Carta al feminismo

marzo de 2020

 

Hola, moradita:

Hace cuatro años me acerqué a ti. Te conozco desde hace más tiempo, pero temía, y traté de ignorarte o rechazarte. Ahora creo que estuviste ahí desde mi nacimiento, incesantemente ondeando tu color en cada mujer que me rodeó, y me rodea. ¡Claro!, sería una contradicción que no estuvieras presente en mi vida, porque cuando crecí te vi en mi madre, en mi abuela, en mis tías, en mis hermanas. Quizás ellas no te reconocen, algunas te temen aún, pero sé que has estado en ellas, en cada resistencia, lucha personal, afrenta profesional, en su voz entrecortada pero decidida y sin miedo a decir lo que otrOs callaron y callan.

Este mundo hostil y patriarcal pronto me aleccionó para rechazarte, y me enseñó sistemas de aletargamiento para distraerme de pensar, de cuestionarme, para tener miedo de luchar. Pero, ahí, entre el oscurantismo y las sombras me alumbraste. Nos iluminaste para enseñarnos que ser mujer significa ser libre, que mi voz y nuestras voces son necesarias e importantes, y que la construcción de nuevos mundos es posible.

¿Recuerdas cuando aprendí el significado de sororidad? Tenía 7 u 8 años, iba en el auto con mi madre camino a la escuela, detenidas en un tránsito lento, atravesando aquel que, en tiempos de nuestras ancestras, debió ser un caudaloso, limpio y vivo río; pero que ahora se convirtió en un depósito de desechos y suciedad. Mi madre se orilló, bajó la ventanilla del copiloto y le dijo a una señora que atravesaba ese camino peligroso del río con su hija: “suba”. Tuvieron ese segundo de complicidad, de entendimiento, ese que yo sentí después con otras mujeres. La señora no lo pensó mucho y subió a su hija en la parte trasera donde yo viajaba, y ella en el lugar del copiloto. No hablaron, no dijeron nada.

Me percaté que la niña llevaba el mismo uniforme que yo. Llegamos a la escuela, la señora bajó a su hija, y le agradeció a mi mamá. Mi madre nunca me explicó por qué lo hizo, por qué subió a una desconocida con su hija, desconozco qué vio mi mamá, qué peligro observó. Después, entendí que eso es sororidad.

Gracias. Estuviste indicándome el camino, presentándome a niñas y mujeres extraordinarias, diciéndome que hiciera amigas, que confiara en ellas, que las ayudara, las abrazara, las cuidara, las amara.

Hace cuatro años decidí acercarme a ti. Me encontraba perdida, me sentía sola, inútil, rota, cansada, estaba mal. Apareciste claramente, con toda tu fuerza. Te platiqué mi vida, me la volviste a contar, así que la tuve que reescribir con esos anteojos morados que siempre cargas.

No te voy a mentir, sí ha dolido, no es sencillo porque entre más me acerco a las heridas para curarlas me percato de otra abierta. Nunca en mi vida se me habían presentado tantas preguntas como las que tú me haces.

Ahora veo sólo a través de tus lentes, y sí, a veces siento rabia. Entre más observo, más asqueada y cansada me siento. El enojo entra, se apodera del cuerpo, implosiona en forma de lágrimas e insomnio, pero luego se convierte en determinación para decirle al sistema que ¡Nunca más! … Entonces entra esta fuerza apabullante, de ola. Dejo de sentirme sola porque miro a mi alrededor y encuentro más de mí, de otras a mi lado; es un sentimiento casi indescriptible de tanto amor, electricidad, espiritualidad que emana de cada hermana de lucha, que se siente indestructible. Nos sentimos indestructibles.

Claro, en este mundo construido, forjado por ellos, existen enemigos, ellos, el patriarcado, que tiemblan cada que salimos, trabajamos, nos reunimos, cada que cantamos, bailamos, cada que ¡vivimos! Nos quiere muertas.

Su poder putrefacto, su andar oxidado y pesado nos cae una y otra vez, día con día. Cuando tiene más miedo, nos asecha y nos aplasta con su tentáculo de violencia y arrebata a nuestras mujeres. Eso duele mucho, a veces no puedo lidiar con ello, hay noches donde me vence, sé que lo sabes.

Sí, estar cerca de ti ha sido doloroso y también muy amoroso, porque cuando el patriarcado nos tira y golpea, tu manto llega a cobijarme en forma de sonrisa de una amiga, en la voz de mi compañera, en el abrazo de mi hermana y en las vidas de las mujeres que tanto admiro.

Quisiera que todas a quienes conozco y amo se acercaran a ti, les platicaras, las ayudaras, pero sé que no eres fácil y que tu presencia impone en un cuarto, en un salón de clases, en los bares y restaurantes, en los espacios públicos y en los privados, sobre todo en los privados.

Lo personal es político, dijo una de tus representantes, y eso resuena en mi cabeza en cada afrenta diaria, en mis cuestionamientos, en mis desaprendizajes.

Todos los días eres norma para mí, pero te adentras con más firmeza el 8 de marzo, en días calurosos donde esta ciudad se tiñe de jacarandas púrpuras que, luego, cubren el suelo en una alfombra morada como recordatorio de que hay que seguir pisando firme y seguras.

Este año te marchamos y conmemoramos nuestra existencia y resistencia un día antes de la luna llena, una súper luna, ¡qué mágica eres! En esa luna llena estuvimos contigo, te miramos, dialogamos, te preguntamos, te recordamos, renacimos.

Este año también paramos, y, sobre todo lo hicimos por ellas, por las que no pudimos salvar de la violencia patriarcal. Lo hicimos para recordarnos que la lucha es por ellas y para nosotras, para decirle a este maldito patriarcado que no se va a caer, lo vamos a tirar.

Gracias, porque a pesar del dolor, prefiero tenerte aquí conmigo, sentir tu calor para que me enciendas por dentro. Ahora, más que nunca, sé que prefiero morir luchando por mi libertad y la de todas las mujeres.

 

 

Atentamente
Una feminista

 

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

 

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