Escribir, como acto de resistencia

¿Por qué dejamos de hacer las cosas que nos gustan? ¿Qué nos hace detenernos y continuar con una repetición diaria de actividades que no nos llenan? ¿Esto sólo nos atraviesa a las mujeres? Son preguntas que me asaltan a diario y que terminan por la gran pregunta final: ¿por qué yo no puedo, no soy buena?

Nunca fui realmente consciente sobre qué me llevó a escribir, por qué pedí un diario a los 7 años, para qué, ¿qué podría yo contar a los 7 años? Sin embargo, conservo ese diario que me trajeron en un Día de Reyes. Hay mala caligrafía y faltas de ortografía; contaba el día en la escuela y las dinámicas entre mis compañeras y compañeros.

La rutina de escribir creció con el paso del tiempo. Parecía ser una ironía y un chiste: “el diario de Daniela”, como la telenovela, eso decían algunos incrédulos cuando les platicarles que llevaba un diario de vida, y por esas respuestas dejé de contarlo.

Durante la pubertad, escribir se convirtió en una actividad clave. Sospecho ahora, en retrospectiva, que era mi forma de no sentirme sola. Hablar conmigo misma es un rasgo de mi personalidad muy marcado desde pequeña. Me gustaba, y aún me gusta, escribir y leerme. Esa actividad, con el tiempo, sería obsesiva y muy dolorosa, pero de niña leerme era como contarme una historia, como platicar conmigo.

Los diarios continuaron hasta el bachillerato. Los días ordinarios donde escribía sobre que tal niña le dijo que le gustaba a tal niño, quedaron atrás y fueron reemplazados por pensamientos de mi terrible sensación de soledad e incomprensión. Las anécdotas sobre las calificaciones, muy pronto se convirtieron en experiencias y frustraciones de una edad muy complicada.

Dejé de escribir diarios cuando conocí a una amiga. No cabe duda, las mujeres siempre me han impulsado a crear y me han brindado la seguridad que requiero cuando no soy capaz de creer en mí. La adolescencia: los 17 años fueron maravillosos. Mis diarios pasaron a ser cartas que intercambiaba con mi amiga entre las clases. Contenían charlas íntimas sobre inquietudes adolescentes, sobre sentirnos diferentes, sobre nuestros sueños y miedos.

Luego, los blogs se pusieron de moda, como siempre llegué un poco tarde. Además, tuve un blog en el que no fui constante y, a decir verdad, esa es una constante en mi vida: no ser constante.

Siempre vi la escritura como algo íntimo, por los diarios y las cartas. No había audiencia en los diarios, salvo mi propia soledad; y con las cartas sólo mi amiga. Al compartir esos pequeños escritos a otras personas, algunas y algunos me señalaron lo buenos que eran, pero nunca le tomé mucha importancia.

La primer crítica seria que recibí fue de mi madre. Comenzó el primer párrafo e hizo muchísimos comentarios. No la dejé terminar de leer porque me sentí atacada en ese momento y me di cuenta que no estaba lista para que el mundo me leyera. Lo que escribía me parecía tan íntimo y hasta vergonzoso, como si sentir lo fuera.

A partir de ahí solo recibí críticas. La academia fue un espacio de riqueza y de muchas decepciones al mismo tiempo. Me presentaba en los nuevos grupos y con poco orgullo, debo admitir, me atribuí el saber escribir, poco a poco esa confianza se fue disipando.

Recuerdo mucho que tenía una profesora que me repetía todo el tiempo que escribía como hablo. Lo decía como si fuera algo muy negativo, seguramente lo es, no lo sé. La verdad, el tema de escribir textos académicos me costaba mucho trabajo. Lo consideraba un fracaso monumental tratándose de la universidad y los estándares que nos exigen, así que dejé de escribir y de reconocer mi capacidad escritural.

Pasé un año sin escribir, ni siquiera en los diarios íntimos. Hasta que tuve una clase de escritura donde los ejercicios nos alentaban a usar nuestra creatividad, a contar otras historias, imaginar otras situaciones y lugares. La primera vez que leí un trabajo para el grupo me dio terror, eso aumentó cuando al terminar de leer todas y todos se quedaron callados. La historia al final dio un giro inesperado y se quedaron pensando, pero nadie me criticó severamente como pensaba. Esa experiencia me hizo recobrar la confianza y abrí otro blog. Fue mi época más prolífica, porque pude crear cuentos, cosa que no había hecho antes. Tuve dos o tres años muy activos, entre ensayos, reflexiones íntimas, cuentos, anécdotas e incluso, creo que tuve algunos manifiestos políticos. Lo empecé a compartir en redes sociales y, para mi sorpresa, la gente cercana comenzó a leerme.

