Rayitas rosas

¿Qué es la maternidad realmente? ¿Quién dicta lo que por norma se debe sentir? No siento el desprendimiento de algo, mucho menos el de alguien. Tampoco siento dolor ni dicha. Cuento todo esto tras un año del hecho y creo que aún no podría contarlo abiertamente. Sí, siento algo; miedo de ser rechazada, o que sientan el derecho de debatir sobre mi elección. Si supieran que decidí no tener hijos, nunca, después de una violación en mi adolescencia ¿pensarían igual?

Se supone que una madre tiene que velar por la vida de sus hijos ¿y dónde estaba la mía? Yo no quería vivir eso nunca. Un año atrás salía con un hombre que quería jugar a la casita feliz, me hablaba de sus deseos de formar una familia. Rechacé su idilio una y otra vez.

Los días y las semanas pasaban y mi cuerpo no me advertía que teníamos a un invasor dentro. Ni antojos, ni mareos, ni cambios de peso. Nada ocurrió de forma abrupta y por eso no me di cuenta.

Cargué un bulto ensangrentado y lo hundí en una tina de baño para limpiarlo y purificarlo. El bulto lloraba, pero yo no paré hasta ver cómo se iba toda la sangre de su pequeñez inerte. Terminé empapada, ya no era el agua de la tina de baño, era un charco de orina, esa especie de sueño profético me hizo despertar en la madrugada.

Por la mañana fui a la farmacia. Me senté en la taza de baño y puse todo mi valor y fe en un pedazo de plástico. Dos rayas. Salí del baño, me vi fenecer en el intento, la habitación o mi cuerpo se habían enfriado. Llevaba tanto tiempo ahogándome, memorizando cada momento de los últimos tres meses, memoricé cada esquina, cada sonido y sin saber qué hacer después.

Las manos me tiritaban y mi cuerpo ya olía a tabaco y a óxido, los días me ardían como a resaca. Por inercia puse mi mano sobre el pequeño vientre que empezaba a saltarme.

Contra todos mis deseos, ese hombre, tras una consumación apresurada dejó esto en mí esto. En ningún momento pasó por mi mente avisarle, habría sido desastroso. Me hubiera obligado a ser una incubadora, y a ser esa mujer abnegada que su madre tanto quería para su hijo.

Era miedo y no estar preparada lo que me impedía realizarlo el mismo día.

Pasó una semana de la prueba, y entre artículos de internet di con una clínica privada. No podemos escondernos de las grietas de la realidad y ésta era la mía.

Hice la cita y pasé con el ginecólogo, me preguntó un aproximado de semanas. Mi cálculo eran ocho, y pensé que con pastillas podría sacar a aquél invasor de mí. Con un ultrasonido y su tacto me dijo que la única opción era sacarlo por una aspiración, y que la concepción era de once semanas y tres días.

La pregunta constante era, si estaba segura de lo que hacía, y yo me preguntaba si ellos estaban seguros de que las maternidades también pueden y deben ser voluntarias.

Tras tres pastillas bajo mi lengua y un mínimo de agua, tuve un calambre en el estómago y total confusión del mundo.

Subí como pude a la cama y tras una anestesia local en la matriz inició el saqueo. Tres minutos que parecían dislocaciones irreversibles, hay más tiempo de muerte que de vida. Eso era algo bueno que me enseñó mi mamá. Pensaba que el poco tiempo de vida que me queda no lo quería pasar condenada, y que más valía tener en la memoria una tumba sofisticada, que alguien alimentándose de mí; eso me daba fuerza. Veinte minutos después de un ardor que me entumeció los músculos, me dijeron que habían terminado.

Tres horas en recuperación y el sentir de hielos en la sangre me despertaron. Perdí mucha sangre y energía. Caminé al baño con coágulos que salían de mí, y los mareos provocados por más de doce horas sin alimento. No quería comer, quería dormir, quería sentir que por fin el destino seguía en mis manos.

Abandoné la clínica y el caminar a casa fue un martirio. Mi cuerpo sangraba por el desgarramiento, pero había encontrado de vuelta la tranquilidad que me quitó el hombre que creyó que mi vientre era una incubadora.

Pido que ésta sea una breve, pero justa explicación. Lo que muchos podrían llamar pecado, y que hoy yo condenso en papel.

 

Autora: Sam Chomis: Tengo 24 años y las letras me llaman desde los siete años. Estudié un diplomado en formación literaria en la Escuela Mexicana de Escritores y mis géneros predilectos para la escritura son la dramaturgia, el cuento y el ensayo. Los escritores que más han influenciado en mí son William Faulkner, Fernanda Melchor y Brenda Navarro. Escribí en una antología dramatúrgica que se presentó en la FIL 2018 y en el mismo año fungí como jurado la el IECM. Los libros son mi patria, es por eso que trabajo en Librerías Gandhi.

 

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