Ser mujer

¿Qué ha supuesto para mí el hecho de ser mujer?

No quiero hablar de cómo las decisiones que mis padres tomaron para mi hermano y para mí, afectaron increíblemente nuestra niñez, adolescencia y ahora mi vida. No los culpo, hicieron lo que creían mejor, nadie nos enseña a ser madres y padres. Ahora lo sé.

Quiero hablar de lo que ha significado para mí, Michelle, nacer mujer, ser la hermana mayor y luego ser la más chica en ser madre.

Mi niñez estuvo llena de visitas a doctores, psiquiatras, nutriólogos y clases extracurriculares. Mi mamá siempre bromea con una visita al pediatra, cuando yo apenas tenía nueve meses, en la que no dejaba de moverme y agarrar cosas; dice que al terminar la consulta el pediatra le dijo “Señora, esta niña le va a sacar canas verdes”. Y así fue.

Por un lado, diagnosticada con hiperactividad y déficit de atención, pues una niña inquieta algo debe de tener, por otro con una presión increíble por parte de mi mamá para que yo fuese una niña sumamente delgada (como lo fue ella). Tuve que aprender a ser autosuficiente muy rápido, en parte porque mis papás trabajaban todo el día y yo era la responsable de mi hermano (aunque ellos no lo vieran así), o por el simple hecho de que la niña a la que los maestros siempre regañan y acusan con su mamá no era la mejor opción para jugar en el recreo. NI PARA NADA.

Recuerdo que ser niña fue para mí algo muy difícil, los maestros me regañaban si habla muy fuerte, si quería jugar, si cuestionaba … Fui muy reprimida y siempre me pregunté por qué no podía ser como las demás…delgada, curiosita, bien portada, y de letra bonita. Estuve en 4 primarias porque, claro, mi mamá siempre cuidó mi integridad, aunque fuese muy difícil también para ella ser madre de una niña que salía de la escuela con el uniforme color blanco todo sucio, y con un sinfín de notas y reportes sobre mala conducta y falta de respeto a los maestros (esto último era el sinónimo de cuestionarlo todo). Salir de la primaria fue para mí como volver a empezar. Sexto fue un martirio.

Entré a la secundaria, y ahí conocí una amistad que perdura hasta hoy. Anahí es mi mejor amiga desde hace 14 años, hemos compartido todo. Nos fuimos juntas de pinta, perdimos la virginidad al mismo tiempo (bueno, no exactamente. Sonrío) y un año después de que ella decidiera ser madre de una niña que llamaría como yo, pues claro que le seguí el paso (ya les contaré de eso).

En esa etapa entre puberta y adolescente, también supe lo que era sentir ser propiedad de alguien, y lo que es no quererte y manifestarlo de todas las formas posibles.

Desarrollé un trastorno alimenticio que muchas veces me sigue atormentando hasta ahora, mezclado con la primera relación tóxica que experimentaría en la vida. Tener 14 años y no sentirte bien contigo te hace ser muy vulnerable, mi novio que muchas

veces parecía mi dueño, ejerció sobre mí violencia psicológica y física.

Cuando cumplí 15 años, con la presión de la fiesta (para nada fue a mi gusto) marcó mucho más el trastorno alimenticio y la inseguridad que me perseguía siempre. Soy la mujer más chica de las dos familias, así que la dichosa fiesta de 15 años fue un evento en el que mis papás se esforzaron mucho en complacer a todos, menos a mí. ¿Qué chistoso no? Era mi fiesta y lo único que me dejaron escoger fue la música, aunque muchas veces mis tías intentaron persuadirme para que eligiera algo que a ellas les gustaba.

