Escalar el amor propio

Cuando yo era niña, mi papá tenía una cámara análoga y tomaba fotografías a todo y a todos, gracias a esta afición tengo un gran registro de cómo fui en mi infancia. Recuerdo que, lo que más llamaba mi atención era la herramienta, me daba mucha curiosidad. Luego, él me enseñó a usarla, para mí era complicadísimo; por alguna razón crecí pensando que los artefactos tecnológicos no eran mis mejores amigos. Pero, una vez que me di cuenta que no era tan complicado y aprendí a usar la cámara, él me dejó usarla de vez en cuando.

En la adolescencia, mi padre me compró una cámara portátil, todavía de rollo, pero a la que no necesitábamos moverle el ISO, la distancia focal y algún lente. Tomé fotos de todos los viajes que hicimos.

Pasaron los años, la tecnología se hizo más amable, fue mi momento: aparecieron las cámaras digitales. Nuevamente capturé imágenes de lo que me rodeaba. Mis favoritas eran las fotos de paisajes durante los viajes, y las fotos de los pequeños detalles cotidianos, esos que normalmente pasan desapercibidos en la rutina. Fotografié todo, pero curiosamente, el lente nunca miró hacia mí.

Después llegaron las salas de chat, luego las redes sociales. Los autorretratos o selfies se volvieron protagonistas. Yo, al inicio tenía como fotos de perfil “cosas” que me gustaban: cantantes y caricaturas favoritas y, en realidad, cualquier imagen con la que me identificara. La pregunta era recurrente: ¿por qué no pones una foto tuya?

No había reparado mucho en lo que acabo de contar, o, mejor dicho, en que ese fue el camino que me trajo hasta aquí. Tuve en mis manos muchas cámaras y ninguna foto mía, es más, cuando empecé la adolescencia dejé de tener registros fotográficos de mí. Esa herramienta que se había vuelto mi cómplice y el escaparate para mostrar mi punto de vista, me aterraba cuando se volteaba hacia mí o contra mí.

Esto no era nuevo en mi familia. Algo que recuerdo mucho de mi mamá, es que no le gustaba que le tomaran fotos. Si veía una cámara, se escondía. Después de que mi mamá falleció, durante algunos años de duelo, me pregunté todos los días si había heredado algo de ella, si había algo en mí de ella que pudiera trascender. Aún ahora sigo encontrando semejanzas, pero una de los primeros aspectos de ella que encontré en mí, fue la renuencia a ser fotografiada.

Pasé toda la adolescencia y mis primeros años de adulta escondiéndome de las fotos. Eligiendo para foto de perfil, fotos de lugares y de otras personas, menos de mí misma, porque sentía mucha vergüenza, no me sentía digna, no me quería, no me gustaba.

Muchos años critiqué a las personas que subían sus fotos, para mí, eran actos de narcisismo y, en la actualidad, supongo que algo hay de ello o de una constante sed de validación por parte de otras personas; pero ya no critico.

La cicatriz era más profunda de lo que creí, me di cuenta que no sólo se trataba de las fotos, sino que la herida se remontaba al tiempo en el que le temí mucho a los espejos. Además, no crecí con uno, el primer espejo que tuve lo adquirí después de una sesión de terapia donde la psicóloga me dejó de tarea comprar uno y mirarme.

Lo hice, lo compré y lo dejé contra la pared de manera que el reflejo no quedara viendo hacia mí. Lo coloqué un año después de comprarlo. Realmente me molestaban mucho los espejos, mi reflejo; pasaba corriendo delante de ellos, sin mirarlos, sin mirarme. Parece increíble, pero me lavaba los dientes con la cabeza agachada para no tener que encontrarme con el espejo, sentí alivio el día que se rompió accidentalmente y no tuve que verlo más. Me gustaba su ausencia.

