La cicatriz es un río

I

Tres de la mañana en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, Argentina. No, no es un programa de radio. Es marzo. Abril. Mayo. Otoño del 81.

Me despierto del dolor. Mis padres llaman al doctor Izquierdo. La criatura de siete años -yo- que está en cama con tremendos retorcijones sufre una especie de venganza del médico. ¿Venganza? ¿Por qué? ¿Por haberle preguntado antes en una consulta ¿usted siempre zurdo? ¡Era un chiste! Zurdo es izquierdo. ¿O no? Esos chistes no se hacen, dice mi mamá, y yo no entiendo por qué. Dele un analgésico, dice Izquierdo ahora. Debe ser una gripe. Entonces no viene. Se está por ir de vacaciones.

Vivo en una casa blanca grande de dos pisos en la calle Azara, que queda a la vuelta de la municipalidad. La planta baja la ocupamos mis padres y yo. La planta alta, mis tíos y mi prima de nueve. Somos muy unidos: nos vemos todos los días. Por eso mis padres despiertan enseguida a mis tíos y les piden el teléfono del pediatra de mi prima, el doctor Di Leo, que sí viene rápido. Él está seguro de que es una peritonitis. Es decir, cuando el apéndice se hincha tanto que está a punto de explotar. Decide internarme de urgencia. Me da cucharadas soperas de suero mezcladas con Seven Up.

¿Cómo llegué hasta ahí? No sé muy bien. Sí sé que el sábado me habían llevado a Imepa, el Instituto Municipal de Educación por el Arte de Avellaneda, un lugar que me gustaba mucho aunque me costaba esfuerzo después de las clases de toda la semana. Es posible que ese día hayamos ido a ver barcos abandonados en la orilla del Riachuelo. Es posible que ese día me haya llevado un tornillo de barco de recuerdo y lo haya limpiado después. Es posible que me haya ido cansada pero contenta.

Lo que sí es seguro es que mi padre me trajo en su Citröen Diane 6 celeste y tuvo que parar para que vomitara en medio del tránsito de la avenida Pavón. Igual me llevaron después a una reunión de Acción Católica en el colegio Inmaculada. Odiaba Acción Católica en el colegio Inmaculada. Me comían la oreja ya a los siete años para que fuera monja. Y tomé un chocolate con leche muy pesado. Eso debió haberme terminado de reventar.

Creo que Imepa era una suerte de compensación por la rigidez de la educación católica que tenía que aguantar y porque mi madre no me pudo llevar más a Cantaniño, un festival para pequeños astros del canto en el que me habían seleccionado después de que fuera con ella a una audición.

Mi mamá había sido maestra de Maradona, que ya explotaba de talento en sexto grado. Y sabía de pedagogía por lo que en casa también seguía ejerciendo, con un compromiso evidente para que aprendiese más rápido que los demás. A ella le gustaban los niños genios. Creía que lo único que te podía salvar del gris era la varita mágica de la fama. Y por eso intentaba llevarme a Cantaniño después de su trabajo. Pero era complicado: vivíamos en Lomas y Cantaniño se hacía en el canal ATC, a dos horas de colectivo de casa.

La primera vez llegué re tarde al reparto de camisetas con el logo del sapito cantor. Como no había más, mi mamá me compró una remera amarilla lisa que no desentonaba tanto. La segunda -con esa remera amarilla lisa que no desentonaba tanto- llegué tarde a una aparición del coro en el programa Videoshow. Cuando me dejaron pasar al estudio, los nenes ya estaban en pantalla. Yo me abataté. No me animé a ir corriendo para unirme a ellos, pero sí me atreví a quedarme en el estudio cuando los sapitos cantores ya se habían ido. El programa llegó al final y el conductor, Llamas de Madariaga, se despidió sin percatarse de mi presencia. Alberto Muney, el coconductor, sí se dio cuenta. Recuerdo su cara sonriente pero intrigada al despedirse de la teleaudiencia mientras miraba la cabecita que se asomaba tímidamente entre los bastidores. Sí, me había visto. Alguien por fin me había visto.