Unos meses después de cumplir los quince, mi novio -quien me chantajeaba para todo- me presionó para tener la famosa “primera vez”, después de eso, aunque nuestra relación ya era tormentosa, él sacaba un drama para todo; yo no podía tener amigos, no podía salir con nadie que no fuera él, y por supuesto tener relaciones solo cuando él quería. Recuerdo que siempre que intentaba dejarlo él se golpeaba o me hacía escenas de celos en la calle, jurándome que lo dejaba por alguien más. Luego caía en la violencia verbal y después en el arrepentimiento, me pedí perdón y me llenaba de cartas y carteles donde juraba que me amaba, que quería quedarse toda la vida conmigo a pesar de que el en su escuela me engañaba y lo único que hacía era maltratarme y hacerme sentir que no valía nada. También confieso que viví un abuso horrible por parte de alguien que por suerte ya no está en nuestra vida.

La secundaria fue una etapa muy padre, pero siento mucho arrepentimiento por haber tenido una relación tan larga con un güey que solo me maltrataba y yo no se lo decía a nadie.  Esto me afectaba tanto que la prepa fue otro martirio, me sentía tan mal, vomitaba, no comía, quería desaparecer, me perdí de quien quería ser; luego me refugié en los libros, en los museos, en las cosas que a los chicos de mi edad no les interesaba.

Cuando cumplí 18, me armé de valor y hablé con mi mamá, ya no quería seguir así, recuerdo que estaba desesperada pues en 3 años me internaron varias veces debido al trastorno, y eso en me estaba arrastrando a una depresión que aún recuerdo y tiemblo.

Decidí terminar la prepa en una escuela abierta, y a los 19 años en cuanto la terminé, pensé durante un mes a que quería dedicarme. Siempre me encantó la idea de ser una mujer culta, considero que mis padres lo son y una de mis metas siempre había sido esa, por eso mi necesidad de cuestionarlo todo… Después de hacer una larga lista de cosas que me hubiera encantado ser, entre ellas “Filósofa, Antropóloga, Historiadora, Artista Visual, Socióloga, Etnohistoriadora, Fotógrafa, Músico, Artista Visual, Literata, Cineasta, etc…Decidí que quería ser “Artista visual” a lo que mis papás respondieron con un rotundo “NO, ESO NO DEJA”. Mi papá me dijo que si quería ir a la universidad debía estudiar algo que me diera un amplio panorama laboral, y entonces descubrí que en el DISEÑO GRÁFICO veíamos algunas cosas de las carreras que me encantarían estudiar, así que entré a Diseño.

En esta etapa, estuve con un chico que era 4 años mayor que yo, que ya había pasados por varias universidades, y aunque nuestra relación estuvo llena de viajes y fiestas, no íbamos a durar mucho pues queríamos cosas distintas. Cuando terminé con él, me cambié de universidad pues las drogas y las fiestas no estaban en la lista de cosas que buscaba. Fue ahí cuando entré a UNITEC y me redescubrí para después volverme a perder.

Después de un año de increíble descubrimiento personal y laboral conocí a un músico, Miguel, con quien tuve una relación de noviazgo, debo decir que nos llevábamos bien y sabíamos sobrellevar nuestras vidas. Sin embargo, todo cambió un 7 de enero de 2016. Descubrir que estaba embarazada es una de las cosas más fuertes que he vivido como mujer.

Cuando tomé la decisión de convertirme en madre, a los 21 años, a mitad de la carrera, estuve llena de dudas durante dos semanas, y las únicas personas que lo sabían eran mis dos mejores amigas, el papá y mi hermano.

Miguel siempre me dijo que estaría conmigo, yo le planteé muchas veces que, como su estilo de vida era muy inestable lo mejor sería que terminamos y que yo me hacía responsable de esto, que lo que no quería vivir después era el desequilibrio y decepción, y aunque él juró que jamás lo haría, lo hizo.

Mi embarazo fue secreto para su familia hasta que tenía 7 meses, mis papás lo tomaron de la mejor manera y me apoyaron para que yo sola decidiera mi futuro, lo único que quería asegurar era que mi vida profesional no se afectara por esta decisión así que a ambos les dije “Si me dicen que para tenerlo debo dejar la universidad y trabajar, entonces no seguiré. Pero si ustedes me apoyan, prometo que terminaré y seré mejor.” Me siento afortunada de recibir todo el apoyo y amor de mis padres, pues sin ellos no sé qué hubiera sido de mí. El resto de la familia no lo tomó bien, una prima me traicionó y se lo dijo a todos, antes de que nosotros les diéramos, y obviamente mis tíos estallaron, un primo hasta me dejó de hablar.

