Mamá, existes

Te llamé mamá desde que te conozco. Llegaste a mí por las noches, pidiéndome que no llorase más. A veces, sin querer, te quedaste a llorar conmigo. Te llamé mamá desde que me enseñaron a hacerlo, desde que aprendí a señalarte con la inconfundible familiaridad de la palabra “madre” prendada en la boca. Mamá, ven por mí, estoy perdida. Mamá, abrázame, estoy sola. Mamá, no quiero volver a la escuela, la detesto. Mamá, mamá.

Te llamé mamá por las tardes al tener un día horrible en la escuela. Te llamé mamá en las madrugadas al no poder conciliar el sueño, esperando furtivamente tu adormilada voz con ese dulce tono tuyo diciéndome que podía dormir contigo. Aprendí a mirarte desde el reconocimiento inconfundible con que aparentemente todos lo hacían. Muchos te llamaban tía, otros cuantos te decían prima. La gente te aprecia, dicen, pero nunca pronuncian tu nombre.

Hasta que te vi.

La primera vez que ocurrió fue al escucharte reír. No fue una carcajada apenas audible, de esas que una suele esconder con la vergüenza atravesada en mitad del escandaloso sonido: fue una carcajada pura y dura. Tus ojos brillaron y la boca se te ensanchó, mostraste por primera vez una cara que yo desconocía. Se te arrugó ligeramente la nariz y tus mejillas se sonrojaron de forma inevitable, casi juguetona. Fue extraño. Fue una sensación de cercanía inconfundible que me permitió, por primera vez, dejar de verte como mamá. Llegaste a mi vida como una nueva presencia, una abrazada de la anterior, pero no por ello menos importante. Llegaste con el cabello esponjado, las manos pequeñas y los labios pintados de rojo. Pensé en ti como Carmen. Y pronuncié tu nombre, porque qué otra cosa se puede hacer cuando la verdad nos llega de golpe.

Carmen.

Te miré por primera vez, reconociéndote, y me sentí orgullosa de existir a tu lado. Recuerdo que las cosas cambiaron desde entonces; nos acercamos, me hablaste sobre ti, sobre las cosas que solías hacer cuando tú tenías mi edad. “Me gustaba mucho hacer ejercicio”, me dijiste una vez, sonriendo y mirándome a los ojos porque no conoces otra forma de hablar con la gente. ¿Por qué ya no lo haces con tanta frecuencia como antes?, te pregunté entonces. “Porque ya no tengo tiempo”, respondiste al final.

Tiempo, claro. Cómo sacar tiempo para ti, para permitirte ser Carmen, si todos los días te desgastas siendo mamá.

Cuéntame sobre tus pasiones, sobre lo que amas. Tú siempre solías contestarme, con la ternura que te caracteriza, que a nosotros nos amabas más que cualquier otra cosa. Yo te sonreía, te apretaba la mano y repetía que lo sabía; pero cuéntame sobre lo que amas, lo que te gustaría hacer si no tuvieses que trabajar tanto.

“Viajar”, dices hasta el día de hoy. Y yo te miro, te pienso y te recreo en mi mente acostada en la arena de una playa lejana. Te imagino sola, porque, aunque a la gente le gusta pasar tiempo contigo, tú también necesitas tiempo para ti. Para pensar, para reír, para existir.

Carmen, eres mi mejor amiga.

Me gusta pronunciar tu nombre porque hoy, más que nunca, quiero que recuerdes que existes más allá de ser mamá. Me gusta que recuerdes que eres la misma niña que tocaba timbres ajenos y salía corriendo para no ser atrapada, la misma adolescente que escondía alfileres para defenderte de cualquier hombre que quisiese sobrepasarse contigo, la misma joven que fue la primera mujer de su familia en estudiar y encontrar trabajo. Eres la misma Carmen que se soltó esa carcajada y me exigió recordarla por su nombre.

 

Autora: Tania Franco: Estudiante feminista, firme defensora de lo justo y aficionada soñadora entre páginas. De risa estridente y palabras provocadoras, utiliza su voz para transformar el mundo.

Ilustración de: Araceli García

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