El doctor Di Leo (o doctor Muney a los efectos de esta historia) me acuesta enrollada en una frazada verde de motivos escoceses en el asiento trasero de su Ford Fairlane y me lleva a toda marcha al Policlínico, a seis cuadras de casa. Diría que hasta se mete a contramano por Pavón. Es todavía madrugada. Son unos metros. No pasa nadie. Aún. Me anestesian. Me despido de mis padres, que tratan de sonreír. Veo la luz circular de tres reflectores en el quirófano y al cirujano (creo) con el barbijo puesto.

II

Me despierto con un tubo de plástico transparente metido en la nariz. La sonda -así la llaman ellos- me complica la respiración y saca cosas amarillas de mi cuerpo, que parecen migas de pan. No, no han abierto mi cuerpo para poner un despacho de pan, como se me ocurre al principio. Eso sería muy raro. Pero también es muy raro que el pus -porque en serio, es pus- tenga forma de miga de pan y salga de mi cuerpo por un tubito transparente que se mete por uno de los agujeros de la nariz. Así y todo, me dicen que la operación fue un éxito. Y que a pesar del éxito, o justo por eso, tengo que quedarme en el hospital unos cuantos días.

Estoy en terapia intensiva. Aprendo enseguida los nombres de los médicos de guardia de lunes a domingo. Hay que uno que destaca: Domínguez, porque viene los sábados. Cómo olvidarlo. Con el tiempo, también aprenderé que terapia intensiva es el lugar donde atienden a los enfermos graves. Para mí, en ese momento, terapia intensiva significa lugar con rutinas. El primer ritual que ponen en marcha es el de despertarme para limpiarme la herida. Veo todos los días que tengo un gran corte en el abdomen que drena, me dicen. Hay que limpiar la herida que drena, me explican. Y veo también que han desatado mi cordón umbilical. Estaré muchos días sin ombligo. Cuando pregunto por qué (me impresiona ver mi cordón umbilical cortado y estirado) me contestan lo que ya sé: hay que limpiar la herida que drena.

El segundo ritual es el de recibir visitas en el horario de visita. Por lo general vienen mis padres y otros parientes, pero también viene el doctor Izquierdo, al que veo por última vez.

El tercer ritual es el de recibir regalos. Me traen flores y una nave espacial de la Guerra de las Galaxias troquelada para armar importada en plena Plata Dulce. Mis compañeros de segundo grado -todos- me mandan postales o dibujos con mensajes de aliento. Algunos me escriben cartas largas y me dicen todo lo que jugaremos cuando me recupere. Incluso algunos que no son amigos míos y me tratan mal. Otros piden nada más que me mejore y a algunos se les nota que fueron obligados: mandan buenos deseos con muchas faltas de ortografía. Me doy cuenta gracias a que leo con mamá.

Instalan una tele blanco y negro portátil al lado de mi cama. Veo siempre Gabi, Fofó y Miliki, canto la Gallina Turuleca, veo el show de Cañito y Firulete. “Cañito, ¿qué pasó?”, pregunta Firulete. “¿Ya están los ravioles?” El payaso Firulete es tan fanático de los ravioles como yo. Pero yo no puedo comerlos. Por eso, un enfermero se conmueve y me pinta con témpera un retrato de Firulete con un raviol en la boca. Bautizo al enfermero Maradona, porque tiene rulos como Pelusa y porque Maradona -el jugador- es muy querido en casa, porque, como ya dije, fue alumno de mi mamá y porque también salió campeón juvenil en Japón en el 79. Grande Maradona. Hablo del enfermero ahora. Su regalo es casi tan fantástico como la nave espacial de la Guerra de las Galaxias troquelada para armar importada en plena Plata Dulce.

También chequean constantemente que el suero llegue a mi cuerpo en condiciones. Usan dos tipos de aguja para eso. La larga y la mariposa. La larga es la más común y al parecer pasa mejor el líquido. Tiene la desventaja de que duele más y puede durar poco tiempo en su lugar porque tengo la tendencia a mover demasiado los brazos pese a estar en cama. Por eso, después de intentar varias veces, empiezan a usar la mariposa con la que te pinchan tomándola de sus dos aletas verdes que se vuelven a abrir sobre tu brazo y mantienen un poco más firme la aguja.

