Ser mujer

¿Qué ha significado ser mujer a lo largo de mi vida? Sin duda algo distinto en cada etapa, algo en lo que ni siquiera reparé hasta hace poco.

En mi familia soy la hija más chica, tengo dos hermanos mayores que me llevan ocho y diez años respectivamente, por lo que la educación que recibimos fue completamente distinta, yo crecí para fines prácticos como hija única, y mi primera formación estuvo a cargo de mi abuela porque papá y mamá trabajaban. Me sentía muy sola y muy desubicada desde entonces.

Recuerdo que durante mis primeros años quería ser niño y hasta me imaginaba llevar el nombre de alguno de mis hermanos. En realidad, ahora entiendo, lo que quería era ser libre de escoger los juguetes, los juegos, las caricaturas y la ropa que me gustaba. No puedo decir que no lo haya hecho, la verdad es que siempre me consintieron todo -el privilegio de ser la menor-, pero me habría gustado saber que no estaba mal, que yo no estaba mal.

Por mucho tiempo rechacé las cosas que me enseñaron a reconocer como “propias de las niñas”. Nunca supe qué hacer con las muñecas que en ocasiones me regalaban, se las daba a mis abuelas. Para mí, lo femenino era sinónimo de inferioridad, era tonto y aburrido. Definitivamente no quería ser encasillada en eso, y en consecuencia juzgaba a la demás niñas que sí lo eran. ¿Por qué? ¿Cómo se llega a pensar tal cosa a tan temprana edad? Así de fuertes y efectivos deben ser los mensajes con que nos llenan la cabeza, de odio hacia las mujeres.

Me acuerdo muy bien de cierto fin de año. En mi casa los niños reciben regalos dos veces: en Navidad y en día de Reyes. Santa Claus suele traer ropa; y los Reyes, las cosas que de verdad valen la pena. O así lo percibía yo, ya que casi nunca me gustaba la ropa. Pero nunca me sentí más decepcionada que cierta Navidad cuando tenía alrededor de diez años en que me llegó una caja de maquillaje. Es normal que los adultos te pregunten: “¿Y qué te trajo Santa?”. Yo respondía avergonzada: “Una caja”, sin revelar su contenido. ¿Acaso me había portado mal? ¿No había sido específica en mi carta? Era como un castigo, un sutil mensaje de que a partir de ese punto debía por fin comenzar a comportarme como aquello para lo que había nacido, y complacer quienes así lo esperaban, por mi propio bien.

Por supuesto que no lo hice, y en esa rebeldía, en ese renegar de lo establecido también me negué muchas cosas que pudieron gustarme legítimamente, como bailar, cocinar, o confeccionar ropa, que son cosas que al día de hoy me encantaría saber. En la secundaria, por ejemplo, estaba segurísima de que el peor taller de todos era corte y confección, pedí electrotecnia, pero en ese tampoco me aceptaron porque era “sólo para hombres”.

Durante la adolescencia comenzaron las inseguridades, no recuerdo haberme sentido jamás cómoda en mi propio cuerpo hasta no hace más de dos años. También en esa época conocí el terror de estar sola en la calle. Había ganado autonomía para desplazarme pero bajo la condición de caminar siempre con miedo. Nunca se me impuso un horario de llegada en casa, pero yo misma me restringía y me restrinjo todavía las salidas de noche.

En cuanto a la sexualidad, creo que tengo poco de lo que quejarme. Tanto mi papá como mi mamá estudiaron medicina y es un tema del que siempre me hablaron abiertamente. En casa nunca me incomodó hablar sobre mi menstruación ni expresar mis dudas. Pero es muy diferente fuera, y en la secundaria nada me avergonzaba más. En la escuela había un banco de toallas sanitarias a disposición de las alumnas que las necesitaran, bajo la condición de reponerlas después, pero cuando no lo hacían, una maestra iba salón por salón nombrando a las alumnas que no habían cumplido con su cuota. No había mayor humillación que esa. ¿Cómo no íbamos a crecer pensando que era algo vergonzoso cuando nos señalaban de esa manera?

La prepa fue mucho mejor, ahí conocí a las personas correctas, las que me han ayudado desde entonces a aceptarme y aceptar a los demás, son por quienes empecé a ser consciente de mi forma de expresarme y de cómo esta nos define, nos limita, nos niega o nos libera. Mi manera de relacionarme con otras personas comenzó a gestarse ahí, estableció sus bases en la honestidad, la confianza, el amor, la comunicación y lejos, siempre muy lejos de la competencia.

Por desgracia, todavía hay cosas inscritas en un nivel muy profundo de mi ser y de las cuales no he podido liberarme. Me refiero a todas aquellas relacionadas con el amor romántico. Tanto mi abuela como mi madre, mis primeros referentes femeninos, de manera inconsciente reforzaron en mí la idea de que lo mejor del mundo era la vida en pareja y que no había dolor más grande que el abandono. Ellas se convencieron de que yo tenía novios desde muy chiquita y, aunque nunca fue el caso, la verdad es que no recuerdo una sola época de mi vida en que no me haya sentido atraída por un hombre. Es agotador tener un nombre dando vueltas en la cabeza, un nombre que nunca es el mío. Ya tuve suficiente y, sin embargo, no puedo evitarlo. No importa cuánto me deconstruya, cuánto lea, cuánto entienda, en el amor siempre termino sufriendo. En cualquier momento de distracción vuelvo a verme anhelando, insegura, y en competencia con otras mujeres. Espero un día poder ser suficiente para mí.

Hace unos días me preguntaba la psicoanalista cuáles eran las ventajas de ser mujer, no pude pensar en ninguna. Pero sí las hay, la oportunidad de pensarme de manera crítica es una de ellas, pero la más valiosa: el vincularme con otras mujeres a través del sufrimiento, de la rabia, de la frustración, y sobre todo de las ganas de cambiar las cosas.

 

Autora: Abigail López (Ciudad de México, 1992). Feminista, maestra de idiomas y apasionada del lenguaje. Ama los gatos, los libros y el jugo de naranja.

Ilustración de: Paulina Silva Chala

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