El arte de ser mala mamá

Me encanta y agradezco cualquier espacio para hablar de este tema sin ser juzgada, y sin culpa alguna. Espero no asustar ni herir susceptibilidades, provocar risa y no llanto ya que intento asumirlo desde el más fino intelecto.

En este camino de construcción feminista y de fijar postura, me debato entre convercerme de que soy una buena mamá y el verdadero arte de ser una mala mamá.

En realidad, llegué a la conclusión de que no es que una sea una mala mamá, sino que las demás son mucha mamá: son tiernas, abnegadas, entregadas, amorosas, casi sublimes de manera natural. En cambio, yo, por más que intento, no lo logro. Y es que ese amoroso intruso, vino a mi cuerpo y lo invadió. Lo conquistó, lo dominó y lo apresó, y hábilmente lo convirtió en cautiverio. Ese chiquito fue conquistando el territorio y me vi rodeada de pañales, su cuna pegada a mi cama, porque, claro, como acto político, hice colecho y lactó hasta los dos años en una cuestionable pero elegida falsa autonomía. Además desde entonces se adueñó de todos mis recursos, ha sido como el capitalismo, como el patriarcado mismo.

Alguna vez leí que las crías humanas eran hermosas y lindas, y que desarrollan esos preciosos cachetes, como un mecanismo evolutivo para ser protegidas; que son tiernas y divinas, o así las vemos, porque es la única manera en que las tribus humanas nos encargaríamos de ellas, de otra manera las dejaríamos morir de hambre. Y pues para nuestro infortunio parece que les funciona toda la vida, porque nunca dejamos de maternar.

Quizá ha sido más difícil porque reconozco que yo no sentí eso que llaman instinto maternal, ese que llegará como por arte de magia, por el hecho de ser mujeres y venir equipadas además con todo lo necesario para ser buenas mamás. He oído a muchas mujeres que dicen que tener un hijo es lo máximo, lo mejor que te puede suceder y en el colmo de la romantización expresan que el parto es el encuentro con el amor de su vida. Yo lo sigo viendo hasta la fecha y pienso que es un tierno advenedizo.

Y aunque no parezca esa dulce cría fue deseado y planeado. Estaba en el mejor momento de la vida, sana y era bastante feliz. Un 6 de enero llegaron los Reyes: ¡Felicidades señora, está embarazada! Me percaté que en ese momento me convertí en solemne señora. Acto seguido dijo el médico: Madre añosa con embarazo de alto riesgo. Pero si estoy en la cima de mi vida. Pues será la madre, pero para la ciencia fui clasificada como “madre añosa”.

A los 38 años mi embarazo fue súper sano. Desde el tercer mes ya sabía que sería varón. He de confesar que oír su corazón latir cada mes me conmovía y emocionaba. Ahí se empieza a construir la maternidad. Ya en el último ultrasonido de cuatro dimensiones pude ver su estómago, su corazón y sus arterias alimentada por un potente flujo sanguíneo. De pronto en la enorme pantalla su cabeza se asomó, despeinada, con unos rasgos chatos y oscuros, parecía… ¡ay diosita!… un… ¡primate!… Tuve pesadillas hasta el día del parto pero no se lo pude decir a nadie. Recordé lo que decía mi mamá: los hijos feos como la noche oscura, pero sanos de cuerpo y alma, así que me resigné y hasta agradecí.  Después de noches de conciliación con Darwin y la evolución, llegó el día esperado, iba muy emocionada al encuentro de lo maravilloso con mi enorme panza, la maleta que no sabes qué meter, los mamelucos que no le van a quedar, los pañales que le darán alergia, y la expectativa del mejor momento de mi vida. Pero yo no sentí nada. Sólo el dolor de la costilla sumida por el empujón del practicante, que hasta la fecha me duele, el lavado intestinal, no haber dormido por noches, el ayuno, el catéter del bloqueo, y los amarres para no causar problemas durante la cesárea. Porque aún en uno de los mejores hospitales privados me ataron las manos. Además de eso, nada…. ¿Qué?… ¿No que era lo mejor de la vida? Pues no. Nada. Además, iba tan temerosa de parir al producto de mis propias pesadillas, literalmente, que cuando lo sacaron, lo limpiaron, le pararon los pelitos, y lo acercaron a mí. Estaba tan bonito, pero tan bonito, que pensé que me lo habían cambiado. Esa criatura tan hermosa no podía ser mía. Pero lo peor no vino ahí. Lo peor fue cuando llegamos a casa y no supe qué hacer con él. Ni cómo alimentarlo, ni cómo cambiarle el pañal. Le busqué el manual y no lo traía incluido. Además ¿no estaba yo equipada naturalmente para saber ser mamá? Pues no. Estoy segura que ahí nació esta contradictoria pero hermosa, historia de amor, y pues por qué no decirlo, esta ajenitud.

Unos años después, ojerosa, ansiosa, cansada, y pauperizada, mi madre ya en un acto extremo de despertar mi amor maternal, que nomás no me salía, me preguntó desesperada y decepcionada: ¿cuándo lo ves no te inflama el corazón? Preferí no contestar.

Y pues bueno, aquí sigo 10 años después, como territorio conquistado aún, porque, aunque intento apropiarme, pues todavía no se me da.

Y yo pregunto, ¿decir lo que pienso me hace una mala mamá? No. Seguro muchas lo piensan, pero no se atreven a decirlo. Porque esto de pronunciarse sobre ciertos temas, no es fácil… requiere de mucha valentía.

