Maternidad, mi resistencia

Mis recuerdos son feministas, son resistencia. No tengo buena memoria, soy la clase de persona que puede ir a un lugar tres veces, y todas olvidará el camino. Sin embargo, conforme fui creciendo los recuerdos de mi niñez comenzaron a aferrarse con mayor fuerza, incluso aparecieron nuevos. En principio pensaba que eran parte de mis pesadillas, pues surgían como piezas sueltas de un rompecabezas y generaban ansiedad. Con el paso del tiempo y las pláticas con mi madre descubrí que realmente habían sucedido. Así comencé a reconstruir mi historia.

La mayoría de mis recuerdos son episodios de violencia hacia mi madre, incluso llegué a pensar que yo represento para ella la continuación de una vida de maltratos. Mi mamá comenzó a trabajar desde niña para ayudar a mi abuela y truncó sus estudios por falta de dinero. Su sueño era ser maestra, y seguramente lo habría logrado. Nunca dependió de nadie, hasta que se embarazó y se casó por miedo a mi abuelo. Esos recuerdos también son parte de mi historia, de nuestra complicidad.

Nunca tuvo el deseo de casarse, mucho menos de tener hijos; sin embargo, siempre me asegura que jamás dudó en interrumpir el embarazo, aunque no estoy segura que la decisión estuviera basada en un amor instantáneo. Tal vez nunca la sabré.

Hoy que he pasado por la edad de mi madre cuando se embarazó, no puedo evitar pensar en la decisión que yo tomaría si estuviera en su lugar: No dudaría en abortar y seguir con mi vida bajo mis deseos.

A los quince años tomé la decisión de no ser madre nunca, así llegaron las críticas de mi familia. Dejé de asistir a las reuniones familiares porque me cansé de las preguntas violentas, de las pláticas sobre mi cuerpa y las miradas de indignación cuando hablaba del aborto.

Mi familia está conformada principalmente por mujeres, la mayoría con hijos y sin el apoyo del padre. Aunque amo a mis sobrinos, no hay momento que no piense en la vida de mis primas: sería mejor si no se hubiesen embarazado.

No odio a los bebés -como cree la gente cuando menciono mi nulo deseo de ser madre-, al contrario, los respeto profundamente. Disfruto trabajar en proyectos para niñas y niños, y por eso defiendo su derecho a crecer en una familia sin violencia. Una violencia surgida desde la presión social para seguir un embarazo no deseado.

Ser madre debe ser una elección desde el deseo natural. Nadie tiene derecho a decidir sobre la cuerpa y sus procesos, sólo nosotras. Sobre todo, ninguna mujer debería convertirse en madre por miedo o exigencias sociales.

Acercarme al feminismo me permitió anclar mis pensamientos en teorías, para no considerarme una mujer rara como todos decían. Sobre el embarazo, Monique Wittig explica  la relación existente entre categoría de sexo, heterosexualidad obligatoria y dominación.

En este sentido, el establecimiento de las diferencias naturales de hombres y mujeres legitima la reproducción como función obligatoria para mantener un sistema económico basado en la explotación. Bajo la definición de categorías, el embarazo no es visto como un acto forzado, sino un proceso biológico. Lo que comúnmente llaman “un instinto materno”.

Durante años he luchado contra las críticas violentas, y los discursos normalizados. Emprendí un viaje por el feminismo, para comprender la dinámica en la cual estamos inmersas desde la individualidad y la colectividad, seamos madres o no. En el camino entendí a la maternidad como territorio de resistencia.

Mi madre odia el feminismo, sin embargo, me educó para ser parte de él. Me preparó para defender a toda voz mi libertad, mantener mi poder de elección, reconocer la violencia (incluso si se esconde en “amor”), y jamás depender de un hombre. Algún día lo descubrirá.

Por ahora, transito este mundo feminista sin ella. Cada día aprendo y descubro algo nuevo para mostrárselo, como lo hizo ella con las letras cuando aprendí a leer.

Cuando el día llegue, podré mostrarle cuánto me he reconciliado con mi cuerpa desde el amor. Una cuerpa construida por otras maternidades, desde los úteros de mis abuelas y sus ancestras.

Por esas maternidades hoy sigo luchando. Por ellas y las venideras, me niego a ser utilizada como vientre de alquiler para reproducir y legitimar el patriarcado. Me niego a que mi cuerpo sea visto como un objeto al servicio de los hombres; en cambio elijo compartirme con otras mujeres en busca de un nuevo horizonte de conocimiento.  Me niego a considerar desecho mi sangre menstrual, a odiarla o a temerle por relacionarla con la maternidad. Porque la sangre de mis venas contiene la historia resistente de mi madre, la mía, la de ustedes y un día nos llevará a la liberación.

 

Autora: Jacqueline Alarcón (1991) Guionista/ Locutora en busca de buenas historias para contar y paz espiritual. Feminista y repostera en ciernes.

Ilustración de: Kathrin Honesta

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