Diario de cuarentena

jueves 2 de abril

Hoy es un día de los que temía -un día sin razones, sin pendientes que me levanten de la cama- y ni siquiera tuvieron que llegar las vacaciones. Yo misma cancelé mis compromisos virtuales porque no tenía la energía necesaria para atenderlos. Me desgasta mucho esta situación.

Al inicio me parecía inexplicable este cansancio, esta pesadez. ¿Cómo podía terminar más agotada sin salir de casa que cuando tengo que desplazarme de un lugar a otro en esta ciudad? Además, me he dado cuenta de que me cuesta mucho poner atención a las clases en línea, porque sí, soy de las afortunadas que todavía puede mantener una pizca de “normalidad” llevando a cabo mis actividades a distancia. Pero no es normal, y este problema no lo suelo tener en el aula.

No consigo quedarme quieta cuatro horas frente a la pantalla “sin hacer nada”, necesito ponerme a hacer cualquier cosa.

Lo estuve pensando mucho, y sospecho que a muchas mujeres les pasa lo mismo, a causa de la carga mental. Estamos acostumbradas a ver la inmovilidad y el descanso como pérdida de tiempo, no nos permitimos detenernos cuando hay tantas cosas por hacer. Normalmente esas tareas son una sombra que nos sigue en nuestro día a día, pero estando en casa su presencia es ineludible y agota.

En mi caso no son tanto las labores del hogar las que me angustian, porque no recaen únicamente sobre mí, en general consigo evadirlas bastante. Pero no ha sido fácil llegar aquí, he tenido que reclamar mi espacio, delegar obligaciones y no aceptar nuevas en pos de mi tranquilidad.

Lo que me inquieta es sentir que no estoy haciendo nada productivo, así que me paso las clases inventándome tareas como poner en orden mis archivos, mi escritorio, mi agenda.

Otra cosa que me desorienta es que, durante el último año, he evitado estar en casa debido a una profunda tristeza que llegó hace tiempo y no he podido apartar, una que apenas estoy aprendiendo sobrellevar y no tengo intenciones de compartir con las personas que viven conmigo. Ya no me posee como antes, sólo a ratos, pero me aterra que alguien la note. No hay una buena comunicación en esta casa y no me atrevo a hablar de mis sentimientos porque desde niña me enseñaron que éstos no son una razón legítima de malestar, así que aprendí a ocultarlos y gestionarlos en soledad. Es esa soledad a la que me recuerda este encierro, y me pone mal.

Termino hablando sólo conmigo, pero muchas veces se me olvida tratarme con amabilidad. Quisiera callar esas voces que me hieren, y la única solución que encuentro es escribir. Tal vez por lo menos logre bajarles el volumen por esta noche.

 

Autora: Abigail López (Ciudad de México, 1992). Feminista, maestra de idiomas y apasionada del lenguaje. Ama los gatos, los libros y el jugo de naranja.

 

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