Qué ha significado para mí el hecho de ser mujer

Nací en el Distrito Federal, y la mitad de mi vida se desarrolló en la Pensil, una colonia donde las y los comerciantes del Mercado 18 de marzo son inolvidables, porque siempre me trataron con cariño, incluso desde antes de nacer.

Derivada de esta familiaridad, cuando era pequeña era una felicidad garantizada ir al puesto de Juan a comprar flan napolitano, fresas con cremas, plátanos machos con lechera, o palomitas de microondas; ni qué decir de pasar con Genaro, por las carnitas de los fines de semanas (porque sabía, que al llegar me regalaría mi pequeña gordita de chicarrón o mi taquito de maciza); ¡uy! comer pambazos con Silvia, la de las llaves, o comprar ropa con Rosita, cuando había una ocasión especial.

Es cierto que crecí escuchando la frase “es un lugar peligroso para vivir”, pero en aquel entonces podía salir tranquila a la calle hasta el mercado, con mi moneda de Sor Juana Inés en la mano, y cambiarla por los dulces de los Picapiedra con la Señora Coca. Y, ahora, a mis 33 años, camino con miedo en el Centro Histórico, porque hombres extraños me han seguido ante de llegar a casa.

Cuando pasé de Kínder a primaria, mi mamá me cambió de escuela, recuerdo que era una casa antigua pintada de azul y blanco, ubicada en la calle de Río Pánuco, en la Delegación Cuauhtémoc. Donde en algunos salones encontrabas a niñas y niños extranjeros o, que salían en la televisión. Esa etapa fue difícil para mí, pues perdí a mis amigas y amigos de la Abejita, pero lo más doloroso es que caí en cuenta que mi piel morena marcaba una diferencia entre mis nuevas compañeras y compañeros, así me lo hizo saber un niño que se sentaba atrás de mí, y que me aplastó el estómago con su pupitre durante días, mientras me decía que “a los negros se les debía de tratar mal” y que eso “se lo había dicho su papá”.

Después de eso, la pregunta recurrente hacia mi familia era, si cuando yo creciera, tendría un tono de piel más claro.

Luego, la pubertad me enseñó que mi cuerpo no debía tener vellos, oler desagradable o lucir mal, de hecho, crecí con la frase “la belleza cuesta”, lo cual quiere decir, que debía aguantar el dolor en aras de lucir hermosa y no quejarme, porque todo valdría la pena.

En aras de cumplir con dicho mandato, me sometí a depilación láser, y aún ahora realizo gastos periódicos en productos de “belleza”. Claro, cada mañana trato de reconciliarme con la figura que veo en el espejo, porque sé que no debería sentirme así, porque las corporalidades “perfectas” que nos venden en los medios de comunicación, no existen; pero, a veces es tan difícil callar esa voz interior que te habla de tus defectos.

Cuando yo tenía 16 años, mi papá desapareció y dejó de proveer dinero a la casa, razón por la cual empecé a conjugar la preparatoria con un trabajo de medio tiempo. Al principio me sentí afortunada porque, a través de una carta de autorización de mi mamá, entré a una librería de viejo ubicada en la calle de Donceles, en el corazón de la capital.

El Tomo Suelto, así se llama la librería, abrió un mundo desconocido para mí. Descubrí, por ejemplo, Horizonte Jazz; y empecé a juntarme con universitarios y universitarias que estudiaban biología, sociología, antropología, actuaría e ingeniería; aprendí de editoriales; me hablaron por primera vez de los efectos del cannabis y que el LSD es una droga, empecé a ganar mi propio dinero y también, tuve mi flechazo a primera vista (el cual, fue correspondido, por si tenían duda).

Francisco López Casillas es el dueño de la librería, y además de ser mi jefe, debo decir que llegué a admirarlo mucho en algún momento, sobre todo por el amor y la dedicación que tenía hacia su hija, chica que en ese entonces estudiaba danza en Inglaterra.  Y yo, recién huérfana de padre, ¿qué más podía anhelar?

Un día, poco después de cumplir 18 años, me tocó estar en la bodega para etiquetar los libros que saldrían a la venta. Recuerdo que se acercaba la hora de cerrar, cuando de pronto entró el Sr. Francisco, claramente traía unas copas de más, y me preguntó si quería saber un secreto, algo que no podía decirme, pero que sin duda quería. Claro que a esa edad yo estaba toda curiosa, e insistí mucho para saber de qué se trataba, a lo que él contestó: que yo le gustaba y quería tener algo conmigo.

En ese momento me invadió un miedo generalizado pues me reconocí vulnerable, estaba al fondo de la librería, sola, en un lugar con poca iluminación, con un hombre borracho, mayor que yo en edad y tamaño físico, además era mi jefe. Lo rechacé y salí asustada de la bodega.

Nunca olvidaré que al llegar a casa me acosté en un sillón, me escondí debajo de una cobija y empecé a llorar, mi mamá se dio cuenta y preguntó qué me había sucedido, al principio me negué a contarlo, pero terminé diciéndole.

Al día siguiente, mi mamá habló con el Sr. Francisco para pedirle una explicación de lo sucedido, él negó todo. Después de eso las cosas en la librería no volvieron a ser igual, yo procuraba no estar sola con el dueño, además busqué la protección del hombre que más confianza tenía en ese momento y que los sábados trabajaba ahí. Pero ahí no paró todo, la respuesta violenta, machista, se hizo presenta a través de negarme permisos para faltar cuando tenía exámenes en la universidad, al quitarme responsabilidades y llamarme la atención de manera repetitiva. Así que renuncié a fin de año, cuando recibí mi aguinaldo.

Durante mucho tiempo tuve miedo de encontrarme a ese señor en la calle, así que, después de 15 años, apenas me atrevo a contarlo. Y ahora mismo quisiera gritar esa historia, para que ninguna joven tenga que vivir un momento así en su vida.

Y bueno, por si fuera poco, al silencio impuesto por el miedo, se le sumó la rabia el pasado 9 de marzo pues pasé frente a la Librería y, cuál fue mi sorpresa, en las cortinas cerradas había carteles que se pronunciaban ante la violencia contra las mujeres… no lo podía creer. Me llenó de irá, porque es el mensaje políticamente correcto que un intelectual que vende libros y se codea con historiadores debe tener, pero seguramente sigue escondiendo y negando la violencia que se puede vivir ahí, con sus empleadas, porque al ser una mujer joven y pobre ¿quién te va a creer?

Me hubiera gustado llenar el texto con momentos felices, sin embargo, cuando me senté a responder ¿qué ha significado para mí el hecho de ser mujer? Los primeros pensamientos que aparecieron como ráfaga fueron los marcados por las violencias, acompañados de los sentimientos de culpa, miedo, impotencia, furia y vulnerabilidad; o simplemente aparecieron las lágrimas. Descubriendo, que ahí radica su importancia de ser contados, porque es necesario visibilizar lo que las mujeres dejamos de nombrar y vivimos, para que las próximas generaciones contesten de forma diferente cuando se les cuestionen lo que representa ser ellas.

 

Autora: Carolina Franco Pérez, Distrito Federal (1986). Es defeña de corazón, gracias a que su abuela se trajo a su mamá de Oaxaca. Licenciada en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ama el teatro, porque en su juventud quiso ser actriz. Su risa se escucha de polo a polo. Es feminista, principalmente para que las mujeres que vienen detrás de ella tengan más derechos y mejores condiciones de vida. Le gusta la fotografía.

Ilustración de: Women’s March

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