En la familia materna, en una reunión una tía se levantó y le dijo a mi mamá “Si ya sabes cómo es Dania, para que la dejas salir” insinuando que yo era una loca. Esa hermana de mi mamá fue sumamente dura, dijo que estaba decepcionada, que “qué iba hacer yo con un hijo, qué le iba a enseñar si no podía ni conmigo misma”.

Los amigos de Miguel varias veces trataron de convencerme para que abortara, su ex novio me quemó durante meses por Facebook haciendo bromas, hablando mal de mí, mandándome mensajes anónimos y diciendo cosas dirigidas hasta mi hijo. Miguel nunca me defendió solo se quedaba callado o estaba muy borracho para opinar, decía que no tenía que demostrarle nada a nadie. Yo siempre sostuve mi decisión, y esa firmeza dañó mi relación con todos los que creíamos que estarían con nosotros.

Otras chicas, novias de los compañeros de Miguel, me decían que los músicos no eran para ser papás, que eran infieles, viajaban y que lo mejor era no tenerlo para poder seguir con Miguel en la escena, y así no tener problemas, insinuando que debía “cuidar” al hombre de otras mujeres, y con un hijo eso es casi imposible. Tenían un poco de razón.

Cuando la familia de Miguel se enteró, también lo tomó bien, o quizá no le quedó de otra pues yo tenía 7 meses de embarazo. Fingimos que todo estaba bien, y a pesar de tener un embarazo que en los primeros meses fue de alto riesgo, seguí asistiendo a la universidad, seguí yendo a los tokines y eventos que Miguel tenía. ¡Ah! Y engorde horrible. Fingimos que Miguel nunca escondió que estaba embarazada para no tener problemas, creí que todo cambiaría cuando Diego naciera. Miguel y yo queríamos tener una niña, pero cuando descubrimos que tendríamos un niño, él no volvió a mostrar el mismo entusiasmo.

Cuando estaba embarazada y veía mi estómago me llenaba de alegría sentirlo y ver cómo iba creciendo. Me preguntaba cómo unos centímetros de piel lo protegían, y al mismo tiempo era lo único que nos separaba para vernos y tocarnos.

Me convertí en madre el 7 de septiembre del 2016, a las 2:00 de la mañana tuve a Diego, sin ningún medicamento que me ayudara a dilatar o a que naciera. Tuve un parto muy escandaloso, grité mucho. Cuando lo vi por primera vez lo que pensé fue que se parecía mucho a mí, después de unas horas me lo dieron para darle de comer, siento que la conexión que tuvimos fue desde el inicio, amamantarlo y sostenerlo tan pequeño fue algo que disfruté muchísimo.

Recuerdo que cuando llegó mi mamá, me dijo que era una mujer muy fuerte pues había dado a luz como en la época de las brujas, luego me acompañó a bañarme para irnos del hospital. Todo había salido bien. Cuando entramos al baño, de pronto empecé a sangrar (lo que es normal, pero nadie me había dicho), me asusté y cuando volteé a buscar a mi mamá me di cuenta de que había un espejo súper grande, vi mi cuerpo, tenía apenas unas horas de haber dado vida, comencé a llorar. Mi cuerpo había cambiado muchísimo. Ser madre ha sido toda una osadía, pero ser madre joven y luego madre soltera fue aún más difícil.

El papá de mi hijo nos dejó cuando Diego tenía 6 meses, después de violentarnos a ambos con la indiferencia, la falta de responsabilidad y su machismo. Su mamá decía que mi error había sido regresar a la universidad, porque no elegí trabajar y dedicarle tiempo a Miguel y a mi hijo… ella siempre me hacía sentir culpable de dejar a Diego por ir a la universidad. Por el contrario, mi mamá me alentaba a seguir. Yo tenía que entender a Miguel, pero nadie más que mi mamá y mi papá me entendían a mí.