Una vez, una muy buena amiga feminista nos dijo estoica y sabiamente, en un babyshower de otra amiga, también feminista y reincidente que esperaba a su segundo bebé (porque el feminismo NO nos quita las ganas de parir): “El reto más grande de ser madre es aceptarles como la persona que son”. Cuánta verdad en sus palabras, porque diez años después cuando le pido a la cría que se quite el uniforme para comer, siempre caigo en la culposa tentación de pedirle que se cambie pero por otro, porque no siempre es de todo mi agrado; en llanas palabras, no siempre me cae bien. Y entonces me doy cuenta que, pues de alguna manera, sí soy una suerte de mala mamá.

Y pues, hablando de cambiar, siempre en su cumpleaños pienso que ya está un poco más grande y, ahora sí, esta chinga será menor, será más fácil, pero no es así. Es sólo un engaño para mantenernos en el perverso cautiverio. Nunca se pone más fácil, al contrario. Y no es que no lo ame. Aseguro que es un lazo único. Cuando lo veo con su hermosa humanidad de diez años, encuerado para bañarse, pienso que es la relación más certera con la que cuento, con él voy a pasar el resto de la vida.

En este camino de aceptarlo muchas veces lo veo mal trecho, con los dientes chuecos, mal vestido, chamagoso, y hay otras que cuando se baña no se ve tan mal, y hasta guapo lo veo, presumo sus fotos. Entonces fantaseo acerca de vestirlo con ropa muy linda y dejarlo por ahí en alguna iglesia, de preferencia en alguna colonia rica, y en un acto de amor verdadero, abandonarlo, dándole la oportunidad de tener la vida que yo no he podido ofrecerle.

Y es que la verdad, siempre me siento rebasada por esto de ser mamá: la comida, la ropa, la lana, la logística que implica la vida con cría. Aún no me acostumbro a sacrificar mi trabajo para poder ir por él a la escuela, hacerle el desayuno, o comerme ese pastelito o la bolsa de papas a escondidas que no me pida. En mucho, la dificultad de ser mamá es toda la logística que implica, y yo no termino de ajustarme. Y eso no es una cuestión de amor, es el constante duelo de no volver a ser la mujer que era antes de ser madre. Y es entonces cuando creo o siento que esta experiencia del maternaje es solo mía, como si yo fuera la única que tiene hijo, a la única que se le complica ir por él a la escuela, y luego me doy cuenta que todas son mamás ¿Cómo le hacen? Además son perfectas. No se quejan, ninguna sufre, todas son felices.

¿Y entonces por qué a mí me cuesta tanto trabajo?

Un día en un parque, yo, completamente rebasada por la ansiedad, porque de verdad una se vuelve ansiosa, me senté junto a una señora y mientras me quejaba amargamente ella me veía con desdén. ¿Pues cuántos hijos tienes?, me preguntó. Por supuesto que uno, fue debut y despedida. Y de inicio con voz condescendiente contestó: ¿Uno? ¿Sólo uno? Ay, estas madres de ahora.
Éstas madres modernas. No pueden con uno, y antes teníamos seis ¡Esas eran mujeres!

Entonces ¿qué soy? ¿sirena?

Algo bueno es una vez que cumpliste con el mandato de la maternidad ya nadie te pregunta para cuándo, o quién te va a cuidar de viejita, te dicen que ya no te vas a quedar sola. Lo malo de ya haber sido mamá pues es que yo resulté ser una mala mamá. He intentado muchas cosas para arreglarlo: terapia cognitivo conductual, ansiolíticos, hasta crianza feminista. Y no lo logro. He intentado resignificar la experiencia. Mi maternaje está lleno de intentos de actos políticos: por ejemplo, circuncisión no. Comprarle lo tenis rosas que pedía; carriola, muñeca y portabebés como regalo de Día de Reyes. Ballet y brillitos en las uñas. En fin, siempre me han visto con sospecha.  No ha sido fácil para ninguno de los dos. Es por eso que le estoy juntando una lanita para su terapia. Si no le alcanza pues lo demás lo tendrá que pagar él. Hasta en eso pensé. Y entonces concluyo que todo este esfuerzo a costa de mí y de mis culpas, ya me hace ser una buena mamá.

En realidad, no todo ha sido tan malo, porque a pesar de la ajenitud, la cría y yo hemos construido un camino de amor verdadero.

Los festivales cuando baila, los torneos de ajedrez, los paseos en bicicleta, los acordes de su guitarra y lo mal que canta, la primera vez que vio el mar. Sus enormes ojos cuando pregunta algo y no sé qué chingados voy a contestarle. Los abrazos a las seis de la mañana en domingo, sus ocurrencias, la emocionante angustia del primer campamento sin mí a los cuatro años. En resumen, ha sido la chinga más hermosa de mi vida.

Nada menos, unos meses atrás lo vi bailar vestido de pastor con su jorongo de jerga comprado en el mercado el día anterior, que le quedaba zancón… por supuesto que todo lo malo se me olvida.

Además, besar y morder todos los días esos cachetes que son producto de la evolución, desaparece todo lo mala mamá que puedo ser, y todas las ganas que de pronto me dan -a veces- de querer abandonarlo.

 

 

Autora:  Anilú Zavala Alonso (Ciudad de México, 1971). Mamá de Matías. Feminista. Consultora y tallerista especialista en género. Gestora cultural. Sus textos han sido publicados bajo el sello Eterno Femenino y han sido leídos en diversos espacios como el Palacio de Bellas Artes bajo Comuarte y otros recintos como el Museo del Pulque y el Centro Cultural Futurama. Ha incursionado en StandUp Feminista sobre el tema de Maternidades.

Ilustración: Camila Aravena

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