¿Qué ha significado para mí el hecho de ser mujer?

Primero, significó la posibilidad de no nacer. Según mi madre, ella ya tenía dos hijas y le era imposible tener otra más; también cuenta que, de inicio, como imaginó que tendría otra mujer, intentó abortarme de distintas formas, pero ninguna funcionó. Entonces acudió con su ginecóloga y le pidió que le practicara un legrado. Según esta historia -que se me repitió muchísimas veces durante la infancia y adolescencia-, la doctora la convenció de que me tuviera, diciéndole que seguramente sería un varón y resultaría ser más que inteligente, brillante. Así que mi madre le creyó, decidió tenerme y pensó que me llamaría Diego Armando, sí, por el futbolista de moda en esa época. Tiempo después, justo en septiembre cuando nací y supieron que era mujer, mi mamá me llamó Marisabel[1]. Y desde entonces, por muchos años, dijo que fui su dolor de cabeza, por terca, aferrada, por querer vivir siendo quien me da la gana.

Luego, ser mujer también significó que me marcaran: perforaron mis orejas y pusieron un broquel de oro en cada una. Penetraron mis tiernos lóbulos, así a sangre fría; también lo hicieron con mis hermanas apenas nacieron; y así con el noventa y nueve por ciento de las mujeres en este país.

Después, algo que creo que sucedió sólo porque yo era una niña, fue que dejaron crecer mi cabello, para ponerme toda clase de adornos en la cabeza: tiaras, broches, sombreros, ligas, bolitas con diversas formas, etc. El tema del cabello fue todo un caso, muchas lágrimas me sacaron las colas de caballo que me hacía mi madre. Todos los años de Kinder, primaria y secundaria, mi madre cada mañana jalaba y jalaba mi cabello hacia atrás, lo llenaba de gel para que no se desacomodara ni un pelito, y luego lo ataba fuertemente con “bolitas” en forma de jarritos, de dados, moño, paleta o cualquier figura que nos gustara.

Ser mujer también significó tener que usar un vestido para el festejo de la primera comunión, y para la graduación de primaria. Recuerdo que ninguno de los dos me convenció del todo, igual tuve que usarlos.

Ser mujer, para mí también significó la regla, la bendita regla. Llegó a los doce años, lo primero que tuve fue un regaño por parte de mi mamá, un sangrado de once días, mucha debilidad y las ganas inmensas de no ser quien era.

Ser mujer significó que me crecieron los pechos tremendamente en sexto de primaria. Aquello me aterrorizó. Pasé de ser una niña que usaba corpiños o andaba sin blusa por la casa, a ser una “mujercita” que debía usar brassiere. Me compraron talla 34 B. Recuerdo que el último año de primaria y todos los de secundaria, usaba tops sobre el brassiere, además de dos o tres blusas tratando de ocultar aquellas enormes tetas que ni siquiera reconocía como mías, que ni siquiera me atrevía a mirar en el espejo. Y que empezaron a doler desde los trece, debido algunos quistes.

Ser “mujer”, esa jovencita que estrenaba enormes pechos y sangrado abundante cada mes, implicó también “llamar la atención de los hombres”. En el tránsito de los doce y los trece, dos hombres de la familia empezaron a acosarme día y noche, igual que a mis hermanas. Ese hostigamiento y acoso sexual duró por varios años. Anularon mi intimidad, quebrantaron mi inocencia, me enemistaron con mi ser mujer. Esos años, siendo espiada, tocada, violentada, implicaron mucho miedo y sufrimiento, mucha impotencia, rabia acumulada; explosiones de ira e histeria que por momentos sacaba en casa, hacia mi madre y mis hermanas.

Ser mujer significó tener estándares inalcanzables de belleza. Desprecié mi cuerpo por mucho tiempo. Odié mi nariz, orejas y pies; mi peso. No olviden que, incluso hoy en muchos espacios, las mujeres bellas tienen rasgos “finos”, y pesan menos de sesenta kilos. Me consideré fea por mucho tiempo.

Ser mujer también se tradujo en que, una vez que entré a la prepa, me di cuenta que mis pechos eran objeto de atracción. Los usé muchos años a “mi favor”. O al menos ese cuento me creí, porque cuando una se cosifica puede conseguir ciertos favores, sí, pero frente a los ojos sexistas nunca puedes ser más que un objeto.

Ser mujer significó también que, en mi primera borrachera terminara siendo manoseada por un tipo en el bar. Significó que mi padre y mi madre no me dejaran salir de noche la mayoría de las veces. Y que yo tuviera una lista considerable de “amigos” que pasaran por mí para escaparme, o conseguir el permiso a última hora.

Ser mujer también implicó que mi padre creyera que quizá no era necesario que yo estudiara la universidad, pues seguramente me iba a casa o iba a salir embarazada. Tampoco se me enseñó a conducir, a arreglar asuntos de plomería o electricidad, pues las mujeres “no lo necesitan”.

Ser mujer significó beber y cenar “gratis” muchas veces, aunque el costo real de eso es demasiado grande.

Ser mujer ha significado tener miedo de caminar sola por las calles, o de quedarme sola en casa si algún hombre merodea.

Muchas veces, ser mujer implica sentir miedo de ser violada, asesinada.

