Corazón roto

Hace meses recordé algo que escribí cuando era más joven: no habría buenas historias sin corazones rotos. Vivo con el corazón roto, las mujeres vivimos con el corazón roto, pero no es gratuito.

Me pregunto cuál ha sido mi experiencia en el amor y no puedo más que remitir mis pensamientos y recuerdos al estúpido amor romántico. Las mujeres vivimos con el corazón destrozado porque nuestras vidas giran en torno al amor, quizás esa es la razón por la que hay tantas mujeres escribiendo sobre desamor y dolor.

Nunca tuve una relación como tal. Y cada año que pasa, me pregunto si estaba realmente enamorada de los hombres de los que dije estarlo. Lo hago porque cada vez entiendo menos por qué me sentía destrozada ante el rechazo de alguno de ellos. Nunca tuve una relación, pero viví infinidad de rechazos.

De niña no me importó mucho llamar la atención de los niños. No me llevaba con ellos, no tenía amigos; me enfocaba en las amigas. Recuerdo que no me gustaba la forma en la que ellos nos rodeaban, cómo nos trataban, cómo nos hablaban, cómo eran.

Fui una niña introvertida y callada a la que, de pronto le gustaron niños, y se ponía roja como jitomate si alguno le hablaba, pero que se sentía incómoda si tenía que tomarle la mano.

Recuerdo que, al entrar a la pubertad, mis compañeras y compañeros empezaron a ser curiosos ante la posibilidad de relacionarse. A mí, los juegos donde se besaban en el clóset y al fondo de los autobuses durante las excursiones escolares me daban mucha pereza. “Tenía” que estar ahí por mis amigas. Aunque yo siempre era de “chocolate” porque podía permanecer como observadora, y mis amigas se encargaban de que se respetara mi negativa de participar en esos juegos de seducción primarios.

La secundaria no fue muy diferente. Para mis compañeras y compañeros, al contario, la libido llegó con mucha más intensidad, pero también los horribles comentarios respecto al cuerpo de mis compañeras que comenzaban a mostrar los primeros signos de adolescencia como el crecimiento de pechos, glúteos, ensanchamiento de caderas y una peligrosa afición a usar tangas. Todo eso me pareció aún más repugnante y como siempre me sentí diferente, en esa época me encerré en mi cuarto a llorar por las noches y escuchar música británica triste. Por supuesto, me gustaban chicos, pero nunca me atrevía a decirles nada, sabía que, gracias a la forma en la que se expresaban de mis compañeras y lo que pensaban de ellas, yo no era el tipo de adolescente por el cual se sentían atraídos. Además, me daba miedo, casi pánico, pensar que yo le podía gustar a un chico. Siempre me consideré poco propicia a gustarle a alguien.

En una ocasión, un chico me pidió prestado uno de mis cuadernos, según él, para ponerse al corriente. Me lo entregó al día siguiente y ese día por la tarde descubrí un dibujo con una nota que decía: “eres muy bonita”. Lo guardé en el mismo cuaderno y no le di importancia. Al día siguiente, lo saqué de mi mochila, me dirigí al chico en cuestión, le di el dibujo y le dije: “toma, creo que se te olvidó”, mientras me di la vuelta y sus amigos se quedaron con la boca abierta. Después me enteré que sí era para mí, pero en ese momento yo ya había asumido, aprendido e interiorizado que no era lo suficientemente bonita para gustarle a alguien. Eso no cambió en los años siguientes, ni en mi edad adulta.

En la preparatoria me gustaron varios chicos. Me gustaban los populares, aquellos que tenían toda la facha de líder de banda de rock, los que solo hablaban con chicas bonitas, que me miraban con indiferencia. Porque las mujeres debemos luchar y conseguir que ESE hombre, el que no te haría caso jamás.

Hasta que llegó uno que era inteligente, y amable conmigo. Todavía recuerdo las supuestas “mariposas en el estómago”, que en realidad son angustiantes ataques de ansiedad. Con ese chico me armé de valor y, a través de esta cosa ya obsoleta para las más jóvenes, el famoso Messenger, me atreví a decirle lo que sentía.  Cuando le escribí: “me gustas”, me contestó: “mañana hablamos”. Me escondí hasta en los baños para que no me encontrara, para no hablar con él. Finalmente no pude escapar de LA CHARLA. Nunca me había sentido tan humillada, tan arrepentida de haber confesado algo. ¿Qué se decía? ¿Cómo se actuaba? ¿Qué seguía? ¿Cómo las personas comienzan relaciones? Yo no sabía nada.

Vi a mis padres separarse cuando era muy pequeña, crecí viendo a mis hermanas con parejas y después ser madres. Prácticamente, me crié sola. Mi formación habían sido las canciones pop, las películas, luego, las canciones melancólicas británicas, todas, absolutamente todas eran sobre el amor, sobre un hombre incondicional que espera a la mujer cruel que ha dejado su corazón colgando de un hilo.

Esas canciones, las de mis ídolos de rock alternativo no estaban hechas para mujeres como yo. Estaban hechas para mujeres modelos, para mujeres estereotípicas con cuerpos socialmente aceptados. Así que, desde ahí supe que el rechazo en las relaciones amorosas sería la norma en mi vida, por lo tanto, viviría siempre con el corazón roto. Hasta ese momento, incluso las canciones hechas por mujeres eran sobre desamores o sobre la indiferencia o el dolor por no estar con el hombre amado.

