Adioses

Si Alberto llega en este momento, se dará cuenta de que estoy estudiando. No sé si quiero que llegue porque me interrumpirá; todavía no le he dicho que quiero aplicar a la maestría porque no sé cómo va a reaccionar.

Por otro lado, ya es tarde y no llega. Dudo si mandarle mensaje, porque si lo hago tal vez piense que estoy encima de él. Yo sí suelo decirle cuando salgo, pero por seguridad, para que sepa dónde y con quién estoy y esté tranquilo.

Bueno, mejor que llegue tarde. Si no estudio ahorita no podré hacerlo después. Nina finalmente se durmió y es la única forma en la que puedo sentarme frente al libro. Últimamente el tiempo se me va entre biberones, pañales, dar pecho, recoger juguetes y tallar mamelucos. Adiós, adiós, adiós tiempo. Así se me han ido los últimos meses, en adioses. Adiós a mi tiempo, a mi trabajo, a mis cosas y adiós a mí.

Cuando Alberto dijo que dejara mi trabajo, para que yo tuviera tiempo para la niña, se sintió bien. Mis amigas solo decían lo suertuda que era por tener a alguien que estuviera dispuesto a mantenerme, “¡y que él solito se lo haya propuesto! Nombre, para encontrar a alguien así, que se preocupe de que su niña sea bien criada y reciba la atención que se merece”. ¿Suertuda yo?

Yo sí quería ser mamá… bueno, todavía lo quiero. Solía soñar con una bebé que tuviera nuestros chinos y los ojos color miel de Alberto. Deseaba que estuviese acostada entre nosotros, dormidita, mientras Alberto y yo nos miramos diciendo “sí, esta niña linda es nuestra”. Pero ahora, la niña linda está aquí, solo que despertándose cada tres horas y Alberto ni se aparece.

No sé por qué sigo aquí aplastada si no logro concentrarme con tantos pendientes en la cabeza. Antes sí me sentía inteligente y segura. Mis maestras me lo decían y yo me lo creía. A Alberto también le gustaba eso de mí, pero ya tiene mucho tiempo sin decirme inteligente o bonita. Igual no quiero darle mucha importancia porque ya me ha dicho, y yo sé, lo exagerada y fijada que soy.

Pero mientras la niña crece, estoy aquí sola. Y ella ni siquiera puede hablar. ¿Será que podré aprovechar eso para contarle todo lo que pasa por mi cabeza?

Le diría: “no sé cómo pedirle a tu papá un poco más de dinero, a veces no me alcanza para comprarme suficientes toallas y desde el parto ha aumentado el sangrado”. Lo que me da me alcanza para las cosas de Nina y de la casa, y lo poco que queda se va para mí. Pero en serio me da mucha pena decirle. Creo que me dirá que estaba acostumbrada a otro estilo de vida, a salir al gimnasio a diario, a comer fuera, a comprar ropa bonita. Y yo sé que ahorita estoy en la etapa de decirle adiós a muchas cosas.

A él solía gustarle mi ropa y los conjuntos que hacía. Le gustaba cómo me veía con ella y sin ella.

Hace poco vi en Instagram un conjunto de lencería muy bonito, pero si no me alcanza para toallas ¿cómo me alcanzará para lencería bonita? Y si le digo que me de para algo así, me dirá ridícula. Y ya, ya madre mía, ya calla a esta cabeza que me vienen las ganas de llorar. No puedo estudiar, no me puedo concentrar.

Mejor me acuesto y me tranquilizo antes de que llegue. ¿Cómo podré acostarme hoy para llamar su atención? Si me pongo de lado tal vez no me vea tan gordita. Tengo ganas de que me toque, pero tampoco sé cómo proponérselo porque generalmente él tenía la iniciativa. Recuerdo la vez en que me dijo que, si un día engordaba, empezaría a verme como su hermana. Me reí y él se rió, creo que ninguno de los dos sabíamos que un día sí iba a engordar y que además tendría pedazos de piel colgando. Él también ha engordado un poco, pero todavía se ve bien y realmente no me importa…

¡Ay, ya! ¡Debo calmarme! Ya sé que quiero muchas cosas. Quiero que me vuelva a decir bonita e inteligente; quiero que me toque, que me dé más dinero, también quiero ese conjunto de lencería bonito. Quiero que me toque. También quiero quedar en la maestría… ya sé, ya sé, ya sé que pido mucho y que soy exigente. Mejor me acuesto y ojalá que Alberto me toque cuando llegue; o me conformo con dormir y que al despertar, desaparezcan todas estas exigencias mías. También debería decirles adiós a ellas.

 

Autora: Marissa Lorena Vargas Sánchez (1998). Tamaulipeca, feminista, universitaria a punto de concluir la licenciatura en Lingüística Aplicada. Bastante romántica, y bastante política. Enamorada del té y de los animales.

Ilustración de: Viktoria Lukonina

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