Mis amigas me enseñaron el amor

Hoy conocí el amor. Lo descubrí de pronto, llegó a mí sin previo aviso. Fue como una caricia inesperada, de esas que recibes sin ser consciente hasta que notas el calor en el pecho. Todo ocurrió sin pensar, como una extraña predestinación anticipada: un abrazo espontáneo, varios brazos rodeándome con infinita ternura, respiraciones acompasadas y llantos silenciosos. Nos abrazamos, nos tocamos las espaldas, nos estrechamos entre todas. Respiramos profundo, reposé mi mejilla sobre el brazo de una, y alguna más me acarició el hombro con su cabello, intentamos cerrar los ojos y pensamos en un mundo distinto. Pensamos en el rostro de nuestras madres, en las pequeñas manitas de nuestras hermanas, en las risas de nuestras tías. Pensamos en el día que decidimos decir “no” y nos frustramos después, al ver que nadie nos creyó. Pensamos en la voz de nuestra mejor amiga que nos consoló después de una ruptura amorosa, pensamos en los días que nos concedimos confianza y contamos cosas que nos ocurrieron hace años. Pensamos en un mundo diferente, lo pensamos porque sabemos que es posible, que se puede (re)formar lo aprendido y (re)construir lo ya hecho. Sabemos que es posible vernos de forma diferente, que las palabras pueden ser honestas y que el amor no tiene que doler.

En ese abrazo, a pesar de gozar de la calidez de sus cuerpos, de sentirme plenamente comprendida, de la inesperada comodidad que me provocaron y de la extraña sensación de saberme segura, pensé en lo afortunada que soy. Pensé en que la valentía, la fuerza y el apoyo también pueden nacer a partir del silencio. De los abrazos, de la calma, del cariño, de la ternura.

Comprendí que la falsa historia del poder que inventaron ellos, esa leyenda que nos plantea los triunfos como metas conseguidas a partir de la sangre, la violencia y la apatía, es una gran mentira. Me di cuenta de que rebeldía también es abrazarse entre mujeres, romper el pacto antiquísimo de rivalidad, y recuperar los ancestrales saberes de comprensión mutua.

Me di cuenta de que, resistencia también es mirarnos a los ojos y llorar, decir que a veces no podemos, que es demasiado, que queremos abandonarlo todo. Y seguir. Y luchar, gritar, y levantarse.

Me di cuenta de que no se necesita repudiar las emociones para combatir y cambiarlo todo.

No nos quisimos separar, nos encontramos tan cómodas que preferimos seguir ahí paradas sin decir nada. Fueron cinco, diez o quince minutos de mera contemplación. Yo pensé en ellas, que me han otorgado la mayor de las dichas. Quizá ellas pensaron en mí. Cuando por fin nos separamos y nos miramos a la cara, sonreímos. Lo supimos todo sin decir nada.

Lo conocí. Conocí el amor. Mis amigas me lo enseñaron.

 

Autora: Tania Franco: Estudiante feminista, firme defensora de lo justo y aficionada soñadora entre páginas. De risa estridente y palabras provocadoras, utiliza su voz para transformar el mundo. 

 

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