Ya casi termino esta primera respuesta, y parece que sólo puedo decir cosas feas, no quiero que sea así, no debería ser así. Sin embargo, es lo que tengo más presente cuando pienso en retrospectiva lo que ha implicado mi sexo. Además, creo que todo lo bueno, no necesariamente ha sido condicionado por mi ser mujer, sino por quien soy yo, quien ha surgido de esas adversidades y ha decidido no dejarse vencer. O realmente, no sé.

En mis aspiraciones “profesionales”: de pequeña una vez dije que quería ser secretaria, pues yo amaba escribir y las únicas mujeres que sabía que escribían, o que tenía como referente profesional (por alguna telenovela o la vida), era la imagen de secretaria. Luego soñé con ser pintora, profesora, locutora, escritora, artista.

En cierta ocasión mi padre nos llevó a la Escuela Vocacional de las Artes (EVA), Claudia y yo hicimos un recorrido por los talleres, ambas quisimos entrar a pintura, mi papá dijo que no, que mi mamá quería que fuésemos a ballet para que Claudia adelgazara. Y como no nos pusimos de acuerdo, aquella idea de tener una actividad extra en una escuela, quedó sólo en el paseo por las aulas.

Como escritora, ¡uy!, es un tema largo –como para otra entrada de blog-, me sé de memoria lo que se dice de la escritura de mujeres. Nunca es suficientemente buena, algunos sólo te elogian para después pedirte algún tipo de “recompensa”. En los festivales literarios o mesas de presentación y diálogo, siempre te ven como niña, como la amiga de tal o cual escritor, como una buena nalguita o como alguien que ni es bella ni tiene talento. Es muy raro que se reconozca el valor de nuestras obras. Y ahí están las estadísticas del mundo editorial para que echen un ojo al número de mujeres publicadas, premiadas, juradas, etc.

Ser mujer, en lo laboral y académico, por ejemplo, también me ha acarreado sinsabores. Como obtener cargos más bajos debido a mi sexo. Jefes y compañeros que me han acosado. Sueldos que han sido menores. Una carrera sin referentes que me sean espejo. Juicios que siempre hablan sobre las dudas de mis capacidades.

Socialmente, ser mujer ha significado que mucho de lo que yo deseo o hago está estigmatizado o vetado; para nosotras claro. Para ellos es aplaudido. Para las mujeres, beber o consumir algún otro estimulante es mal visto, incluso es “motivo y justificación” de insultos o abusos.

¿En el ámbito erótico-afectivo? ¡Uy! Qué les dijo. A casi todas nos aleccionan desde pequeñas para resumir el éxito de la vida en: cuidar la virginidad, tener una pareja, perseguir el matrimonio, tener hijos y ya está… ¡qué pereza!

Así que, a mí dentro de lo amoroso, ¡uff!, qué tanto ha significado ser mujer, además una mujer “peculiar”. Pocas veces se me tomó en serio. He llorado muchas veces debido a la desigualdad que impera dentro de la política sexual. Crecí sabiendo que, como mujer, una siempre es reemplazable por eso las otras eran competencia. Como mujer, en muchas relaciones “estables” me tocó a mí ser una especie de madre o sirvienta, haciéndome cargo de los cuidados domésticos y emocionales. Apenas, con la luz del feminismo, estoy deconstruyendo el amor; dejando de lado mi vicio por el amor romántico.

Ser mujer, en salud, significa estar a unas semanas de ser intervenida quirúrgicamente para retirar un quiste que se aloja en mi ovario izquierdo. Y todo lo que eso resulte.[2]

En resumen, ser mujer en este mundo, en este país machista, ha sido muy complicado, a veces doloroso, incomprensible, injusto. Pero, también ha sido para mí algo profundo, intenso, importante. Y, dentro de este contexto histórico, social y cultural, después de encontrarme con el feminismo, con la toma de consciencia, con otras mujeres maravillosas, ser mujer, existencialmente, ha sido una experiencia trascendente, potente, llena de aprendizajes vitales. Ha sido un camino lleno de revoluciones. Lleno de placeres intelectuales y afectivos al reconocerme en, y con, otras mujeres. Es una condición llena de retos, de misterios que esperan ser descubiertos; de certezas y dudas.

Ser mujer, el hecho de ser mujer, mis vivencias y el cuerpo con el que las enfrento, es algo que muchas veces no sé cómo explicar, pero que ha sido el motor para perpetrarme a través de las letras, para buscarme en el arte de la palabra.

Ser mujer, es el mejor viaje que pude tener en un mundo apabullado por la aparentemente desigualdad inevitable. Es una vida repleta de cuestionamientos que parecen eternos, que día a día amo y me apasiona intentar responderlos.

[1] Mi nombre tiene una historia peculiar. Como siempre he sido preguntona, en algún momento cuestioné a mi madre respecto a mi nombre. Ella dijo que mi papá quería llamarme “Marisela”, pero que luego en su afán de detectiva, mi mamá descubrió que así se llamaba una “novia” de mi padre, así que mejor me llamó Marisabel; como para no desentonar del todo con él, pero tampoco complacerlo.

[2] Esta intervención se pospuso debido a la contingencia de salud.

 

Autora: Marisabel Macías Guerrero. Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y habitante contenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría, apasionada de la escritura. Feminista, promotora de cultura y profesora. Cuenta con experiencia como tallerista y mediadora de lectura. Obsesionada en tópicos como el erotismo, placer, deseo y amor. Amante de los libros, el café, las buenas charlas; aunque también, muchas veces, la soledad y el silencio.

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