Crónica de la idealización

El siguiente compendio busca exponer la crónica del encuentro consumado entre dos adversarios, que lucharon por jamás converger.

En el templo de Ramsés, el Grande.
Seis horas para reconocerse e identificar una empatía convencional, justa y necesaria; abrazos y caras ya conocidas, salivas y cabellos que se habían encontrado en vidas pasadas. Recuerdos erosionados durante treinta siglos. La insistencia en una invitación y la bondad del tiempo condujeron los estímulos hacia nuestro encuentro. Fueron varias casualidades, todas ellas apósteles de Hathor, en el trance de la interfaz de nuestro destino. Yo pretendía ejercer control ante situaciones difusas, de esas que no cumplían más de dos meses de antigüedad; tú me guiabas al roce de recuerdos propios y ajenos, sorbo a sorbo, espuma a espuma, arena en los pies, tambores a lo lejos, noche de otoño al filo de la silueta del mar. Caminé sobre vidrios hacia tu vientre, titubeando con la cercanía de tu rostro al mío, enervada por completo.

 

Facilis Descenus Averno.

La impresión de una entrega fuera de costumbre. El cuerpo en un estado siempre dispuesto al erotismo. Sus manos ciñendo mis caderas a su miembro. El descenso al infierno con mi oscuro antagónico.
Volver poco a poco del mundo de los muertos, mientras descanso en su regazo, abro los ojos. Sentir el hormigueo de la médula ósea, alucinar con los lastimosos estragos del encuentro. Una consumación colmada de sensualidad y lascivia.

 

El encuentro y guerra de bocas femeninas.

Vivencia y prosa proyectadas; la pasión y despersonalización de una mujer en el yugo de tibias lenguas y ácidas salivas. Sus pezones erectos ante el estímulo, mientras vaga entre un circuito de mujeres que la rozan con dedos de seda.
La confusión de un hombre orgulloso y viril, que no entiende la bondad que conlleva el ejercicio de distribuir ósculos, mirándola a lo lejos, inconforme. Todas las mujeres y su mujer, la cabellera bermeja en círculos; por la que el sol brilla. Narcotizada en su frenesí, lengua perdida en cavidades ajenas. Soberbia entre sus iguales, gozando la pertenencia biológica. Ahora, y como reflejo de sus ojos, reluce la venganza desde aquí.

Poeta Maldita (el sueño de Nefertari).

Así la llamaste: poeta maldita, ilusionista, aficionada cabal, “eso es lo que eres”; bautizada por la opulencia y ornamento del ego, te escondes bajo seda barata, emulando ser una deidad.
Que tú, hombre, también eres un ególatra y patán; ¿no logras ver cuánto le cuesta a tu mujer desdoblarse ante sus temores? La vida le duele porque hostil es el medio donde se desenvuelve su sexo; temerosas van las danzantes y Nefertari hacia el encuentro con la reina de los Hititas, a pesar del benevolente proceder de ambas mujeres entre la guerra de sus reyes.

Los cuatro adioses.

Sabáticos los encuentros donde se pronunciaron despedidas: en el sexo vacío, distante del fuego consumado anteriormente; en el café, despidiendo un delirio salvaje, convertido ahora en hollín; en la casa, frente a frente, luchando con las lenguas; en la madrugada, insomnio maldito que reina entre las cobijas y la obsidiana noche.

La falta de cronos en Kairós, la descompensación bivalente de aquellos seres, desintegrados, fuera de alcance.

Putrefacta.

Mi cuerpo se vuelve un cementerio; mi cuerpo flácido, sin ganas, motivos o juramentos. Mi cuerpo que fue el templo de fieles seguidores y devotos. Mi cuerpo cansado y asustado, sin esperanzas, que no responde al nombre que le impusieron, que se encuentra perdido, fuera del margen de cualquier indicador de aceptación; abandonado, tal cualquier casa donde se vivieron alegrías que después de dos lustros, desaparecerían. Ese cuerpo al que llamamos “hogar” y hoy está en ruinas; donde montaron los hombres altares, festines y acontecimientos de importantes movimientos, que se auto proclamaban imperios. Abandonado a 25 años de su inauguración. Que fue subversiva, cambiante, orquídea en flor y proclamada cenizas el día de hoy; el museo abandonado al que tanto recurrimos, donde pasamos horas de amores y desvelos, de humores sombríos sopesando las dolencias; mi cuerpo, un desolado campo de batallas.

Escorpión.

Alcatraces en sus manos.

Los ojos moros, cansados, que me siguen mientras camino alrededor de la habitación, dando vueltas, después de convertirme en polución de su cuerpo.
Capricho mestizo; columna del café y el desasosiego. Acreedor de lágrimas y esencia de azafrán.
Representa el sudor, la sonrisa retorcida en la fricción de dos cuerpos, el insufrible vaho matutino.
Enredada en sus grandes brazos, encuentro la hostilidad del desierto cuando froto su mentón contra mi pecho.

Rubedo:
“Ya quiero que sea verano de nuevo. Hay un aire que promete resistencia; la premisa de tu ocre presencia y el agua esmeralda que te cubre hasta los frágiles talones. Por fin tengo el  perfume de coral que rociaré en tu frente para curarte el ego; Marte a tus pies reflejado en la arena”

 

Autora: Paulina Maya (1994). Sudcaliforniana de origen, nómada desde niña. Inmersa en el sendero de la mano izquierda, ansiosa. Ingeniera, gozosa de la literatura donde tiene poco desenvolviéndose, pero donde la abnegación a tal placer comienza a tornarse injusta.

Ilustración de: Andrea Dreily

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