Como madre me han discriminado, me han hecho menos, me han subestimado, pero sobre todo me han hecho más fuerte. Decidí abandonar totalmente a la familia machista del papá de mi hijo y cerrar toda comunicación con él.  No digo que fue fácil, me costó dos años y medio de violencia, inseguridad, mentiras, infidelidades e inestabilidad. Finalmente, tomar esa decisión me hace sentir mejor todos los días.

Aún tengo culpas por haber dejado a Diego tan chico en la guardaría, mis amigos me han ido excluyendo, a veces me siento agobiada, pero logré terminar la Licenciatura, y pasar el examen general de egreso. Decidí entrar a la Maestría de inmediato, y aunque a veces me parto en veinte para poder ser mamá, estudiar, trabajar y tener tiempo para mí, es cansado.

Mi familia, la parte machista y poco empática, siempre que menciono la frase “estoy cansada” responden con un “ah, pero querías tener hijo” o “es tu hijo, mijita.” También he sido valiente pues Diego enfermó cuando teníamos menos del año y estaba sola en el hospital o las veces que lo internaron.  Sí, mis papás siempre están conmigo, pero también me dejan enfrentar cosas sola. Dice mi mamá que eso me ayuda a ser mejor.

Finalmente, para mí, ser mujer ha sido una lucha constante conmigo misma, soy la que no encaja en la familia, la rebelde, tatuada y perforada, la feminista, la que no estudió una carrera que la hará millonaria.

Y, aquí sigo, siendo yo, mujer. No sé muy bien qué sigue, pero algo tengo claro: no quiero perderme de nuevo, quiero ser yo y poder transmitirle a mi hijo el respeto y valor que todas y todos merecemos. No quiero ver la maternidad como algo que me encadena, quiero verla y vivirla como una oportunidad de liberarnos y sobre todo de educar a otras personas fuera del machismo.

Ser mujer no es fácil, estamos marcadas por los estereotipos y por las reglas que nos impone la sociedad, a veces es nuestra propia familia quien nos hunde en ese mar lleno de “expectativas”. Pero el feminismo nos hace repuntar frente a todo eso.

Desde hace muchos años me declaré feminista, y para mí ser feminista es no aceptar ningún tipo de violencia machista, no callar más, no dejar que alguien más venga a imponer sus ideas o deseos. Así que, siendo mujer, feminista y mamá, también tengo claro otras tantas ideas: no voy a dejar que la gente me llame “Mamá luchona” porque estoy segura de que a Miguel nadie le llama “Papá irresponsable”, no me molesta alejarme de la gente tóxica, no estoy dispuesta a aguantar ningún tipo de comportamiento o comentario que me haga sentir mal. Se acabó.

Me llamo Michel, tengo 26 años, soy mamá y quiero hacer y deshacer muchas cosas en mi vida, y nadie me va a detener.

 

Autora: Michelle Campos. 26 años. Feminista, mamá, pasante de la Lic en Diseño Gráfico (con complejo de artista plástica), por la Universidad Tecnológica de México (UNITEC), actualmente estoy haciendo una Maestría en Diseño Multimedia junto con otros 5 diplomados. Soy una ilustradora apasionada y una estudiante de teoría feminista, desde hace 6 años. De igual forma, me encanta dar talleres y pláticas, así como compartir el conocimiento que he adquirido en estos años. Tengo experiencia en Marketing, publicidad, fotografía de espectáculos, eventos, retrato, etc. Asimismo, me desempeño en el Diseño UX/Uai, ilustración, diseño editorial, community manager, diseños para redes entre otras cosas. Esto se complementa con mi proyecto de fotografía documental feminista desde hace 3 años. Quiero escribir para complementar mi trabajo visual y compartir experiencias, como mujer y madre joven, con otras mujeres. Lectora insaciable. Me encanta aprender, quiero estudiar otra licenciatura en Historia, letras hispánicas, filosofía o periodismo. Soy una mujer rebelde y furibunda. Nunca me canso de aprender y aprehender.

Ilustración de: Michelle Campos

 

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