Antes de ser…

Antes de ser mujer, antes de ser siquiera una persona, decidí darle la espalda al mundo. Tal vez desde ese momento el feto Jerónimo ya tenía claro que el mundo le daría la espalda cuándo comenzara a existir. Y sí, digo el feto Jerónimo porque desde que fui un cigoto en la panza de mi mamá, mi papá decidió por mí, como en muchas otras ocasiones, que yo sería su hijo Jerónimo. Mi rebeldía contra el mundo empezó antes de siquiera existir, en contra de los estereotipos decidí esconder mi verdadero sexo. La espalda, el culo y la cabeza pelona de todos los bebés es igual, así que mis papás nunca pudieron estereotiparme. Pensaron un nombre femenino y uno masculino (aunque mi papá me llamó Jerónimo hasta el momento que me conoció), compraron una cuna blanca, las paredes de mi cuarto eran blancas y pues los juguetes, eran eso, tan solo juguetes. Al momento de nacer, Jerónimo el feto venía de culos, así es, de culos contra el mundo. Pero en el último instante sin consciencia alguna decidí darme la oportunidad de no ser un mal parido, ya iba a ser una mujer, no podía darme el lujo de maldecirme con otra condición mal vista en la sociedad. Así fue como salvé a mi mamá de una cesárea y por fin me mostré al mundo como Elisa.

De niña siempre llevaba el pelo corto como un hongo, a mi mamá se la hacía una buena medida preventiva contra los piojos, y a mi papá pues solo le gustaba, tal vez porque así me parecía más a Jerónimo. Para mí siempre fue un martirio ir a la peluquería “Mechoncitos”, siempre me preguntaba ¿cómo un lugar que albergaba tanta crueldad podía tener ese nombre tan tierno? Siempre era la misma puesta en escena: me sentaban en una silla de peluquería con forma de carrito, me cortaban el cabello con tijeras y finalizaban con una máquina para rasurar prisioneros de la guerra, ese último instante era el de mayor ira. Sin embargo, mi llanto empezaba en la mañana cuando sabía que me llevarían a Mechoncitos y duraba hasta la tarde de ese mismo día, cuando buscaba seguir molestando a mis papás por aquella injusticia de no dejarme decidir sobre mi cuerpo. Yo quería tener mi cabello largo, todas las mujeres y las niñas que conocía podían tenerlo así.

En fin… Superando mi trauma infantil con el cabello, pocas veces me sentí diferente a los niños de mi edad, al fin y al cabo, me encantaba vestir con botas de hule (eso sí moradas y con olor a chicle), con jeans, playeras holgadas y luciendo mi maldito cabello en forma de honguito. Llegando a la edad de 5 años ya estudiaba en un colegio solo de niñas y empecé a exigirles a mis papás poder verme como ellas, con mi pelo un poco más largo. Aun así, extrañaba mis botas y mis pants, ahora debía usar un uniforme de vestido, calcetas largas y unos zapatos realmente incomodos. En mi escuela, rodeada solo de mujeres, y en mi casa siendo hija única, era difícil darme cuenta de las situaciones desiguales que vivía un hombre y una mujer. Pero no tardé mucho en hacerme consiente del papel diferente que jugaban mi papá y mi mamá en mi casa, en mi educación y en la sociedad.

Desde muy pequeña, acostumbrada a ser la consentida de mis papás y mis abuelos, acostumbrada a que me hicieran todo como una bebé, tuve el primer encuentro con el patriarcado. Mi mamá me empezó a exigir que fuera por mi comida, que ayudara a lavar los platos y que le llevara la comida a mi papá. Por su parte mi papá, me empezó a exigir que tendiera mi cama, que tuviera buenas calificaciones, que hiciera deporte y alguna actividad cultural extracurricular. Me sentía tan enojada, yo no quería lavar los platos, ni quería hacer deporte, no me importaba tener buenas notas y lo que menos quería era llevarle la comida a mi papá. Así empezó mi rebelión contra el patriarcado, me negué a llevarle la comida a mi papá y a cuestionarle tanto a él como a mi mamá, por qué él no podía bajar a la cocina, ayudarla a cocinar y transportar su propia comida. Esta es y sigue siendo la gran pelea en mi núcleo familiar y fue el punto que desató en mí esa gran incógnita. Nunca dejé de preguntarme por qué los hombres eran tan malditamente flojos y nunca dejé de mirarlos con desdén cuando no cumplían labores del hogar.

