Mi primer amor

Hoy me detuve a pensar un instante en el dolor que me causa sentirme alejada de la selva, hoy decidí adentrarme en lo más profundo de mis dudas con respecto a cómo los sueños se abandonan, hoy, justo hoy, me tomé el tiempo para hurgar en mis recuerdos. Ahí estaba ese lugar, con el que sueño siempre sin saberlo. Ahí estaba esa desproporcionada figura de mis recuerdos como nunca antes la había pintado en mi cabeza, ahora era capaz de sentirla nuevamente. Desde el avión se divisaba un verde infinito partido por grandes ríos. Yo no podía sentir más que ganas de bajar y adentrarme en ese lugar, donde ya hace unos años había encontrado al amor de mi vida. Un amor que me acompañaría hasta ahora, hasta mi presente.

Sin lograr entender a fondo cómo podía rehacer tan vívidamente ese recuerdo, me encontré con alguien que reconocí muy bien. Era yo, esa niña despreocupada de 16 años que se estaba preguntando una y otra vez, qué era ese lugar tan extraño al que acababa de llegar. Tomé una pluma sin pensarlo más y me preparé para escribir palabra por palabra lo que quería decirle a esa niña. La seguí, caminé tras de ella en esa pequeña ciudad llamada Leticia, mientras intentaba recordar, o en el peor de los casos, descifrar qué se le pasaba por la cabeza. Ahí surgieron las primeras palabras de mi carta:

“Ahí estás, tan distraída como siempre, pero tan atenta a los detalles. Con el tiempo olvidarás mucho de lo que hoy ves, pasarás por alto muchos de estos recuerdos y te costará sentir lo que hoy piensas que será eterno. Pero, aun así, la selva te llenará de experiencias, de preguntas y deseos”

Mientras navegábamos por las carreteras de agua de la Amazonia, respirando ese aire denso, húmedo y caluroso, yo me miraba riendo sin parar en la punta de la barca. Junto a mí estaba Susana, me divertía pensar en su reacción si ella se viese hoy en día tal y como yo la estaba viendo en esa barca a mi lado. Seguro, miraría con desprecio a esas dos adolescentes y me preguntaría “¿Cómo nos dejaban salir así de feas a la calle?”, mientras tanto soltaría una carcajada y diría satíricamente “¡Qué bueno que crecimos!”. Justo en ese momento surgieron otras palabras en el papel:

“Tus amigas de hoy permanecerán incluso en unos años, habrá momentos donde la vida las separará, pero habrá otros en que las unirá más que nunca. Vendrán algunas experiencias dolorosas que te enseñarán a enfrentar a la muerte de manera prematura, se irán personas que quieres y aprenderás a lidiar con las tristezas y las ausencias. Muy posiblemente vivirás lejos de tus amigas, pero en tu adultez podrás ver con mayor claridad lo que hoy estoy viendo. Entenderás que las cosas que las unirán siempre son estas experiencias y todos los recuerdos acumulados. Crecer, dar paso tras paso junto a ellas, te dio algo que nadie te ha podido quitar, te dio confianza en la amistad, te mostró que acompañada es más fácil superar muchos obstáculos, y te mostró que una familia no se construye solo con lazos de sangre”

Al llegar a nuestro lugar de destino, ya caída la noche, sentí unas profundas ganas de llorar. Era tal y como lo recordaba; los sonidos ensordecedores del río y los animales, el olor de los árboles y la brisa nocturna, la humedad sofocante de las lluvias y el calor. Pude sentir nuevamente esa emoción de encontrar al primer amor, lo reconocí de inmediato, como si nunca me hubiese ido de ese lugar. Volteé para verme, y vi mi cara de espanto mientras intentaba mantener la calma frente al resto de mis amigas. Movía mis ojos de un lado para el otro, explorando por primera vez la selva con la ayuda de una lámpara de mano y la luz de un mechero que se consumía por la oscuridad. Aproveché el último instante de luz, y le escribí a esa niña asustadiza:

“Con respecto al amor, bueno, pues así se siente enamorarse, te adentras en un mundo nuevo y sientes miedo. Nunca lo habías vivido así, porque el tiempo te demostrará que amar va mucho más allá que enloquecer por el físico de un idiota. Con el pasar de los días te sentirás plena y sabrás que este amor será eterno”

Al día siguiente desperté en mi cama con los ruidos de los pájaros y los autos. Estaba de vuelta, era mi departamento en medio de la selva de cemento. Me alegré de estar ahí, pero sentía una inmensa nostalgia que aún no se aliviaba por el pasado vivido. Mientras preparaba un café, tomé nuevamente mi hoja de papel, mi pluma y comencé a escribir.

