Amistades efímeras

Gracias a mi trabajo he podido cruzar el mar, de ida y vuelta, varias veces. En ocasiones, el camino de ida es el más fácil, me lleva lejos de la cotidianeidad, de los problemas, a un lugar distinto que nunca han visto mis ojos. Otras veces, el camino de vuelta es el fácil, me lleva a casa, al hogar; a ese espacio donde hay un colchón que se amolda a mi cuerpo, donde hay una taza ni muy grande ni muy pequeña capaz de contener la cantidad precisa de café para quitarme el sopor del sueño y acabar de despegar las sábanas de mi piel.

Pero más allá de orígenes o destinos, el camino tiene su propio valor. Durante doce horas estarás en ese vientre metálico, como un moderno pinocho dentro del “monstruo”, aunque esta ballena no se desplaza entre las olas, sino por encima del mar e incluso de las nubes, a diez mil pies de altura. El poseedor del boleto que indica G será tu vecino por doce horas.

A veces cierro los ojos e invoco a la burbuja de pretendido aislamiento que supuestamente me protege del entorno. Aunque en realidad esas decenas de almas somos como huevos en una rejilla, compartimos turbulencias, corrientes a sotavento e incluso tormentas eléctricas, somos colectivamente frágiles y a su vez poderosos al viajar juntos de un continente a otro.

Otras veces aprovecho la oportunidad de entablar una amistad efímera, hago uso del poder del anonimato aéreo, la cabina se transforma en el tronco de los secretos, el oído de tu vecino es el de un buen samaritano bajo secreto de confesión, así que procedes a contarle que odias a tu jefe, tus planes de dejar a ese mal hombre o la angustia por los cambios en tu vida. Al abrirse la puerta ese confidente seguirá su propio camino, con tus secretos seguros en su equipaje de mano. Mientras tu corazón llega descansado de cargar con esa historia causal de innumerables noches de insomnio.

De entre tantas millas por aire, recuerdo un viaje trasatlántico. Inició en la sala 30 de la terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, luego del consabido retraso abordamos uno a uno aquella aeronave de British Airways. A mi lado se sentó una joven que pareció aliviada de tener una mujer como vecina en tan largo trayecto, a tal grado que tan pronto despegamos, dijo sin más – Es mi primera vez en Londres, voy a estudiar allá, sé que me gustará – expresó con convicción.

– Londres es muy hermoso, una ciudad fabulosa – dije mientras mentalmente agregué – y también muy cara y fría –

-Viviré con una familia, en la videollamada me parecieron muy amables

-¡Qué bueno! Yo no voy a Londres, tomaré otro vuelo una hora después de aterrizar

Mi compañera de viaje me contó entonces sobre su escuela y todo lo que planeaba hacer. Nunca pregunté su nombre, pero sé que soñaba con subir al “Ojo de Londres” y mirar el Big Ben desde allí. Ella tampoco preguntó mi nombre, ni a dónde llegaría mi siguiente vuelo, omití decirle que en Estocolmo me esperaban días cortos y, por ende, largas horas de oscuridad, dudo que le importara en lo más mínimo.

 

Autora: Esther Solano, Esther ama escribir, aunque solo recientemente ha empezado a ser leída. En el seno de una comunidad de mujeres preparadas y generosas su voz escrita ha visto la luz. Con formación técnica en Ingeniería,  se mantiene en pie de lucha en el competitivo y sexista ámbito corporativo mexicano. Es madre de dos adolescentes cuya crianza la apasiona y reta cada día.

Ilustración de: Lola Loris

 

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