El músico

Pareciera que siempre me relaciono con hombres violentos, que es mi culpa que me maltraten porque yo los escojo; como si en este mundo hubiera otra clase de hombres. De una u otra forma, pasa, ¿será que yo los provoco?

Ahí estaba yo, otra vez, involucrándome con alguien con el que sabía sería algo pasajero; intenso. Lo hacía desde hace tiempo, tuve mis aventuras deseadas con las que soñé en la comodidad de mi ex relación estable de ocho años.

El nuevo en mi lista era un músico, cabello largo, cara bonita, crítico social, barba desaliñada, plática interesante, soberbio, ególatra y egoísta. No sé qué me orilló realmente a acercarme a él. Quizá la soledad, la adrenalina de lo desconocido, la aventura de estar con un hombre totalmente diferente para la colección que acumulaba desde la ruptura con mi ex.

Ya lo conocía, era el roomie de mi amigo músico, y su compañero de banda. Y claro, de repente cuando iba a su casa nos lo encontrábamos y platicábamos con él, me sentía atraída por la seguridad en sí mismo, en lo que hacía, en lo que pensaba y lo que sentía. Me daba curiosidad.

Empezamos a salir un día, así de repente, sin expectativas, fuimos a la cineteca, porque “qué vulgar y común ir a cualquier otro cine a ver The Joker”. Cuando salimos fuimos por unas cervezas, hablamos de la película, y él, cual experto crítico de cine, empezó a dar su opinión, y ante mis ojos la analizó de una manera que me hizo sentido, me dijo que, si bien era una buena crítica social al sistema, había sido creada dentro del sistema por ser de Warner, lo que hacía que perdiera fuerza. Conversamos toda la noche, de diferentes temas: de la vida, del amor, de las parejas, del universo, de música, etc. Quedé anonadada, embrujada por su plática.

En esa primera “cita”, sin preguntar se quedó a dormir en mi casa, nos besamos apasionadamente, me desvistió, nos tocamos, pero no pasó nada más. Después de dos semanas seguíamos viéndonos. Había besos, charlas y sueño compartido. Todo él deseaba que fuésemos más allá, y yo trataba de alargar el momento de tener sexo; quería conocerlo más, sentirme segura, en confianza. Él presionó, yo no pude postergar más lo que parece inevitable. Una noche se quedó a dormir en mi casa, y sucedió.

Tuvimos sexo por primera vez, a pesar de mi incomodidad lo hicimos. Aquello sólo fue un vaivén de movimientos sin placer. Me besaba, me tocaba, me movía y acomodaba; mi mente estaba en otro lado. Él, excitado completamente, tenía el claro objetivo de tener sexo. Él seguía y seguía, yo sólo no quería seguir ahí. Me sentí una muñeca de trapo sin autonomía, transgredida, sin voluntad propia, como si mi cuerpo no fuera mío, yo sólo quería que me dejara en paz.

Recuerdo perfectamente que le dije que ya no quería hacerlo, que no me sentía cómoda, que no lo estaba disfrutando. Cuando lo escuchó, lo único que hizo fue continuar como si pensara que, con sus movimientos, yo, de repente iba a disfrutar y a cambiar de opinión. Le seguí diciendo que no, se enojó y me reclamó que ya estábamos ahí. Simplemente no le importó y siguió con sus movimientos de cadera, con sus manos en mi cuerpo, hasta que yo sin voluntad de decir que no, me dejé. Sólo pensé: “pues, ya lo hice esperar, ya accedí a tener sexo, ya nos besamos, ya dormimos juntos, ya me escuchó…” Parecía que una parte de mí creía que se lo debía.

No dije nada más, él se cansó y al final me reclamó: “todo para esto, Camila, es el peor sexo que he tenido en mi vida”. Realmente se veía enfadado y decepcionado. Se vistió mientras seguía reclamando: “es que así no se puede, tu mente está en otro lugar, es que tu cabecita no te deja disfrutar el momento, no te dejas sentir”. Yo sólo me hice bolita y me quedé en la orilla de la cama viendo cómo ataba sus zapatos, escuchando cómo me regañaba por el peor sexo de su vida, y por ser la peor pareja sexual. Luego me dio un beso en la frente, caminó hacia la puerta, me dijo que lamentaba mucho que fuera así, que con el cuerpo tan bonito que tenía y siendo tan inteligente, era un desperdicio de mujer, y se fue. Se fue.

Me sentí mal, me sentí culpable, ¿en serio soy un desperdicio de mujer?, me pregunté obsesivamente. No quería hacerme la víctima, no me gusta serlo, no me gusta ser vulnerable e indefensa. Pero sí, esa noche sentí culpa, también por las decisiones que tomé, porque sabía que él era así, porque había señales claras de que era un ser violento que, además, esconde una tremenda inseguridad.

Después me llamó. Seguimos saliendo un mes más, todo era muy confuso. Recuerdo que él, frecuentemente, me preguntaba si andaría con alguien como él, qué si lo quería, que, si me casaría con alguien así. Él me decía que era una persona muy noble y cariñosa, pero al mismo tiempo me trataba con desdén. Y lo del sexo, pues no mejoró, así que cada vez que podía me decía lo mala que yo era para eso. Incansablemente él me decía que yo no sabía disfrutar, que mucho menos hacer disfrutar al otro; decía que yo era una mujer condicionada por la sociedad, que lo que necesitaba era liberarme. Me cansaba de escucharlo, pero no se lo decía.

Ahora que lo veo en retrospectiva, pienso que él no quería estar conmigo, pero quería mi atención, mis cuidados, mi cariño y mi cuerpo.
Me ofendía y me minimizaba cada que podía, y otros ratos quería que creyera que fantaseaba con un futuro juntos, con algo duradero. Era violento y ambiguo. Hasta que un día, sin más, decidió no volver a salir conmigo, y saben qué, lo único que pude sentir en ese momento, fue alivio.

 

Autora: Cristina González (1988), tratando de ser lo más racional posible en medio de tantas emociones. Montañista, feminista y estudiante de doctorado.

Ilustración de: Sara Herranz

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