La legítima lucha de las mujeres a través de los pasajes históricos. Flores distintas, que comparten el mismo campo

Uno de los pilares fundamentales e indispensables en el funcionamiento del país, es la participación de la población femenina, no obstante, es increíble el nulo reconocimiento, así como el relego y despojo de la trascendencia de su contribución a través de la historia nacional; el papel de la mujer se ha guardado en el baúl del protagonismo masculino.

El discurso histórico mexicano está construido por un amplio abanico de mujeres que confrontaron activamente el contexto opresor que les tocó vivir, que obstruyó su metas y objetivos, minusvalorando su aportación en la construcción actual del país.

Desde la desprestigiada Malinali, Malitzin, Marina o como peyorativamente se le llama Malinche, víctima de las circunstancias, vendida; gracias a su carácter aguerrido y sagaz logró encarar al capitán de las huestes españolas; porque sí, en realidad ella fue líder, estratega, traductora, valiosa.

En el proceso de Independencia, valientes insurgentas se unieron ferozmente a la lucha, enfrentando la recalcitrante sociedad conservadora regida por la ideología religiosa, arriesgando su integridad física y su “prestigio social”, aun así, tomaron valía y combatieron desde la trinchera de la escritura, el mecenazgo o la convicción política; sobresalen nombres como el de Josefa Ortiz de Domínguez, Gertrudis Bocanegra, la Güera Rodríguez y la Dulcísima Madre de la Patria, Leona Vicario, que además, este 2020 se ha nombrado su año, justamente para reivindicar su legado.

Durante mucho tiempo fuimos despojadas del derecho, inherente por naturaleza humana, a la educación; no se diga el desarrollo profesional de las mujeres en cuanto a la enseñanza; a postrimerías del siglo XIX, tenaces féminas combatieron arduamente para lograr la apertura de escuelas primarias, secundarias, normales y universitarias que incluyeran población femenina. Sin embargo, nombres como los de Rita Cetina, Dolores Correa, Laura Méndez de Cuenca o Rosaura Zapata, retumban en los cimientos de la educación mexicana, sin su insigne labor, probablemente hubiéramos padecido (aún más) de una formación totalmente religiosa y conservadora.

Si hablamos del movimiento armado de 1910, cuando cayó la dictadura porfirista y el país entró en un discurso de guerra asentado por diversas facciones, la colaboración femenina en distintos ámbitos fue esencial; en el ejército como soldaderas, coronelas o enfermeras; en la creación de clubes femeniles que buscaban la democracia (las hijas de Cuauhtémoc), juntas revolucionarias o semanarios feministas, estás acciones despertaron la conciencia crítica a partir de entenderse como sujetos históricos responsables de su entorno, derribando la anquilosada idea de que sólo el sexo masculino era ideal para esta representación.

Cabe señalar la explotación laboral, marginación, salarios deplorables, condiciones inhumanas que se vivía en las haciendas porfirianas.

Las hermanas Serdán, Natalia y Carmen cuya organización desde el hogar permitió coadyuvar la búsqueda de democracia e igualdad que anhelaba el legítimo presidente, Francisco I. Madero.

De la Revolución emergió la constitución de 1917, que, si bien es única en su época por tener un carácter social, incluía libertades individuales y daba “solución a las peticiones agrarias”, sin embargo, seguía dejando fuera en muchos aspectos a la mujer como ciudadana.

Al finalizar el cruento embate, el país totalmente desarticulado encontró en el ámbito cultural el medio perfecto por las intelectuales para lograr una apertura en el terreno artístico; evolucionando la ideología en cuanto a la mujer y su función dentro de la sociedad; Antonieta Rivas Mercado, María Izquierdo, Carmen Mondragón (Nahui Ollin), por mencionar algunas, dan cuenta de la importante colaboración de la población femenina para lograr un México vanguardista y moderno.

Elvira Carrillo Puerto y Hermila Galindo entre muchas otras, quienes cristalizaron nuestro derecho a decidir, lograron reformar el artículo 34, que nos permitió votar hasta 1953, en tiempos de Cortines.

El recorrido histórico de las mujeres reconocidas y su aportación al país (también hay que recordar los rostros sin nombre que forjaron la patria), es para argumentar la lucha de siglos, el fiero anhelo de obtención de lo que es nuestro por naturaleza, derechos como la educación, la libertad de expresión, representación y obtención de puestos públicos, voto, aborto, etc.

Por lo cual, la lucha feminista del siglo XXI es un reflejo del cansancio de todas las ancestras antes mencionadas, bisabuelas, abuelas y madres que configuraron nuestro devenir, mártires del sistema opresor de su tiempo.

Por eso he recurrido a la historia como fuente viva para recordar la importancia del porque alzamos la voz, hacemos pintas en patrimonios culturales, o realizamos paros nacionales.

Es realmente necesario destacar a todas las víctimas de violencia de género, trata de personas, esclavas sexuales, acoso sexual, a las diez muertas diarias a causa del deplorable y grotesco feminicidio.

Porque el Estado siendo responsable de la protección y salvaguarda de toda la población en todo sentido, ha minimizado el problema que ahora nos aqueja, justicia que no llora a sus hijas muertas, que no las ve, está ciega, no siente; su deber consta de dotar a escuelas, oficinas, cortes, hasta contenidos en medios masivos de perspectiva de género; seguir contundentemente las denuncias cuyo desinterés culminan en hirientes crímenes de odio; colocar jueces eficientes; dejar de culpabilizar a las víctimas y ofrecer apoyo y seguridad de la integridad de la misma.

¿Qué no son formas de manifestar? Tenemos furia, vivimos con miedo, no podemos salir por las noches con amigas a disfrutar de una copa, una comida, vestirnos como queramos, sin ser ultrajadas o vejadas; disfrutar de una sexualidad plena sin ser violentadas o juzgadas.

¿El movimiento es legítimo?, por su puesto, tanto, así como los SIGLOS de lucha a través de la historia.

Una de las labores de las mujeres dentro del feminismo es orientar, nutrir a las que tienen una visión limitada, producto de su educación familiar e institucional, pues también han sido víctimas. Solo así venceremos, unidas, como hermanas que sangran, lloran, ríen y derriban paradigmas.

Hagamos del movimiento los pilares de un nuevo horizonte para nosotras, para las pequeñas, para todas las que ya no están, pero nos guían como estrellas en el cielo, semillas que han renacido en las venas de todas nosotras. Si no estás a favor, no hables mal de movimiento, hurga en tus recuerdos y encontrarás a un agresor, ¡Evidéncialo! Nos ayudas, te liberas.

Hagamos temblar la tierra, que el cielo se tiña de verde y nuestros corazones permanezcan violetas. Luchemos desde las trincheras de la lectura, la sororidad, la escritura; querámonos como flores distintas que comparten un mismo campo.

¡Tiremos juntas la opresión!

¡PORQUE NO SE VA A CAER, LO ESTAMOS TIRANDO!

¡La revolución será feminista, o no será!

 

Autora: Ana Cristina Espitia Hernández, pasante de la carrera de Historia por la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM). Ha trabajado en proyectos sobre la conservación del patrimonio cultural de la ciudad de México en la Secretaría de Cultura. Colabora con ensayos sobre las culturas globales en el “Museo Virtual del Mundo” y en la revista de la Facultad de Filosofía y Letras Nueva Época, sus intereses académicos van sobre el estudio del México Contemporáneo y la difusión de la Historia. Escribe  poesía, crónica literaria, minificción, poemínimos, reseñas y ensayos.

 

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