Ya en la universidad, después de vivir mi más grande duelo, dejé de interesarme en aquello de las relaciones. Porque perder a mi madre hizo que yo me volviera más distante de las personas, que me enfrascara aún más en el interior y en el dolor de su perdida. Hasta que llegó él.

No puedo ni tener el conteo de las veces que le escribí, en las que pensé en él mientras relaté historias, escribí cartas, pensamientos y reflexiones. Todas eran acerca de un “amor que no puede ser”, pero ahí estaba. La ilusión de poder estar con él, de que algún día decidiera, por fin, que yo era la “indicada”, pero nunca pasó porque nunca fui “digna”.

Ahora lo entendí. Me di cuenta que tenía una falsa esperanza alimentada por él, porque era sencillo acudir a mí cuando se sentía emocionalmente inestable, porque sentirse adulado le encantaba, porque con varias cervezas encima me regalaba migajas de atención y cariño.

Envidié mucho a las mujeres a quienes sí les prestaba atención. Me comparaba con ellas para completar ese círculo de autoflagelación constante en el que me involucré. Claro, cómo me iba a elegir a mí, si tenía a todo un séquito de mujeres interesadas en la idea de él. Esa en que parecía ser interesante, inteligente, brillante, talentoso, sociable, misterioso, diferente. Todo eso que las mujeres queremos ser. Encontré que muchas que se acercaron a él, realmente sólo querían validarse a sí mismas, a través de que él validara sus gustos y conocimientos.

Cuando él quería hablar conmigo, a pesar de no ser como “las otras” mujeres, yo me sentía como la elegida. Y me volví su confidente, su amiga, su soporte. Me eligió porque podía, porque los hombres siempre pueden elegir. Él podía tenerme cerca porque así lo quiso. Aunque nunca pasamos de ahí.

Pasé años sintiéndome insuficiente gracias a esa experiencia. Gracias a que no me eligió como pareja, vivo todavía pensando que yo no soy lo suficientemente mujer o bonita, no soy lo suficientemente deseable para que un hombre me elija.

Aun con toda la teoría feminista, incluso escuchando y aconsejando a amigas sobre cómo romper con el amor romántico, cómo tirar esas ideas del amor incondicional, cómo dejar de sentirnos insuficientes, de ver como un fracaso el no lograr tener una relación con las personas que queremos, aun con todo eso, me cuesta trabajo sentirme bien, llevar ese conocimiento a la práctica.

Por las noches me enojo mucho conmigo, me pregunto por qué quiero seguir aferrada y apegada a alguien que no quiere estar conmigo. Tratando de mitigar esos problemas emocionales, de rescatarlos, de cambiarlos, de ser LA ÚNICA que va a cambiar sus vidas, cuando soy solo una puerta de muchas que pueden abrir, pero soy una de esas puertas que los hombres nunca cierran, por si acaso.

Escucho canciones de mujeres increíbles, me rompen el corazón, pero de algún modo me siento abrazada. Siento que no estoy sola en este ir y venir del dolor y cansancio del corazón y el romance. Hay cosas en las que siento que avanzo, otras a las que voy renunciando, pero si un día no puedo, escucho esas canciones, ahora con consciencia y me digo que duele el rechazo, el desamor y la forma en la que las rupturas y los duelos te hacen sentir. Pero, de alguna extraña manera hacen que te reencuentres contigo misma, que la piel se te ensanche un poco más y que estés un paso más cerca de encontrar que eso del amor es otra cosa.

Eso del amor no tendría que socavar nuestro ser de formas tan corrosivas y dolorosas. Los recuerdos no deberían sentirse como espinas en todo el cuerpo, las caricias no tendrían que dar miedo.

El amor debe hacernos sentir seguras, felices, libres y completas, pero todavía me falta encontrar esa clase de amor, para que mi pasado y presente, con los que me encuentro en lucha constante, no terminen por agotarme.

Lo comprendo, sólo que hay días en los que el suspiro me duele en el pecho y me vence, me olvido de todo lo que me han enseñado y he desaprendido. Es más fácil decirlo en la teoría, pero en la práctica, tirar estás ridículas concepciones del amor romántico, cuesta mucho, todavía más si lo estás viviendo. Así que solo me aferro a esas canciones que me hacen sentir que alguien me comprende, sin reprenderme o juzgarme por haber caído.

La cantante británica Florence Welch, ha escrito muchísimas canciones sobre rupturas de relaciones erótico-afectivas y romántico-afectivas. Me gusta escucharlas, no solo porque su voz me transmite mucha paz y me evoca a los coros celestiales en un lugar remoto lleno de tranquilidad, sino también porque creo que a pesar de todo habla sin restricciones sobre el dolor y la soledad. Gracias a sus canciones he descubierto que, detrás de la más profunda soledad se encuentra la más grande compañía: la de una misma.

A veces cuando caigo, recuerdo que este camino lo he recorrido sola, bueno, en mi compañía. Luego pienso en el amor que le tengo a mis amigas, compañeras, hermanas, en el amor que le tengo a los amaneceres y atardeceres que me roban el aliento, y es ahí donde encuentro que existe una diferente concepción de amor, más profunda y hermosa. Encuentro que ese amor, en realidad, es un acto de resistencia.

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

 

Un comentario en “Corazón roto

  1. Querida Daniela disfruto mucho leerte, espero que lo sigas haciendo. Te deseo que tu búsqueda te sea más dulce y que encuentres eso que tanto estás buscando, te mando un abrazo.

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