Fue bueno y malo. En una reunión familiar, hablando sobre algo que ahora no recuerdo, cierta conocida se me acercó y me dijo con entusiasmo: “ya quiero leer lo que vas a escribir sobre esto”. Le sonreí, pero por dentro sentí pánico, porque ya había una expectativa. Desde ahí, amigas, amigos, conocidas y conocidos comenzaban a decirme que yo DEBERÍA dedicarme a escribir.

Nunca vi a la escritura como un oficio lucrativo, quizá porque nos repiten mil veces que no lo es. La mayor inquietud sobre el tema era la exposición. La escritura para mí es desnudar el alma, incluso permitirte ser vulnerable. Te muestras y regalas en cada palabra escrita una parte de ti. Escribir para mí fue una actividad natural, de sanación en momentos complicadísimos de mi vida; se convirtió en un ritual personal.

De alguna manera, comparo la escritura con lo que describen los interpretes al subir a los escenarios: una sensación de abrir la puerta y dejar entrever todos los sentimientos, lo cual tiene una parte liberadora y aterradora al mismo tiempo. Creo que hubo un tiempo en que ese miedo no me permitió escribir, y el miedo dejó entrar a la inseguridad. Nunca pude autoproclamarme escritora, porque no lo era. No lo era bajo los estándares académicos, no lo era para los ojos más críticos, no lo era comparada con los logros de compañeras y, sobre todo, compañeros.

Empecé a ser dura con mis escritos, a criticarlos despiadadamente, a exasperarme con los errores de dedo –gracias dislexia –y con las faltas de ortografía involuntarias. Son involuntarias, lo juro. Todo para poder estar al nivel de las y los escritores. Yo debía ser la perfecta escritora. Hasta me obsesioné con los textos académicos, aunque ahora la palabra <<tesis>> me cause terror.

Actualmente, en mi trabajo escribo todo el tiempo. No redacto textos personales, en realidad escribo sobre cosas de las que no tengo el mínimo interés. Así que, finalmente, también sentí que traicioné a la escritura porque me aproveché de la habilidad para escribir para temas sosos, aburridos e irrelevantes.  Pero, bueno, nunca quise hacerlo en serio para asuntos que me importan y me llenan, para esos no me siento digna.

Por otro lado, el tiempo, ¡ah!, siempre ha jugado en contra. Pienso que, a veces, lo uso como excusa, pero mi falta de tiempo luego hace equipo con mi depresión, con mi ansiedad, con mi pesimismo, con mis miedos y con mi falta de confianza. Ese dream team de la muerte me acecha cada que mis manos quieren escribir.

Por eso sí, cuando logro terminar un texto, cuando logro ver mi mano entintada y algo acalambrada, me siento poderosa. Ese día lo logré, ese día estoy del otro lado, aunque a los cinco o diez minutos de terminar, leeré el resultado una, dos, cinco, siete, quince veces solo para terminar enojada porque usé un pleonasmo, mi queísmo me traicionó, mi falta de concordancia apareció, se evidenció mi falta de vocabulario, mi texto fue muy largo o simplemente terminé hablando de mí, porque nos enseñan que eso no es literatura, no es arte.

Ya no me quiero pelear con mis textos, quiero ser arte. Hoy puedo decir que esta es una batalla ganada, terminar de escribir esto es mi acto de resistencia del día después, de más de un año de rehusarme a teclear.

 

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

Ilustración de: @cleaeppelin

Un comentario en “Escribir, como acto de resistencia

  1. El día doy estuvo lleno de coincidencia asombrosas, justo terminé de leer dos escritos que hablan sobre las mujeres y la escritura. Escribir como un acto de resistencia, y como la escritura académica nos causa una sensación de ansiedad o frustración. Justo ayer volví a escribir por placer y me volví a sentir bien conmigo. Me gusto mucho leerte, y no creo que nuestros problemas sean la tesis es más bien la frustración que nos producen los académicos y su falta de sensibilidad y empatía, y la manera en que violentan. Un maestro alguna vez me dijo al leer un ensayo que ¨solo serviría para escribir la nota roja¨ y como esas tengo una lista de violencias verbales que tuve que tolerar en la academia. En verdad me gusto leerte.
    Te comparto el link del otro escrito que leí https://jacarandasenelasfaltov8.wordpress.com/2020/01/16/escribir-desde-el-dolor-y-la-rabia-un-antidoto-para-autoencontrarse-en-la-escritura/comment-page-1/?unapproved=382&moderation-hash=23b6189551cfe62ca32477096d4b51fd#comment-382

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