Mandarina en invierno

Hacemos el amor de manera casi sagrada. O como dice el poeta, el amor nos hace a nosotros. Divinidad soñada. Ese hombre y yo compartimos una fruta cada tarde. La saboreamos. Nos regalamos dulzura a través de ella. Nos vamos desnudando mientras la pelamos o la rebanamos, cualquiera que sea el preámbulo para comerla; todo según requiera la ofrenda.

Me gusta cuando comemos piña, me gusta mordernos y paladearnos hasta escaldarnos. Me gusta lamer las gotas de néctar cuando le escurren por la barba, cuello, a veces chorrea hasta la espalda o el pecho. Amo su pecho. Amo la miel de su fruta. Y cómo me mira cuando sitúo un triángulo del amarillo fruto sobre mi cintura.

Me gusta cuando el melón aún tiene semillas, y nos sentamos a quitárselas con los dedos. Imaginamos que es una extensión de mi vulva, la acariciamos juntos. Las semillas y su jugo empapan la alfombra. Desnudos nos sentamos a morder la misma mitad de melón, a mezclar nuestras salivas.

El mango en verano se vuelve adicción. Empezamos y terminamos chupando los dedos, los huesos. Cantando la misma canción. Descongelamos a besos el sabor. Con la garganta raspada por la pulpa. Con la carne amarilla ablandada por los dedos que la sostienen mientras se sabe comida, amada, sentida.

Es frecuente la mandarina en invierno. Me gusta cubrir el camino hasta su miembro con gajos ácidos y pequeños. Me gusta probarlo cítrico. Me gusta que el ambiente huela a posada. Me gusta recostarme en su pecho, mientras le acaricio la línea de la barba con mis agridulces dedos.

Me gusta que seamos frutos, y a veces también árboles arropándonos, compartiendo la quietud, buscándonos en la raíz; agitándonos con el mismo viento. Disfruto que él sea mi compañero.

Me gusta compartir con él los rituales que conforman la vida. Los que nos permiten coincidir. Hacer comunión. Ser sólo dos voluntades extendidas. Me gusta saber que, en cualquier momento, cualquiera se puede ir. Somos libres, como lo fueron los frutos en un tiempo primero.

 

Autora: Marisabel Macías Guerrero. Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y habitante contenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría, apasionada de la escritura. Feminista, promotora de cultura y profesora. Cuenta con experiencia como tallerista y mediadora de lectura. Obsesionada en tópicos como el erotismo, el placer, el deseo y el amor. Amante de los libros, el café y, muchas veces, la soledad y el silencio.

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