La maternidad en silencio

Siempre hablo poco, pero nada comparado a cuando nació mi hija, y viví el mandato casi religioso de quedarme callada. Después del parto, los días transcurrieron con una sensación de irrealidad cuyo recuerdo todavía me descoloca. A lo largo de mi vida han usado adjetivos como tranquila, quieta y callada para describirme, tal vez por eso al principio a mí tampoco me extrañó pasar tanto tiempo en silencio.

Poco a poco me di cuenta de que lo que me sucedía iba más allá del baby blues, del shock que había atravesado mi cuerpo y de la falta de sueño. Mis pensamientos parecían desconectados físicamente, y la capacidad de hablar me resultaba cada vez más acortada. Estaba obnubilada, pérdida en un firmamento sin fin de ideas que no alcanzaban a concretarse en una frase, y sentimientos angustiantes de tan desconocidos.

La primera vez que salí sola – es decir, sin compañía de otro adulto-  al supermercado con mi hija, tuve un episodio de disociación, fui incapaz de reconocer que mis manos eran las que empujaban la carriola y sentí el frío recorrer mi cuerpo. La sensación de vivir en un sueño jamás me había parecido tan aterradoramente real. Sin embargo, sabía que en algún punto de mi conciencia estaba yo, que no era la sujeta que cuidaba su hija por inercia. Estaba escondida detrás de un silencio indescriptible que me estaba ahogando.

La desesperación de no poder construir oraciones complejas se convirtió en paranoia y finalmente en terror. Me parecía posible haber perdido mi capacidad de pensar con coherencia, de estructurar lo que intentaba decir. Así pasaron varios meses, entre conversaciones básicas, monosílabos y frustración. Constantemente estaba segura de que el embarazo se había comido mi capacidad intelectual e imaginaba que, con un poco de suerte, lo había hecho para convertirme en una mejor madre.

En un intento por recuperar mi lucidez, regresé a escribir y mi mente se recobró paulatinamente, salvo que ahora en lugar de monosílabos tenía un tema que no daba espacio a nada más. Quería hablar de ser madre, quería contar el agotamiento que me causaba lactar y cómo cada vez que la bebé comenzaba a mamar yo sentía un profundo abatimiento seguido de una especie de letargo.

Se ha dicho mucho que la literatura que toca el tema de la maternidad se da desde la experiencia personal, muchas veces reciente, de la autora. Estoy convencida de que no hay otra manera, de que la experiencia de gestar, parir, lactar y maternar es tan inconcebible como morir. Sin embargo, la muerte nos alcanzará a todos y la maternidad no.

Esa crítica proviene de la intención de demeritar nuestra experiencia, del pensamiento muy bien posicionado de que si hablamos de nosotras es porque carecemos de imaginación y no estamos haciendo ficción lo suficientemente buena.

En aquel entonces me encontré con un ensayo de Bárbara Johnson llamado Muteness Envy. El texto, publicado en The Feminist Difference: Literature, Psychoanalysis, Race and Gender, habla sobre el ideal poético del mutismo. Con un poema de Keats como ejemplo, Johnson describe un fenómeno que denomina “la envidia del mutismo” en el que, según la autora, la voz poética ideal para los autores varones son los objetos incapaces de emitir sonido. Estos objetos suelen ser urnas, ollas o cualquier otro objeto que pueda contener dentro de sí a otro. En contraposición a estos objetos receptáculo, se encuentran los hombres y su capacidad de hablar, de decir y de nombrar.

Al leer el ensayo, después de haber dado a luz, mi mirada se posicionó en un sitio completamente distinto. Mi cuerpo recientemente había terminado de ser el receptáculo de otro. De acuerdo con las religiones judeocristianas y el pensamiento generalizado de la sociedad, la mujer embarazada es poco más que un florero cuyo producto a punto de germinar es lo único que importa.

A diferencia de los hombres, para nosotras el silencio no representa una cualidad que resaltar, el silencio nos ha sido impuesto. Nuestra historia está repleta de ancestras silenciadas y nuestra vida personal ha sido sistemáticamente desprovista de libertades narrativas.

El silencio a mis ojos se acentuaba como una imposición a mi condición. Yo, una mujer durante el posparto con un caudal de emociones, ideas, miedos y dudas nuevas era incapaz de enunciarlas porque en mi lenguaje no había el vocabulario suficiente para decirlas, porque jamás había escuchado a otras mujeres hablar de ello y porque si ellas no lo hacían era porque nadie más lo hacía, así que no existían. Aquellas cosas no le sucedían a nadie sino a mí, lo que parecía una predisposición natural o defectos innatos.

Los rincones oscuros del embarazo y la maternidad han sido espacios intocables cuya capacidad de explorar se nos ha negado. Reconocer la contradicción de un mundo nuevo y desconocido que se abre desde el interior de las mujeres requiere de narrativas distintas, de un vocabulario que sí considere nuestra experiencia y no se imponga sobre ella.

Las narraciones acerca de la maternidad adquieren especial relevancia cuando somos capaces de observar que aquello que sí se ha dicho no es suficiente, que tenemos ganas de decir más desde distintos frentes y que, finalmente, ha dejado de importarnos que los hombres de la academia lo consideren un tema menor. Estamos listas para incomodar hablando de nuestros cuerpos. Estamos listas para decir puerperio, aborto, sangre, ano, arrepentimiento, gozo, fastidio… sin vergüenza ni culpa.

 

Autora: Fernanda Monsalvo (Ciudad de México, 1994). Egresada de la carrera en lengua y literaturas hispánicas en la UNAM. Es docente, escritora, cuidadora y traductora en formación. Colabora en la colectiva Pensar lo doméstico.

Ilustración de: Marisol Abarca

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