Instinto materno

“La maternidad es una enfermedad mental”, le responde Ramona a Dorothy cuando ésta le confiesa que aceptó el trato en la jefatura policial, para no condenarla por robo a grandes empresarios de Wall Street, en la película Hustlers. En esta sociedad, la maternidad nos ha determinado como mujeres, eres o no eres madre; por lo tanto, estás o no realizada.

Fui tía a los nueve años y recuerdo muy bien el enojo de mis padres cuando mis hermanas, dos de ellas, les confesaron sobre sus embarazos. A esa edad me parecía inverosímil que mis papás se molestaran tanto, porque para mí, claramente, mis hermanas ya eran muy grandes y podían tener hijos.

Cuando cumplí la edad que tenían mis hermanas al embarazarse de sus primeros hijos, me di cuenta que eran demasiado jóvenes para ser madres, y comprendí el enojo y la decepción de mis padres.

Ahora, intento ver a mis hermanas como mujeres, no como madres. Es un proceso complejo porque desde los nueve años las vi cumpliendo el rol para el que se nos educa. Vi a mis hermanas convertirse en lo que era mi madre cuando yo era adolescente y, a veces, prácticamente ser mis madres durante mis primeros años de mi edad adulta.

En retrospectiva y con la consciencia feminista que hoy rige mi vida, me cuesta creer todos los años en los que mis hermanas se callaron y, aún callan, los problemas de la maternidad, y lo que ha significado para ellas física y emocionalmente.

Muchos años después descubrí que una de mis hermanas casi muere al tener a su hija debido a la preclamsia; muchos años después me enteré de la culpa y la tristeza que sentía otra de mis hermanas debido al aborto espontáneo que sufrió; y muchísimo tiempo después me enteré que otra de mis hermanas tiene incontinencia urinaria después de 18 años de haber tenido a su último hijo.

Todavía recuerdo que, en mi adolescencia, le dije a una de ellas que era mejor tener cesárea y no parto natural, y su respuesta fue: “es peor la cesárea, cuando vas al baño sientes que todos tus órganos se van a ir con todo y la orina”.

¿La maternidad es una enfermedad mental? No lo sé, pero creo que debemos cuestionarnos más acerca de ello. Mis hermanas hablan entre ellas sobre lo que ha significado ser madre en cambios físicos, económicos y, pocas veces, emocionales.  Si no fuera por mi eterna curiosidad sobre el parto, desconocería todas las dificultades de la maternidad, si no conviviera tan de cerca con sus hijos e hijas, tal vez, viviría romantizando la maternidad “deseada”.

La vida de mis hermanas dio un giro de 180 grados al ser madres. Hoy por hoy desconozco cuáles eran los sueños, aspiraciones y planes de mis hermanas antes de ser madres. Las borré como mujeres porque sólo podía observar quiénes eran en función del cuidado materno hacia sus hijos y, en parte, hacia mí que soy la más chica. Quizá, conscientes de lo que atravesaron ellas, no reparan en felicitarme cada tanto, cuando afirmo tajantemente que no quiero ser madre y que tengo suficiente con las labores de cuidado que brindo a mis sobrinos y sobrinas.

Mis hermanas crearon una especie de complicidad más allá de la hermandad cuando se convirtieron en madres, y yo quedé en medio escuchando esas historias. Actualmente, todavía escucho confesiones escalofriantes sobre la maternidad de mis hermanas, como cuando una de ellas le preguntó a otra cómo le había hecho con tres hijos pequeños, y la respuesta fue: “ni me preguntes, ya borré esa parte de mi vida”.

Sin embargo, decidir que no quiero tener hijos, y asumir que eso que llaman “instinto materno” no vive dentro de mí, todavía me determina como mujer en esta sociedad. Como lo puntualizó Soraya Chemaly en su libro “Rabia somos todas”: “Independientemente de si una mujer procrea o no, los ideales de maternidad le dan forma a nuestra identidad, a nuestra vida económica, política y social, y a nuestras emociones”.

No deseo tener hijos, pero debo “cuidarme” para no tenerlos y eso implica un esfuerzo económico, físico y emocional. Hace un par de años decidí colocarme el implante subdérmico anticonceptivo y los resultados fueron catastróficos: subí de peso, apareció el acné, tuve insomnio por meses y, lo peor de todo, me sentí deprimida y devastada, como si no fuera yo. Y parece que no tengo otra alternativa, si mi decisión es no tener hijos, más que seguir sometiéndome a estos tratamientos para asegurarme, en cierto grado, de no concebir.

Conforme cumplo años la presión social y “biológica” me recuerda que vivo en este sistema que tanto idealiza la maternidad y donde sólo somos máquinas de hacer bebés. Cuando ciertos objetos de niñas y niños me parecen tiernos, las personas me dicen que es porque me llama el “instinto materno”; en las citas ginecológicas la pregunta obligada es si deseo tener hijos a corto o mediano plazo, y la última vez, se agregó el comentario: “porque si desearas tenerlos, este es el momento”, ¿este es el momento?

A mi edad, mis hermanas ya tenían dos hijos e hijas, y yo, lo que más deseo es poder ir a un festival de música, al que sueño poder asistir desde la adolescencia. A mi edad aún sigo comprando juguetes y llevando a mis sobrinos a parques o conciertos, claro me ven más como una amiga que como su tía.

Hace un par de años, cargando a mi sobrina, la más chica, una de mis primas se acercó y me preguntó que yo para cuándo. Lo cual me pareció curioso porque nunca llevé a una pareja con mi familia. Así que le contesté: “nunca, ¿para qué quiero hijos?, de los hijos nunca te deshaces. Ve a mi papá, tengo 26 años y sigue haciéndose cargo de mí”. Me miró con conmoción, pero luego se dio cuenta que lo que le dije era verdad y se quedó callada.

Desde muy, muy joven mi decisión de no tener hijos fue muy firme, y el mundo pensó que decir tan abiertamente que no deseaba ser madre se trataba de un signo de rebeldía muy propio de mi personalidad o de el tipo de temas que digo en voz alta para llevarle la contra a mi familia.

Mi madre sufrió la maternidad, se entregó, se sacrificó y al final de su vida concibió su propia libertad en función de sus necesidades y no las de sus hijas. Mi madre me enseñó sobre la libertad gracias a poder renunciar algunas convenciones sobre la maternidad, y mis hermanas me enseñan sobre cómo resistir y luchar para encontrarse incluso siendo madre. Así que no quiero que ser mujer signifique ser madre, ni que ser madre signifique sacrificio, todavía nos falta tanto por escuchar –de nosotras- sobre la maternidad, todavía falta tanto acceder a derechos esenciales en términos de salud sexual y reproductiva.

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

 

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