontera, y él y su madre podían seguir viviendo en su casa en México, Arturo yendo a la misma escuela, y su madre trabajando en la Cruz Roja.

Gilberto era su vecino, y aunque eran muy diferentes, Gilberto lo adoptó como mejor amigo de inmediato.  A pesar de que Gilberto conocía prácticamente a todos en la secundaria y en el barrio, Gilberto quería ser amigo de Arturo, y eso a Arturo le parecía imposible y le costó asimilarlo. Iban en el mismo salón desde primero, apenas habían cruzado palabra, pero por supuesto Gilberto era muy amable con todos. Cuando estaban en tercero, tenían una profesora de Contabilidad muy estricta y Arturo era de los pocos que seguía el paso de la clase, él y una muchacha llamada Ilse que solo ayudaba a las otras muchachas, y no necesitaba decir nada a los muchachos cuando se acercaban con sus cuadernos, pues los miraba con  desprecio, como si algo se les hubiera perdido y tuvieran la audacia de acusarla. Con Gilberto Ilse hacía la excepción, ella misma le ofreció su ayuda una vez que la profesora había ido a la dirección por unas copias que olvidó para el examen. Gilberto le dijo con una sonrisa que era muy amable, pero que no era necesario. Ilse insistió en recordarle algunos conceptos básicos y Gilberto sonreía cortésmente apenas ocultando su incomodidad. Ilse vio a la profesora atravesar la explanada y regresó a su lugar obviamente fastidiada, pues estaba dispuesta a sentarse delante de Gilberto para que éste le copiara. Cuando la profesora entró en el salón con los tacones marcando su paso apresuradamente y una pila de hojas en las manos,  Gilberto volteó a ver a Arturo, quien estuvo fingiendo que la punta de su lápiz era lo más interesante del mundo,  y le sonrió divertido, con hace uno con un viejo amigo ante una broma secreta. Gilberto reprobó el examen.

Saliendo de clases ese día, Arturo tomó la ruta usual para llegar a casa. A Gilberto lo veía siempre de lejos caminando y riendo con otros muchachos del barrio que iban a la misma escuela, pero que vivían unas cuadras antes.  Arturo siempre procuraba ir más lento o más rápido que Gilberto y sus amigos porque no quería toparse con él y que lo tratara de integrar a su grupo.  Él nunca sabía qué decir, pensarían que era aburrido y se burlaría a sus espaldas, o peor, le robarían en su dinero, le harían calzón chino, le patearían las costillas, la entrepierna, se quedaría estéril y la línea familiar moriría con él. Ese día creyó que moriría cuando Gilberto tiró su lata de refresco casi llena y manchó sus Chuck Taylor blancos.  Arturo nunca había visto a Gilberto enojado, o más bien sólo un poco cuando en el receso le metían un gol a su equipo. Gilberto se quedó pasmado unos segundos viendo la mancha en sus tenis que antes estuvieron blanquísimos. Sólo usaba sus Chuck Taylor blancos los viernes. Cuando volvió a moverse, los músculos de su cara que estaban contraídos con horror y angustia. Pateó la lata, todavía con refresco, y gotas cafés cayeron en su pantalón gris claro y su camisa blanca, lo que provocó que lanzara un grito frustrado, y habría llorado de no ser porque la lata aterrizó en los pies de Arturo, quien se había quedado inmóvil a mitad de esa calle larga, sin nada que le ayudará a disimular que estaba viendo a Gilberto, ni siquiera un perro que anduviera suelto y le ladrara creyendo que Arturo invadía su territorio. Los dos muchachos se quedaron viendo unos diez segundos, descubiertos y avergonzados, y Gilberto se empezó a reír. Ese día Arturo no caminó solo a casa.

***

Gilberto tenía tres hermanos y dos hermanas, su padre era albañil y unos diez años mayor que su madre, y era viudo cuando se casó con la madre de Gilberto. La madre, Antonia, era de un pueblo de Sonora y juraba que sabía cuándo iba a conocer a Juvenal —Juve—, y que él ya tendría hijos, pero no esposa. Un día se sentó afuera del restaurante familiar esperando a que pasara Juve en un carro viejo blanco, y habría podido nombrar el modelo de haber conocido nombres de modelos de carros. La madre de Toña la vio extrañada cuando ésta tomó una silla y caminaba hacia afuera.