Y luego, descubrí que esa herida que brotaba desde dentro, cruzaba muchos otros momentos, como cuando escuchaba a mis hermanas decirse gordas, o cuando escuché comentarios de compañeros, o de mi propia familia, criticando o burlándose de mi estatura, de mi nariz, de mi cabello, de mis orejas, de mí, de mi cuerpo. Esto último causó una enorme cicatriz en todo mi ser, difícil de sanar. Las heridas del alma, del amor propio, son visible en mi cuerpo, y las dejé de ver porque eran dolorosas.

La auto prohibición de los espejos y las fotos, fueron acompañadas por palabras y frases desagradables que me decía a mí misma. Esas palabras reforzaron el sentimiento y la creencia de ser insuficiente siempre. Me convertí en una completa extraña para mí misma, porque, sí, dejé de reflejarme en los espejos físicos, pero comencé a reflejarme en los espejos de otras personas, y de las equivocadas, de las que me dijeron que era débil, que no sabía trabajar, que no sabía amar, que sólo me importaba a mí misma.

Ojalá de verdad sólo me hubiera importado a mí misma, quizás así hubiese dejado de sentirme insuficiente para el resto. Ojalá hubiera aprendido antes a preferirme, a cuidarme. Aunque de cierta forma lo hice. Crecí sola y aprendí muchas cosas sola, fue difícil reconocérmelo, ¡vaya, es difícil reconocerme todo!

Pienso en “amor propio”, y veo una montaña muy alta, que estoy escalando ahora. Una vez alguien me dijo que me afectaban tanto esas cosas porque no las dejaba pasar, porque era muy sensible. Este año descubrí, que esa sensibilidad, que el llanto y sentirme vulnerable, a veces, es mi mayor fortaleza.

Así que me armé de valor para escalar esa montaña, empecé a ver mi espejo, el de la mujer que soy y que sé que puedo ser. Ya puedo mirarme al espejo, lo logré hace unos años, lo siguiente fue el miedo a las fotografías. Y, este año lo hice, no como acto de vanidad, sino como parte de un proceso de sanación. Le tomé fotos a todas las partes de mi cuerpo que rechazaba, que todavía rechazo. Miré su reflejo, las miré de frente, les tomé fotos y me expliqué cómo es que había llegado a rechazarlas e incluso a odiarlas. Quería reconciliarme con ellas, pedirles disculpas por haberles dedicado pensamientos y palabras tan feas.

Tomé fotos tanto tiempo de lo que había en el exterior, porque me daba tanto miedo ver hacia dentro. Cuando vi mis fotos, no puedo decir que dejé de sentir rechazo, pero me sorprendió lo que vi, eran fragmentos de mí. Me hubiera gustado viajar en el tiempo y decirle a mi yo de niña, de adolescente o de hace 10 años: está bien ser tú, estás bien cómo eres.

Y como en toda escalada, claro que hay días en los que no me sujeto bien de la roca y me tropiezo. Vuelvo a las viejas prácticas del rechazo porque todo es abrumador, porque no siempre se puede. Es aterrador porque si me distraigo lo suficiente, no sólo viene el rechazo, sino una avalancha de emociones, me siento incompetente, fracasada, débil, sola, el terrible miedo a estar sola. Es una lucha constante y diaria porque sé que si suelto, voy a caer en una profunda oscuridad que no me es ajena, pero a la que no quiero regresar. ¡No quiero regresar! No voy a regresar a los lugares de los que ya me fui, me repito, y eso incluye esa tremenda y autodestructiva oscuridad transformada en depresión, ansiedad y pesimismo extremo.  Sé que todo eso es parte de mí, pero no quiero dejar que gane, esta vez no.

Ahora, se puede decir que convertí a la cámara en una aliada, y en una herramienta de resistencia. Me rehúso a verme como antes y voy tomando consciencia sobre cómo me trato y qué me digo. Este año aprendí a fotografiarme con mucho amor como acto político, como acto de rebeldía contra lo que esta sociedad quiere imponerme, contra cómo quieren que luzca y cómo supuestamente debería ser.

No puedo regresar el tiempo para decirme a mí misma a los 15 años que está bien ser como soy, pero puedo hacerlo ya mismo.

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

Ilustración de María Hesse

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s