Si la aguja se sale de la vena, se infiltra. Tiene la aguja infiltrada, dirán al constatarlo Maradona, Irene y todos los demás enfermeros. Es el momento de sacármela y pincharme de nuevo. La estrategia de la mariposa dura poco. También la mariposa se infiltra. Y eso deja moretones. Un día cuento los pinchazos en cada brazo. Son 25. En cada brazo. Entonces viene Domínguez (era un sábado) y me entablilla el brazo. Y lo ata a la cama para que no lo mueva. O sea vuelve a la estrategia de la aguja grande, pero con el agregado de atarme a la cama. Entonces el suero fluye sin interrupciones. Es obvio, en el 81, la eficiencia es más importante que la libertad.

Pero hay un inconveniente, obvio: no es una eficiencia eficiente. O lo es, solo si trata de administrar dolor. La aguja quema. Se lo digo a Irene, que al principio no me cree. Insisto y ella se lo dice a Domínguez, que al principio no me cree. Insisto durante horas: no me creen. Lagrimeo durante horas. No me creen. Hasta que lloro y grito. Entonces Domínguez, todavía escéptico, saca las vendas. Y no da crédito a lo que ven sus ojos. O sea tampoco lo cree: al lado de la aguja hay un óvalo pequeño color blanco, rodeado por otro óvalo más grande, morado, y rodeado por otro aún más grande color carne viva. Domínguez ante una quemadura de lo más original. Domínguez ante el exceso de mertiolate. Domínguez ante su obra. Entonces, el doctor Domínguez pone cara de doctor Izquierdo, de doctor Llamas de Madariaga, que, para que nos entendamos, es una cara diametralmente opuesta a la de los doctores Di Leo y Muney. Para que nos entendamos, y aunque no lo parezca, los doctores Di Leo y Muney son los héroes de esta historia.

III

Pobre, tiene la sangre colapsada, dice Irene. Pone la aguja número 27 en mi brazo y solo sale un poquito de sangre y algo raro que parecen burbujitas de aire. Me duermen y me despierto con la pierna derecha estirada en altura. Hay un sachet de sangre conectado a mi pie. Sí, sachet de sangre. Mi pie se pone morado, se hincha; se transforma durante unos días. Son justo esos días en los que veo en la tele que Lorena Paola gana Festilindo. Señoras y señores, Cantaniño ha pasado a la historia de un día para el otro. Si mi mamá y yo hubiésemos llegado temprano a los ensayos, también nos habríamos equivocado.

Ahora el festival por excelencia de niños cantores se llama Festilindo y tiene proyección regional. La final se hace en Puerto Rico, quedan Puerto Rico y Argentina empatados y en un golpe de timón insólito pero que funcionó bien ante las cámaras, el niño boricua premiado dice: ya que soy local le cedo el premio a la Argentina. A Lorena Paola. El país siente que salió campeón de vuelta como en el Mundial 78. Ella canta un twist dedicado al sustantivo. No es como Cantaniño, cuando cantábamos la de la mochila azul, la de ojitos dormilones, me dejó gran inquietud y baja calificaciones. Lorena canta: con él se puede nombrar. Con nuestro amigo el sustantivo. Se puede nombrar. Tal vez. Quizá. Tal vez no. Ella no lo dice ni lo canta, pero tal vez lo intuya. Sus padres y todos los demás, los televidentes, también. Pero igual nos dicen que les ganamos de visitantes, los campeones del mundo. Ahora tendríamos que ganar una guerra contra una potencia. Vamos a ganar una guerra contra una potencia. No nos lo dicen todavía, pero lo creen o hacen que se lo creen y lo sabremos dentro de poco. Mientras tanto yo veo que mi herida va tomando una forma cada vez más definida. Cada vez drena menos, aunque cuando parece que va a cerrarse se infecta. El Doctor -cirujano- De Luigi, otro de los héroes de este relato, la mira y extrae un hilito que se había quedado rezagado. Menos mal, me dice y se ríe. Ahora que saqué este hilito tengo la seguridad de que va a terminar de cicatrizar la herida. Me rehacen el ombligo. La herida ya no es más herida sino cicatriz. Y la cicatriz tampoco es cicatriz. Es más bien un río desbordado de su cauce.

Autora: Lea Marie Uría nació en Lomas de Zamora en 1974. Es escritora, periodista, música y performer. Reside en Berlín, Alemania, desde 2012. Clara es la primera novela que publica desde que inició su transición en marzo de 2018.

Ilustración de: Gemma Capdevila

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