Historia de serendipia y ataraxia (o de cómo las mujeres salvan vidas)

Creo en el poder de la energía y en nuestras acciones como centro de atracción. Estoy convencida de la conexión entre nuestras decisiones y la reacción del universo. No creo en el destino como escape de la responsabilidad, prefiero pensar en la obligación de ser comprometidas con las consecuencias que de nuestros pasos resultan.

Hace algunos años por casualidad –para hacer gala de su significado- me crucé con la palabra Serendipia, y desde aquel momento comenzó a regir mi vida. De pronto, mis búsquedas se convertían en hallazgos afortunados. Recuerdo levantarme todas las mañanas pensando qué encontraría, como si cada día fuera navidad.

Un día Serendipia llegó en forma de mujeres y abrazos sanadores. El amor romántico había roto mi corazón, y mi cuerpa se desmoronaba. Sin razón aparente enfermé al grado de sentir que moriría, y cómo no sentirme así, si desde niña había maltratado mi cuerpa, mente y alma para intentar cumplir con las expectativas de este mundo que privilegia lo masculino.

Como última opción antes de tomar una medida más agresiva como lo era una cirugía, el doctor me sugirió acercarme a la meditación para frenar el proceso autodestructivo de mi cuerpa, y así encontrar el origen de mi enfermedad.

Recuerdo perfecto haber llegado un 14 de febrero, vestida de blanco. Llena de miedo me acerqué a ellas y, de pronto, todo se disipó. Entonces, conocí a Ataraxia. Fue como entrar a una burbuja de tranquilidad donde ningún hombre podía tocarnos para hacernos daño. No existía la competencia, sólo amor. Aquel primer día llegué a casa y comencé a llorar sin poder detenerme, así lo supe, había encontrado mi hogar.

Comencé a vivir un día a la vez, sin preocuparme por mi enfermedad. También eso se lo debo a ellas. Con el tiempo conocí sus historias, y las batallas que cada una intentaban vencer. Su fuerza se convirtió en la mía, y su energía positiva me contagió hasta destruir mis pensamientos destructivos.

Fueron ellas quienes me enseñaron a abrazar la vida. Se convirtieron en mis maestras: me enseñaron a amar sin condiciones; a ser paciente con mis procesos, a respirar conscientemente, a sentir todas las emociones que produce mi cuerpo, fluir con ellas y dejarlas ir cuando es tiempo. Me mostraron que sin oscuridad no existe la luz. Me ayudaron a descubrir quién era sin etiquetas, y sin saberlo me acercaron al feminismo. Salvaron mi vida.

Cuatro meses después de caminar a su lado, regresé con el doctor acompañada por mi madre. Otra mujer a quien le debo la vida, la fuerza y las ganas de sobrevivir. Con análisis en mano y el escritorio repleto de mi historial médico, resultó que inexplicablemente mi padecimiento había desaparecido. No era posible, pero estaba sucediendo.

Lo que para todos era inexplicable, para mí tenía nombres y caras sonrientes. Era como si mi cuerpo después de un largo, introspectivo y doloroso proceso de sanación me hubiera premiado amorosamente. Luego de casi tres años sigo agradeciendo  a la mujer que me llevó a aquel lugar, y a quienes me recibieron con amor.

Como dije, creo en la responsabilidad ante nuestras acciones y en la energía que atraemos con ellas; toda mi vida caminé juzgando y comparándome con otras mujeres, mientras me sentía orgullosa por tener sólo amigos hombres. Nunca me sentí parte de ellas, ni tenía la intención de serlo.

Mi necesidad de competencia -alentada por el mismo sistema patriarcal bajo el cual se nos educa desde nacer- me dirigió hacia el momento más oscuro de mi vida, y al mismo tiempo al más luminoso.

Tocar fondo me permitió reconstruirme desde la responsabilidad y lejos de los hombres. Desintoxiqué mi cuerpa de la heterosexualidad: Corte mi cabello, dejé el maquillaje, los tacones, la ropa incómoda, y dejé de posar para las fotografías. Entonces, por primera vez me sentí libre y dueña de mí. Así conocí el verdadero amor propio, en el cual, trabajo todos los días.

Sentir el amor desde lo más profundo de mi ser, me ha permitido conectarme con las mujeres desde mi historia. Me gusta pensar que mis pasos de lucha y resistencia son también los de mis abuelas fallecidas; así mientras aprendo y comparto con otras mujeres siento que puedo darles la libertad que nunca pudieron alcanzar. Quién sabe, tal vez algún día Serendipia y Ataraxia hagan de las suyas, y me reúnan de nuevo con ellas para contarles cómo las mujeres salvaron nuestra vida.

 

Autora: Jacqueline Alarcón (1991) Guionista/ Locutora en busca de buenas historias para contar y paz espiritual. Feminista y repostera en ciernes.

 

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