El ritual del espejo

Desde que tengo memoria, me gusta observar a detalle cómo actúa la gente que me rodea. He notado que, aunque el tiempo pase y nosotros también cambiemos, esos pequeños hábitos, repetitivos y predecibles, que nos caracterizan a cada uno de nosotros siguen presentes. Como la abuela, ella siempre organizaba con gran cuidado la disposición de muchos de los muebles y adornos de su casa, papá pensaba que esto se debía a algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, y nos pedía respetar esta manía que, aunque algunas veces era inoportuna, realmente no causaba grandes molestias cuando la visitábamos el último fin de semana de cada mes.

El Feng Shui es muy claro en cuanto a la disposición de los espejos en casa, hay que ser muy cuidadosos en su ubicación para evitar que las energías se reflejen y fluyan a través de éstos hacia lugares no adecuados. Por ejemplo, un espejo cuyo reflejo apunte hacia una ventana o puerta al exterior del hogar, dará lugar a una fuga constante de la energía interna. Asimismo, este permitiría el flujo de energía externa hacia el interior de la vivienda.

Muchas de nuestras costumbres y rutinas diarias son también parte de nuestra herencia familiar, no parece que nos demos cuenta de esto porque las repetimos de manera inconsciente hasta que quizá otra persona lo percibe, y casi siempre esto se vuelve notorio debido al desagrado que nuestros propios hábitos pueden ocasionar en los demás. Cuando era niña, mamá y la abuela me recordaban constantemente que las mujeres de nuestra familia siempre han sabido cómo alejar a los muertos y malos espíritus, para lograr que las buenas vibras y la abundancia permanecieran siempre en el hogar. A todas se les explicó la importancia del orden, la limpieza, el acomodo y la cantidad adecuada de crucifijos, amuletos y espejos. En ese entonces yo pensaba que esas costumbres eran un viejo truco para convencer a las niñas de ordenar su cuarto y tener que ayudar en la limpieza de la casa. Pero conforme crecí, noté que mamá y la abuela me lo decían con total seriedad y empeño; además, tenían una fijación particular con los espejos, no les gustaban y evitaban tenerlos en sus respectivas casas. Esto último se volvió evidente para mí en el momento en el que me convertí en una adolescente vanidosa, en esa época yo quería estar siempre al tanto de todos los cambios en mi cuerpo, mi cara y mis novedosos looks, tuve que pedir un permiso especial para poder tener uno solo para mí en el cuarto.

Me volví fanática de las selfies, y pasaba largas horas posando frente a mi reflejo. Me gustaba observarme, ver cómo mis gestos y mi cuerpo cambiaban cuando lloraba, reía y me enojaba. Incluso llegué a besar al espejo para darme una idea de cómo me vería mi novio si abría los ojos cuando nos besábamos. Quería estar al tanto de cada detalle de mi apariencia, me gustaba practicar y experimentar con mi lenguaje corporal, esto me hacía sentir más segura y en control cuando salía al mundo exterior a experimentar todo eso que pasaba en mi cabeza cuando yo estaba a solas. Todos esos rituales me hacían sentirme en control y dueña de mis emociones, como si solo yo pudiera ver esa parte de mí y así asegurarme que nadie pudiera verme tal cual soy.

La abuela falleció poco después de que yo cumplí 21 años. Me da vergüenza admitirlo, pero el día del entierro practiqué frente al espejo el llanto que iba a permitirme expresar frente a todos los demás en el cementerio. Ese día en la noche después del entierro, subí a mi cuarto a solas, no había dejado de sentir durante todo el día una angustia constante, era como si algo estuviera atrapado en mí y tenía esa sensación en el estómago que me anunciaba que algo malo me sucedería.

Me miré frente al espejo, tenía planeado practicar la cara de luto que pondría en los siguientes días, pensaba en el tono y las palabras que les diría a todos en la universidad cuando me dieran el pésame. De repente, la angustia se apoderó de mí en un instante, no podía controlarla, mi diafragma de manera involuntaria presionaba con fuerza a mis pulmones, empecé a llorar, pero esta vez era sin fingir. No podía dejar de observar mi reflejo, mi nariz expulsaba abundante moco transparente que se mezclaba con las lágrimas y el abundante sudor que me cubrían el rostro. Hacía mucho tiempo que no recordaba lo que era sentir tanto y tan fuerte, las emociones se desbordaban. Mi cara se transformó horrible, sentí cómo los músculos se tensaban de una manera repulsiva y pude ver tantos gestos que desconocía de mí, esa que estaba ahí no era yo. En el punto máximo de mi crisis, alcancé a ver detrás de mí el reflejo de la abuela, pero no era su cara de viva, era la imagen de su rostro en el ataúd. No pude más, grité lo más fuerte posible y me desmayé.

Amanecí al día siguiente en la cama de mamá con los ojos hinchados. Me sentía agotada, decidí contarle todo, le platiqué de mis rituales frente al espejo, del llanto incontrolable de la noche anterior y de la cara de la abuela. Mamá me escuchó con atención, me explicó que ahora que la abuela había fallecido, yo no debía pasar tanto tiempo refugiándome en el espejo. Me explicó que, así como a mí, a ella y a la abuela les había tocado experimentar situaciones similares, es por esto que no les gustaba tener más espejos de los necesarios en casa, y éstos a su vez tenían que estar siempre ubicados en lugares alejados a ventanas y puertas. Todo esto era necesario puesto que estos objetos absorben la energía de todas aquellas personas que alguna vez se reflejaron en ellos. También me dijo que cuando las personas mueren la energía atrapada se libera y puede manifestarse de las maneras más inesperadas en el mundo de los vivos. Ese día saqué el espejo de mi cuarto, cambié el espejo de mi baño por uno nuevo y me limité a usar solo ese, no volví a mis viejos rituales de actuación.

Me tomó mucho tiempo dejar de sentir que la abuela estaba del otro lado observándome, en espera del momento más imprevisto para dejarme verla una vez más.

 

Autora: Rosela Narváez, es Bióloga egresada de la Facultad de Ciencias de la UNAM, con una Maestría en Ecología por El Colegio de la Frontera Sur y la Université de Sherbrooke. Recientemente ha decidido experimentar con la escritura.

 

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