“Heme hoy aquí en el presente tras caminar un largo camino que comenzó justo donde te dejé. Esa espesa selva casi te lleva al borde de la locura por amor, e incluso a tus 28 años lo recordarás. Ese instante pasó tan rápido, que al momento de despedirte sólo pudiste jurarte a ti misma que volverías. Año tras año recordarás ese amor fugaz con más cariño y empezarás a trazar tu camino, anhelando volver a verla. A ella, sólo a ella, la inmensa selva Amazónica”

Mientras tomaba café, decidí mirar a mi lado y sonreírle a esa persona que hoy amo. Pero mi sonrisa se convirtió en carcajada cuando pensé en cómo iba a explicarle a esa niña de 16 años, en la carta, lo diferente que se puede vivir el amor con el pasar de los años. Retomé mi labor y escribí:

“Aún no puedo describir con exactitud lo que se siente no ser correspondido en una relación. La selva es y siempre será el amante que mejor te correspondió. Con el pasar de los años verás cómo te vuelves una apasionada fanática del amor, así es, te encanta amar y ser amada. Te gustará experimentar y disfrutar al máximo tus sentimientos. Vendrán algunos dolores de cabeza también, ya que te frustrará no ser correspondida y perderás la cabeza intentando entender por qué no puedes manejar, como tú quisieras, esos sentimientos de frustración y dolor. Sin embargo, tu mayor fracaso surgirá cuando te sientas más alejada de ese primer amor, cuando sientas que te desviaste del camino que conducía a verlo nuevamente, cuando la selva no aparezca en ese plano lejano hacía el cual te estás dirigiendo. Pero guarda la calma, tú misma encontrarás la forma y con paciencia mirarás esos presentes cómo herramientas para seguir caminando hacía el mismo lugar en el futuro”

Le doy un beso a mi pareja, tomó un poco más de café y abro mi computadora. Decido mirar las fotos de esa niña viviendo apasionadamente el encuentro con su primer amor, con mi primer amor, con aquel amor único tanto de ella como mío. Termino mi café y escribo:

“En esta carta, puedo adelantarte ciertas cosas que te aseguro no cambiarán ninguna decisión que tomarás en la vida. La selva te llevó a encontrar tu pasión, te condujo hacía la biología. Esta última, involucró muchos retos grandes para ti, pero nunca dudaste ni pensaste en desistir. Tu carrera universitaria te llevó a descubrir lo fuerte que puedes ser, aunque muy en el fondo siempre lo supiste”

Me detengo un momento y pienso en mis responsabilidades actuales. Mi salida de campo de la próxima semana, terminar mi tesis, asistir a mi clase de yoga, terminar de leer el libro para mi círculo literario de mujeres y ver a Gonzalo que llegó de Nueva York. Todas estas cuestiones del presente me aclaran la mente, tomo aíre, siento una plena tranquilidad y concluyo:

“Sin contarte más allá para no arruinar las sorpresas, puedo decirte que a tus 28 años no has ido a ese reencuentro con tu primer amor. De hecho, es por eso que hoy escribes esta carta, porque nunca has dejado de sentirte culpable por no cumplir tu juramento de volver. Estas palabras buscaban encontrar la razón de esa tristeza que sientes al recordar la selva y poder al fin sanar. Puedo adelantarte que lo has logrado. La Amazonia fue la utopía de un instante, allí te encontraste a ti misma y te enamoraste. Hoy, te aferras a ese momento y a ese lugar, como al estado más puro tu propio ser. Porque a partir de ese instante dejaste de mentirte y decidiste serle fiel a ese primer y único amor: tú misma. Hoy, 12 años después, me doy cuenta por fin, gracias a ti, que la selva vive en mí. Hoy, siendo la misma enamorada y apasionada, redescubro mi territorio salvaje. Hoy te escribo para decirte finalmente que, ese encuentro pasional con la selva fue, es y será eterno”

 

Autora: Elisa Lotero Velásquez, colombiana residente de la Ciudad de México, nacida en Medellín (1991). Bióloga apasionada, con una maestría en curso sobre el manejo integral de ecosistemas, perteneciente al Laboratorio de Etnobotánica Ecológica del Jardín Botánico del Instituto de Biología UNAM. Su trabajo investigativo se ha centrado en el uso y manejo de los recursos naturales por parte de las comunidades rurales, campesinas e indígenas. Está convencida que la defensa del territorio es fundamental para el crecimiento de la sociedad. Sus experiencias laborales y personales se centran en el ámbito de la educación. Feminista declarada desde que se hizo consciente de su posición como mujer y simpatizante de un grupo en la actualidad.

Ilustración de: Ely Ely / tomada de: https://twitter.com/elyelyilustra/status/996545454333718528

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