—¿Qué haces, muchacha? Hace calor afuera— dijo la madre de Toña.

—Corre viento, amá— mintió Toña.

—Bueno, pero si llega un cliente te metes, yo estoy ocupada pelando los tomates— dijo la mujer asomándose por la cortina que daba a la cocina.

—Sí, amá, ya mero llega mi marido— dijo Toña con voz serena, sin darse cuenta de sus palabras hasta que ya estaban en el aire.

—¿Qué dices, chamaca mañosa? Donde salgas con tu domingo siete ya verás cómo te va…— dijo la madre dando unos pasos afuera de la cocina con las manos llenas de piel y semillas de tomate y viendo a la muchacha con incredulidad.

—No se apure, amá, si yo me voy a casar bien— dijo Toña volviendo a su ánimo sereno y atravesando la puerta sin voltear a ver a su madre.

A los cinco minutos de estar Toña afuera, un hombre delgado de unos cuarenta años, con el cabello crespo que regañaba a una niña con un vestido verde manchado de lo que parecía ser lodo, se detuvo en su Datsun blanco y le preguntó a la muchacha por la iglesia del Sagrario. Toña con voz segura y casi cantante le dijo al hombre que estaba en la siguiente calle y éste le agradeció y se fue. La joven sintió un repentino vuelco en el estómago cuando el hombre arrancó, pues sus premoniciones nunca le habían fallado. Quería ir a la iglesia y buscar la forma de hacerle plática al hombre, y estaba a punto de hacerlo sin siquiera devolver la silla adentro, pero escuchó que su madre le gritaba desde adentro que atendiera al joven que había entrado, un hombre alto, robusto, con la barba recién rasurada, con una coleta que llegaba al borde de sus anchos omóplatos y piel bronce. El hombre iba con dos niños y una niña de entre cuatro y siete años.

***

Arturo y Gilberto empezaron a pasar mucho tiempo juntos, se sentaban a comer juntos en el receso y Arturo conoció a los amigos de Gilberto, que en realidad eran bastante divertidos, hasta Andrés, quién aseguraba haberse acostado con todas las del salón, incluso Ilse, y era de ella era de quien hablaba con más detalle, decía por ejemplo que chillaba como perra y que le gustaba que le mordieron las chichis y que le lamiera las orejas. Era obvio que la mayoría no le creían, pero le seguían la corriente por diversión y porque ninguno del grupo tenía novia en el salón, aunque en realidad la mayoría no tenía novia, sólo Tomás y no le importaba que dijeran de las del salón porque su novia estaba en el turno de la tarde. Todos, incluido Arturo se reían de los chistes de Andrés. Nadie, incluido Arturo, quería quedar como un marica.

Gilberto le enseñó a Arturo a jugar fútbol un domingo en la tarde con sus hermanos y hermanas. Arturo no llegó nunca a ser un buen delantero, pero si un portero decente, por lo que él siempre estaba en la portería. La madre de Arturo estaba muy contenta porque su hijo ya salía con otros muchachos, especialmente los hijos de Toña y Juve, quienes le parecían personas decentes y honradas. La parte favorita de Arturo de su nueva amistad con Gilberto quedan las cinco calles que caminaban después de la escuela solos hablando y riéndose de cualquier tontería.

Un martes después del receso Arturo perdió de vista a Gilberto y no lo vio en la clase de matemáticas. Después de media hora se levantó a pedirle su sacapuntas a Tomás, tiró la basura de lápiz y preguntó disimuladamente a su compañero si sabía dónde estaba Gilberto, pues su mochila seguía ahí.

—¿No sabes? — rió bajito— Está con su novia, es amiga de Martita. Yo le voy a dar su mochila a la salida.

Arturo no pudo decir nada más porque el profesor les dijo que guardarán silencio y a él que se sentara. ¿Por qué Gilberto no le dijo que tenía novia? ¿sería algo reciente? ¿cuándo sucedió? No sabía por qué estaba tan enojado, no podía concentrarse en el ejercicio de álgebra, algo que de hecho se le daba bastante bien. Después de un rato, le pidió permiso al profesor para ir al baño, y al bajar las escaleras se dio cuenta de que lloraba.