Desde ese momento me considero feminista, no puedo explicar siquiera de dónde surge ese ideal, pero mi hipótesis es que mi discurso se desarrolló desde muy pequeña viendo mi caricatura favorita “Pippi Longstocking” (Pippi medias largas). Esa niña fuerte, autosuficiente, rebelde e imaginativa me enseñó qué era el feminismo. Me imaginaba una y otra vez que el sueño de toda mujer era vivir como Pippi. Sola con sus mascotas, con la fuerza suficiente para defenderse y con buenos amigos para disfrutar de los buenos momentos. Años después me daría cuenta de la hermosa utopía que esta caricatura infantil representaba y de cómo el mundo paulatinamente me mostraría que, ser Pippi era aún más difícil de lo que yo alcanzaba a imaginarme en ese entonces.

Mi segundo disgusto con el machismo surgió con las miradas de abuso. Desde muy pequeña yo practicaba tenis, obligada por mi papá. Yo, una niña de clase media alta, siempre cuidada, no estaba realmente expuesta a los abusos en las calles y el transporte público. Pero cuando mi cuerpo se desarrolló, llegaron las faldas cortas y las camisas que usaba para jugar tenis, las cuales dejaban expuestas mis piernas y curvas sexis ante todos los hombres del club, recuerdo que me sentí completamente vulnerable y empecé a detestar asistir a mis clases. Aunque sabía que era buena y que disfrutaba este deporte, algo en mí comenzó a odiarlo hasta que por fin lo abandoné sin el consentimiento de mi papá. Lo que esa niña inocente no sabía ni imaginaba, era que los abusos verbales y las miradas morbosas la acompañarían por el resto de su vida donde quiera que fuera.

Después de abandonar el deporte, decidí que mi futuro era ser una estrella de rock. Mi parte favorita de todo esto era lucir mal ante los ojos del resto del mundo. Usaba pantalones anchos con cadenas que colgaban, cinturones y pulseras con taches, blusas rojas o negras y pintaba mis ojos de negro; exacto, ¡era emo! Fue una época de mi vida que me permitió fortalecer mi personalidad, aumentar mi autoestima, me liberó de las miradas de abusadores, pero como toda época dorada llegó a su fin. Así, mi adolescencia llegó un poco tarde debido a mi sueño fallido de ser estrella de rock. Abandonando la música, comencé a salir más con mis amigos, conocí la diversión detrás del alcohol y para completar mi rebeldía decidí fumar cigarro, ya que era un acto muy mal visto por la sociedad, que una señorita fumara. Durante esta época de mi vida, me encontré nuevamente con el patriarcado. En mi escuela, la directora, una mujer mayor, no permitía que en el colegio existiera un equipo de fútbol porque no era un deporte para señoritas. A mí realmente me daba igual, ni me gustaba ese deporte. Aun así, con la llegada de una nueva rectora, algunas chicas hicieron una petición formal para crear un equipo, al cual después de un tiempo me uní por la presión de mis amigas. A mí papá no le gustaba que practicara un deporte de “hombres”, así que yo con más felicidad le pedí de Navidad unos guayos, unas espinilleras, una pelota y me obsesioné fielmente con este deporte. Porque ya saben, desde que estaba en la panza de mi mamá siempre me gustó romper con los estereotipos.

Mis padres siempre buscaron mantener la calma con mis cambios adolescentes, se repetían una y otra vez que eran etapas, y que yo debía decidir cómo vivirlas. Así mismo fue cuando elegí estudiar biología. Tras un viaje a la selva amazónica, en el cual me sentí valiente y deseosa de explorar, tomé la decisión de ser bióloga. Heme aquí unos años más tarde explorando la selva de cemento día a día y superando cada obstáculo con valentía. Durante mi transición de la escuela a la universidad viví 6 meses en Francia, 6 meses fueron suficientes para que yo, Elisa, comenzara a sentirme toda una europea. En Francia hay protestas porque sí día por medio, y porque no, los días restantes. Los franceses además entienden muy bien lo que es el ocio y yo comenzaba a acostumbrarme muy bien a ese estilo de vida. Francia me creó una sed de conocer y entender las diferencias culturales entre el viejo y el nuevo mundo, y fue así como paso tras paso, llegué a leer mi primer libro sobre feminismo, el enigmático “El segundo sexo”.

