De musas a diosas

Recuerdo un trabajo escolar donde nos pidieron dividir una hoja tamaño oficio a la mitad; de lado izquierdo debía elaborar un collage con cosas que me gustaban de niña, y en el lado derecho un collage de cosas que me gustaban en ese momento, tenía 17 años.

La diferencia era abismal: a la izquierda todo era rosa, con accesorios púrpura, muñecas, barnices de uñas y cantantes de música pop; del lado derecho predominaba el azul y el negro y, en su mayoría, eran fotos de bandas de música alternativa o rock.

Ese ejercicio ahora me dice mucho. Primero, rechazaba la parte <<femenina>> estereotípica que nos dice que las niñas debemos de gustar de los colores pastel, los accesorios para el cabello y la música pop. Por lo tanto, lo contrario a todo aquello era asumir el color azul, el rock, los jeans y tenis.

Fue en la pubertad donde renuncié a la música pop que escuchaba de niña. Honestamente, no recuerdo por qué decidí que era “malo” escuchar ese tipo de música; pero durante la adolescencia, cuando me acerqué al rock, trataba de esconder mi vergonzoso pasado musical.

¿Qué tiene que ver esto con el feminismo? Todo. La adolescencia es una etapa en la que buscas desesperadamente tu lugar en el mundo. Intentas encontrar aquello con lo que te identificas y, de algún modo, sentir que perteneces.

Despreciar mi gusto musical de la niñez, fue la respuesta a intentar pertenecer y hacerme un poco snob. Aunque me enorgullece haber descubierto casi por mi cuenta gran parte de la música que me marcó, creo que lo hice para demostrar que era digna de pertenecer y de conocer tanto como los “expertos”.

Claro, los “expertos” eran hombres, críticos, músicos, hombres que tocan instrumentos y, en esa época, los líderes de los grupos que se formaban en mi escuela. Para impresionarlos, para estar a su “nivel”, debía saber lo mismo que ellos sobre música.

Fui criticada muchas veces por las bandas que oía, aunque no fuera propiamente música tan comercial. Durante esa etapa los hombres que me llegaron a instruir en nuevas bandas, rara vez me compartían a cantantes o agrupaciones donde hubiera una mujer.

Todas las bandas que admiré, y admiro, son en un 80% compuestas por hombres. De hecho, siento que durante ese tiempo y, aún ahora, hay cierto desdén por las mujeres que hacen música. A todas las quieren encasillar en el prototipo de mujer plástica que canta sobre temas superficiales o que son demasiado comerciales. Y aun si esas mujeres tienen éxito, se les desestima porque no son dignas de reconocimiento.

Con ese ejemplo crecí, ninguneando a las mujeres en la música porque todas eran fabricación de una cultura musical popular y vacía, según yo.

Además de todo lo anterior, hurgando en mi gusto musical encontré que escucho demasiada música anglosajona; esto es resultado de un colonialismo y racismo interiorizado, quizás una muestra de que infravaloro la creada en Latinoamérica.

Y sí, mucha música que me enganchó en mis años de adolescencia marcó para siempre mi vida. Hay bandas, canciones, discos a los que les tengo un profundo amor. Hay músicos talentosísimos que me llenan el alma entera, pero ¿qué hay de las mujeres?

Es irónico para mí, ahora, pensar en que solo podía identificarme en música hecha por hombres, si quienes mejor me comprenden son las mujeres. Y ahí está de nuevo el estereotipo: si lo escribe un hombre, es una obra de arte; si lo hace una mujer es sentimental y no es bueno.

Nos tenemos que despojar de nuestros sentimientos para no ser juzgadas, nosotras escribimos diarios, canciones y poemas, que difícilmente son considerados arte, porque para el resto sólo son productos simples de rupturas amorosas.

A finales del año pasado Spotify lanzó estadísticas personalizadas a sus usuarios.  El ejercicio arrojó que mi artista de la década fue: Florence + the machine. No tuve queja, personalmente describo a Florence como mi guía espiritual.

Luego, entendí que a las mujeres que los hombres llegan a validar en la música son a quienes que poco les importa la validación como: Björk, Patti Smith, PJ Harvey, Kate Bush, entre muchísimas más que estaré olvidando.

Hoy en día ya no le tengo miedo a la música pop hecha por mujeres, y soy abierta para decir que me gusta Taylor Swift, por ejemplo, a quien se la pasan criticándola un día por ser demasiado “buenita” y, al otro, por ser una mujer calculadora. Otra prueba de que las mujeres, jugando un rol u otro, jamás complaceremos al patriarcado.

Todo lo anterior vino a mi mente porque hace meses la cantante Billie Eilish, que en ese entonces tenía 17 años, fue duramente criticada en redes sociales cuando fue a un programa donde el presentador le preguntó si conocía a Van Halen. Ella respondió que no, y entonces se le fueron encima descalificando su talento.

Me recordó mi miedo más grande a los 17 años: que se me acercara un chico a preguntarme si conocía a tal banda y yo no supiera. Aprendí todo de la música que me gustaba, nombres de integrantes, influencias musicales, primeros años de carrera, festivales de música más importantes e incluso llegué a memorizar los nombres y modelos de los instrumentos que usaban las bandas que escuchaba. Todo para sentir que podía llegar a ser lo “experta” que eran los hombres en música, aun así, nunca fue suficiente.

El camino feminista me lleva a cuestionarlo todo, incluso estos temas que parecerían ser superficiales, pero no lo son. No voy a dejar de escuchar a esas bandas y canciones que, de algún modo, me hicieron ser quien soy, pero ahora voy escuchar a todas las mujeres que pueda, en todos los géneros.

Sigue siendo un camino largo por recorrer. También estoy tirando muros de colonialismo y racismo; rompiendo, por ejemplo, con el pensamiento erróneo con el que crecí durante muchos años, que me hacía creer que escuchar música en inglés te vuelve mejor que el resto.

Estos últimos años he conocido músicas latinoamericanas extraordinarias como: Jenny Beaujean, Ingrid Beaujean, Ana Tijoux, Rebeca Lane, Renee Moi, Tessa Ia, y tantas, tantísimas, que me faltan por conocer.

La música, como el feminismo, también es un asunto político. Porque como leí por ahí de una poeta: dejaremos de ser musas para darnos cuenta que somos diosas, y las diosas hacen música.

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

Ilustración de: Andrea Dreily

 

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