Al día siguiente Arturo hizo como si nada, no quería que Gilberto y los otros se burlaran de él. Andrés sí dijo algo, y Tomás no iba a guardar tan jugoso material para burlarse de Gilberto. Andrés, como siempre, dijo cosas desagradables, caricaturizando las nalgas de la novia de Gilberto. Gilberto intentó defenderse a sí mismo más que a su novia, pero en realidad estaba orgulloso de las cosas que sus amigos daban a entender.

Arturo rió con los demás como si no lastimara escuchar todo eso. Nadie, excepto Gilberto, notó que no reía con todo su cuerpo como los otros, que sus ojos no reían, que la línea curva de su boca era solamente un dibujo a lápiz muy mal hecho por un niño pequeño, chiquitito, molesto por no estar en casa durmiendo, y más que otra cosa, que estaba humillado.

Una semana estuvo Gilberto saltando la última clase o a veces desde el receso. No era el mejor estudiante, pero no solía ser tan irresponsable y claro que antes se había saltado clases, aunque no tan frecuentemente.
No tenían clase de matemáticas todos los días, pero a la tercera clase el profesor preguntó por él. Arturo para su propia sorpresa y la de los demás, inventó una excusa en ese momento que el profesor creyó de inmediato porque Arturo era un chico callado que siempre hacía la tarea, sacaba buenas calificaciones y nunca causaba problemas.

—El padre de Gilberto está enfermo, profesor. Ha tenido que cuidar de sus hermanos pequeños mientras su mamá está en el hospital con él— dijo Arturo en un tono solemne.

—Oh…  no lo sabía—  dijo el profesor desviando la mirada hacia la lista de asistencia y la clase quedó en completo silencio.

—Le puedo llevar la tarea, pero no sé si tenga tiempo de hacerla. Viene a las clases que puede, de verdad lo intenta.

— Bueno, puedes decirle que no le contaré las faltas y que envíe su tarea, ¿la traerías tú, Arturo?

— Con gusto, profesor.

La clase eventualmente volvió a la normalidad, pero el corazón de Arturo seguía latiendo tan fuerte que pudo haberle perforado el pecho. Noto que Andrés y Tomás cuchicheaban volteando de vez en cuando a su lugar y que Ilse lo miraba con los ojos entornados y el ceño fruncido. No era posible que lo supieran, no
había manera. La vez que lloró en las escaleras nadie lo vio. Y, sin embargo, algo pasaba.

—¿Es verdad que tienes novia? — preguntó Arturo sin ver a Gilberto.

—Sí— contestó Gilberto con voz tensa.

—Ah… ¿y es bonita? — dijo Arturo mientras le temblaba el ojo izquierdo y se mojaba los labios, un poco blancos.

—Sí, tiene ojos grandes, nariz chiquita y unas piernotas.

—Nunca la he visto, ¿y cómo se llama?

—Toña, como mi mamá.

—¿Y se parece a tu mamá? — dijo Arturo tratando de sonar divertido, pero sin poder ocultar del todo su enojo.

—¡Claro que no! — dijo Gilberto soltando una risa falsa y fingiendo que no notaba el tono de Arturo, lo cual rompió la tensión porque Arturo estaba agradecido de que Gilberto fingiera.

Los muchachos siguieron caminando como hace tiempo no lo hacían, solos y haciendo bromas estúpidas camino a casa. Fue cuando Arturo se enteró que Toña estaba en la prepa y que estaba en la banda de guerra, pero no era en realidad tan grande, pues había estado en la misma secundaria apenas el año pasado, y se enteró también que de hecho era hija de un amigo del padre de Gilberto, que sus padres se conocían y todo estaba bien hasta hace poco.

— Mi mamá es muy supersticiosa, ya sabes, cosas de señoras, y pues dice que soñó que alguien me mataba, que me besa y yo me muero— dijo Gilberto un poco avergonzado.

—¿Y tú crees que tu novia te mataría? — dijo serio Arturo.