Desde que tengo aproximadamente 14 años, soy una persona que se considera a sí misma de tintes izquierdistas, que cree en el comunismo utópico y que es firmemente feminista. Aunque mi papá le decía a mi mamá que mi etapa “guerrillera” también iba a terminar, eso nunca pasó. El interés por leer más sobre la injusticia y la desigualdad en todos los aspectos solo reafirmó mis posiciones y sigue siendo algo que me apasiona plenamente. Durante mi época dorada de estudiante universitaria, gracias a un profesor que recuerdo siempre con un gran cariño, comencé a entender más y más cosas del feminismo. Fue ahí cuando dejé de rasurarme por un tiempo, me liberé de muchos tabúes que me di cuenta de que todavía conservaba, me volví con plena convicción pro-aborto y empecé a trabajar día a día más y más en mis conocimientos sobre la sociedad y la ética. También en mis salidas de campo me empeñé siempre en mostrar la fortaleza de las mujeres, mis amigos de la universidad aún hacen bromas de cómo prefería caerme que dejarme ayudar de la mano de un hombre en campo. Además, como bien lo hizo el feto Jerónimo, me decidí a romper estereotipos nuevamente. Mi pasión siempre fueron las plantas, pero solo por demostrar que la herpetología no era cosa de hombres, me empeñé en trabajar con cocodrilos y serpientes.

Todo este recuento de lo que ha significado en mi vida ser mujer está estrechamente relacionado con mi experiencia en el feminismo. Ahora soy una colombiana viviendo en México, que se ha encontrado de frente con un machismo que creía solo existía en las películas del viejo oeste. Ahora me doy cuenta de que nuestras historias de vida influyen fuertemente en nuestros ideales, pero que además la cultura y las costumbres te limitan y te encarcelan sin que te detengas a reflexionarlo. Hoy considero que se ha abierto un capítulo nuevo en mi lucha como mujer, la urgencia de cambiar el mundo me llevó a ser simpatizante de un colectivo feminista que ha generado nuevas incógnitas y me ha impuesto nuevos desafíos. Me ha reafirmado como lo que soy y me ha animado a continuar en esta lucha con plena convicción. He crecido en diferentes aspectos como mujer, ha aumentado mi empatía y me ha animado a continuar aprendiendo. Para concluir entonces, puedo decir que desde antes de ser mujer ya venía definida a romper estereotipos, que la primera feminista que conocí fue Pippi Longstocking, que a lo largo de mi vida como mujer he estado en una lucha constante individual por definirme ante la sociedad machista e imponerme ante el orden natural del patriarcado.  Así, desde que fui consiente de mi posición en el mundo debido a mi género, me puse las gafas moradas sin darme cuenta. Esas mismas gafas hoy me han permitido darme cuenta de que esta lucha no es individual sino colectiva, y me han animado a no dar ni un paso atrás de la mano de mis amigas porque todas juntas ¡Lo vamos a tirar!

 

Autora: Elisa Lotero Velásquez, colombiana residente de la Ciudad de México, nacida en Medellín (1991). Bióloga apasionada, con una maestría en curso sobre el manejo integral de ecosistemas, perteneciente al Laboratorio de Etnobotánica Ecológica del Jardín Botánico del Instituto de Biología UNAM. Su trabajo investigativo se ha centrado en el uso y manejo de los recursos naturales por parte de las comunidades rurales, campesinas e indígenas. Está convencida que la defensa del territorio es fundamental para el crecimiento de la sociedad. Sus experiencias laborales y personales se centran en el ámbito de la educación. Feminista declarada desde que se hizo consciente de su posición como mujer y simpatizante de un grupo en la actualidad.

Ilustración de: Alba Blázquez

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