Días de cuarentena

Estos días donde prevalece la incertidumbre, el miedo, el vacío y la enfermedad, los he pasado con mi pequeña familia. Esta cuarentena ha sido una oportunidad para reencontrarnos, redescubrirnos, incluso de gozarnos. Antes, en un día cualquiera: nos despedimos muy temprano para vernos hasta caer la noche, cenar juntos y platicar rápidamente sobre lo que fue nuestro día, o nuestros planes para el día siguiente; al otro día era lo mismo, despertar y despedirnos amorosamente. Hoy, en cambio, pasamos el día juntos, y sí, hemos pasado por todos los estados de ánimo, y optamos por darnos espacios pues a veces se necesita estar solos. Así que en nuestra casa está bien enojarse, está bien llorar, está bien sentir frustración o miedo.

Los primeros días de esta cuarentena, pensé en escribir, escribir mucho, pero no me pude concentrar, y tampoco me quise perder nada de lo que estaba pasando a mi alrededor. Resolví que quiero tener todo registrado en mi mente, y no como un mal tiempo, no como la época donde las calles de la ciudad se vieron vacías, sino como una donde todo el mundo tuvo la fortaleza de continuar aun con todo en contra, la economía, la zozobra de lo que pasará mañana, la indiferencia de algunas personas o instituciones, el miedo hacia algo que no podemos ni ver ni palpar pero que existe y mata, cada vez a más y más personas. Nunca pensamos lo fuerte que esto puede llegar a ser, hasta ahora que nos tocó y la película de terror se volvió nuestra realidad. Aun así, quiero recordar estos días, el tiempo que nos tocó vivir, tal cual es, con lo negativo y lo positivo.

No siempre estuve tan serena, la primera vez que salí por las compras, me vi de pronto en un supermercado casi sin mercancía, y me solté llorando, ahí en medio de la gente que se arrebataba lo poco que había. Y me pregunté, ¿qué está pasando? No entendía lo que mis ojos veían. Incluso las calles vacías tenían un olor extraño.

La segunda vez que tuve que salir, de nuevo no encontré nada en el súper, pero las calles olían diferente, esas calles solitarias, no olían a muerte sino a esperanza, a fe. No creo en Dios, pero tengo una fe profunda en ellos, en las mujeres y en los hombres que están tratando de hacer algo por todas y todos nosotros; eso me sostiene.

En nuestra casa, unos rezan, y otros como yo tenemos fe en la ciencia. El otro día, durante la comida alguien dijo “me estoy acordando de Ana Frank, de sus días”. Surgió una plática sobre la situación que vivimos. Después de eso, decidimos racionar la comida para que durara más, y de esa forma evitar lo más posible salir. Y además de eso, aquí en esta casa, también organizamos clases de baile, pintamos con café, leemos un rato, tenemos organizadas varias actividades para llevar el día, sin contar las llamadas con nuestros seres queridos.

Como mujer, resistir ha sido una forma de vida, desde que nací, desde mi primer abandono, desde mis primeras violencias, así que de alguna manera estoy acostumbrada. Hoy, resistir, para todo el mundo es nuestro día a día, ¿cómo lo tomarán el resto de las personas?

Sólo puedo decir que quizás una salida sea apegarnos a nuestra fe, sea cual sea, apegarnos a nuestros afectos, a nosotras mismas. Apostemos por tener este tiempo para reencontrarnos, para no dejarnos solas, para cuidarnos y sostenernos.

Son tiempos difíciles, pero son nuestros tiempos.

¡Resistamos desde el amor, la empatía y los cuidados mutuos!

 

 

Autora: Norma Miriam Hernández Rosas, Estado de México. Ha publicado en Poesía de Morras, y Yo, Lolita.

Ilustración de: Andrea Fonseca.

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