—¡Claro que no! — dijo Gilberto, ofendido.

—¿Cómo lo sabes? — insistió Arturo.

— Deja de decir tonterías, ¿te pagó mi mamá? — rió nerviosamente Gilberto.

—No, no, sólo digo que puede pasar.

—¿Que me mate mi novia, Arturo? ¡Por favor! — dijo Gilberto alzando la voz.

—Bueno, solo me preocupo por ti, creí que éramos amigos y ni siquiera sabía que tenías novia, me enteré porque Tomás me lo dijo— dijo Arturo también alzando la voz, y avergonzado, bajó la mirada hacia el asfalto, deteniéndose para calmar su respiración agitada.

—No lo puedo creer— dijo Gilberto entornando los ojos—, es verdad que eres marica, pensé que eran pendejadas de Andrés, pero de verdad lo eres, solo falta que llores…

—¿Y eso a ti qué te importa, Gilberto? A ti no te afecta si soy marica o no, incluso te conviene porque yo te cubrí con los profesores— gritó Arturo, y empezó a temblar de vergüenza y su pálida piel se puso roja.

—¡Nadie te lo pidió! Yo sólo trataba de ser tu amigo, no era una invitación a coger, solo me diste lástima, nerd…

Arturo temblaba de furia y soltó el primer puñetazo de su vida, torpe, pero efectivo porque viniendo de él era inesperado para cualquiera, y le dio en un ojo a Gilberto. Su amigo se quedó atónito un momento, pero enseguida devolvió el puñetazo a Arturo, dándole en la mandíbula. Arturo estaba mareado, pero empujó a Gilberto y éste cayó en el pavimento caliente, y se puso encima de él y empezó a golpearlo en la cabeza con un pedazo de concreto suelto de la acera. Gilberto soltó un grito entrecortado, pero Arturo no dejó de golpearlo hasta que desahogó su rabia.

El muchacho se secó las lágrimas con el antebrazo y vio la cara de Gilberto hecha una masa amorfa de un rojo negruzco que se esparcía sobre la acera en un charco. Se levantó rápidamente antes de que la sangre de Gilberto le manchara el pantalón y los zapatos y tiró el pedazo de concreto lejos de él. Arturo se secó la sangre de las manos en la camisa, se la quitó, la echó en su mochila y se puso el suéter que llevaba amarrado a la cintura. Echó una mirada al cuerpo inerte de Gilberto, quién tenía la  mirada nebulosa hacia el sol y la boca entreabierta. Arturo sintió el aire escapándose de su cuerpo, las lágrimas volvían a desbordarse y sus pies se hacían hacia atrás. Quería quedarse ahí y deshacer lo que había hecho, pero no tenía caso. Corrió como nunca, como si Gilberto lo siguiera y le gritara que era un maricón, qué le iba a partir el hocico. Escuchaba la voz de su padre, no la que escuchaba por teléfono cada semana, sino una voz clara que le decía que llevaba una pistola, porque muerto el perro se acabó el puto, ¿qué no era él un buen ejemplo?

Arturo llegó a casa temblando, su mamá no llegaba todavía. Tiró la mochila en la cama y se fue desnudando por el pasillo hasta llegar al baño, abrió la regadera y se lavó la sangre que le quedaba en las manos, fue a su cama y se quedó dormido. Cuando despertó escuchó sirenas y a una mujer dando unos alaridos desgarradores. Se sentó en su cama y abrió el cuaderno de matemáticas, dónde estaba la tarea con el nombre de su amigo y besó el espacio con su nombre.

 

 

 

Autora: Adriana Pérez Valdez. Nació en Mexicali, B.C. (1991). Ganó en 2012 el séptimo certamen literario Pedro F. Pérez y Ramírez (Peritus) en la categoría de Poesía y participó ese mismo año en el Curso de Creación Literaria para jóvenes organizado por la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana. Fue becaria del Festival Interfaz Noroeste 2014 organizado por el ISSSTE y la Universidad Autónoma de Sinaloa. Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos. Actualmente estudia una maestría en Literatura española e hispanoamericana y vive en Arizona, EEUU con su esposo y su gatito.

Ilustración: Sara Sánchez

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