Las dos Menas

Mena:

Siempre había querido que me dijeran así: Mena. En realidad, no por Ximena, sino por Filomena, mi abuelita paterna. Mis papás me dijeron que cuando nací, mi abuelita dijo “¡Por fin, una mena en la familia!”. Nunca supe a qué se refería exactamente, quizá nunca lo sabré. Lo que conozco y sé de ella, es por las historias que me cuentan mis papás. Mi abuelita murió de 95 años, intentando mover una maceta, cuando yo era una niña. Ni siquiera recuerdo el año. Siento pena no tenerlo presente.

Pocas veces conviví con ella. No sé si era porque la visitábamos poco, porque mis papás no me llevaban, o si sí me llevaban, pero no lo recuerdo. De lo que sí me acuerdo es de su cabello blanco, de sus orejitas frías y colgantes. Me gusta tocar la piel fría, no sé desde qué edad lo disfruto, pero a la fecha es una obsesión.  Yo tenía siete u ocho años cuando ya le decía a mi abuelita: “¿me dejas tocar tus orejitas?” Cuando me decía que sí, le contestaba: “es que están muy frías”.

La sensación de la piel o los objetos fríos, me trae muy bonitos recuerdos. Mi mamá siempre tiene las manos frías, y la mayor parte de mi vida dormí en camas de latón. El latón es un metal y, como cualquier metal, casi siempre está frío. Dice mi mamá que teníamos esas camas porque mi papá se las compró a un señor hace muchos años, y aunque a ella no le gustaban, “había que aprovecharlas”. Debo confesar que, al principio, a mí tampoco me gustaban (son altas, pesadas y difíciles de mover), pero con el tiempo les tomé cariño. La sensación de despertarte a mitad de la noche y meter las manos entre medio de los barrotes fríos, es indescriptible.

El frío de las orejitas de mi abuelita, de las manos de mi mamá, y de los barrotes de mi cama de latón, también me ayudaron a conectar con mi cuerpo. Hasta la fecha, nunca pierdo oportunidad para tocar mis “pompis”, mi pecho, mi estómago, la lonjita que se me hace en las caderas o mis pies cuando están fríos. Incluso, cuando me mudé a la Ciudad de México, mis papás me animaron a comprar un ventilador. “¡qué maravilla, pensé, ahora toda mi piel va a estar fría!”.

Jamás me imaginé que hablar de mi abuelita paterna me iba a llevar a recordar todo esto. Sin duda, evocar a las personas que nos importan y las historias que nos enlazan a ellas, pueden despertar en nosotras recuerdos extraordinarios, que aún están presentes en el ahora.

Filomena ha sido una de las mujeres más olvidadas en mi historia familiar. Con mi otra abuelita materna, en realidad, convivo bastante. Hasta mis 17 años la vi casi cada fin de semana, y durante siete u ocho años consecutivos me dio clases de “redacción, oratoria y literatura”. A ella le debo mi pasión y mi gran amor: la historia.

Pero, como dije, de mi abuelita paterna estoy muy desmemoriada. Me gustaría que más cosas pudieran vincularme a ella. Mi mamá siempre dice que tengo la forma de su cara, de “corazoncito”, y que a ella también le gustaba “andar descalza” pero ¿y nada más? No quería quedarme con la duda, así que le marqué para que me diera más pistas. Me dijo que no sólo es la cara de “corazoncito” y lo de los pies descalzos, sino que me parecía mucho a ella en lo “claridosa”, que cuando quiero decir algo “nada me detiene para externarlo”, que “siempre aprendo algo nuevo”, igual que Filomena.

También recordé que, hace tiempo, mi prima Andrea (la hija de la única hija mujer de mi abuelita Filomena, y una de las personas más entrañables de mi vida) me dijo que nuestra abuelita me quería mucho y que varias veces le llegó a encontrar bolsas de juguetes que había comprado para mí. También me contó que le decía: “no los vayas a tomar, son de Ximena” o “son para una niña”, y después me los veía a mí. Sentí mucha ilusión y alegría; pero al mismo tiempo, tristeza por no conservar ninguno de sus regalos.

¡Ay, los regalos de mi abuela! puedo recordar las cazuelitas de barro que me compró, las muñequitas de plástico. Y, es cierto, no conservo nada de eso, ni puedo tocar sus orejitas frías, ni ver su cara en forma de corazoncito y su cabello blanco. Ya no puedo disfrutar de que me cuente cosas nuevas, o escuchar lo claridosa que era. Sin embargo, más allá de la tristeza, también puedo sentir nostalgia bella, y reconocer lo que sí puedo: conservar su recuerdo. Lo que sí puedo hacer, es honrarla. Recuperar mi linaje femenino, habitar mi propio árbol genealógico; todo lo que “nace y muere” entre mi abuelita y yo. Además, por fin, hay una “Mena” en la familia.

Y por fin pude contar la historia de las dos Menas, a las dos.

 

Autora: Ximena Reyes Canseco. 25 años. Estudió historia en la FES-ACATLÁN y le gusta pensar que es michoacana y  feminista.

 

10 comentarios en “Las dos Menas

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