Yo madre, yo hija

¿Quién no teme ser mala madre?
Nosotras,
Seres errantes y laboriosos,
Ciervas de la nada,
Cambiamos como cambia un árbol,
Fruto dorado que no oscurece
Llegamos juntas,
Me ensancho como el mar,
Me devuelves la vida con cada sonrisa,
Suspiros llenan el aire de ti,
Y al final,
Nos dejamos,
Nos reconocemos entre la multitud,
Te abrazo,
Me abrazas,
Nos amamachamos.

 

 

Si la maternidad fuera reconocida como un trabajo y no como un don divino, no se celebraría. Bueno, tal vez sí, pero sin el artificio que implican las flores, los pasteles y las mañanitas en un día donde la generalidad de las madres prepara la comida, reciben utensilios de cocina como regalo, se encargan de la logística (carga mental) para seguir perpetuando su rol de labores domésticas y reafirmando lo que les impone la sociedad: la casa y la crianza.

Desde muy temprana edad (alrededor de los 20 años) había decidido no tener hijos, sin embargo, a los treinta y seis todas mis creencias y certezas desaparecieron de golpe y decidí ser madre. Reflexioné si no estaba perpetuando el rol de mujer-madre en este sistema, pero mi deseo de ser madre se impuso. Tal vez la maternidad sea de las pocas decisiones que repercuten para toda tu vida, incluso por generaciones. Muchas veces me arrepentí de serlo, sobre todo en los puntos álgidos de lactar, maternar y trabajar a la vez, allí es donde más cuestioné mi decisión. En una sociedad donde la prioridad está en ser productivo y las actividades de cuidados tienen poco valor, la crianza es algo infravalorado (basta ver el sueldo que reciben las maestras o personal de guardería, y ni qué decir de las abuelas o mujeres que se dedican a los cuidados, su pago es un simple gracias, o miles de gracias acumulados), y es evidente que la maternidad está en último lugar pues se cree que es un deber que compete solo y únicamente a la madre, donde además es altamente juzgada si se equivoca, o se le hace responsable de cualquier cosa que hace su cría, la culpa siempre es de ella. Como si las demás personas a su derredor no contaran, un padre presente o la ausencia de éste, la familia extendida, la misma comunidad. La culpa siempre es de la madre. Cuántas veces no escuchamos decir ¡Qué mala madre es, dejó a sus hijos encargados y se fue de parranda!

No sé qué signifique ser una buena o mala madre. Sólo sé que cada una es madre de acuerdo con las habilidades que desarrolla, y las que va aprendiendo en el camino, las cuales a veces son las más. Es cierto que te cuestionas a cada paso, cada momento ¿Se resfrió porque no lo tapé bien? ¿Lo estoy alimentando adecuadamente? (o inserte cualquier pregunta sobre crecimiento, desarrollo motriz, lenguaje y pensamiento que se le ocurra). La culpa está ya implícita en cada decisión que tomas, y sobretodo si de retomar tu vida se trata. Se juzga cualquier mínimo acto que tenga que ver con la crianza, pero sin que las personas se involucren, y se castiga y señala con una letra escarlata a las madres que trabajan todo el día, que dejan encargados a sus hijos, que no se desviven por ellos, claro ¿cómo se atreve una madre a tener vida alguna fuera de la esfera de la crianza? La sociedad es juez severo, pero nunca parte.

Para mí, la maternidad es como el mar, por veces una superficie azul que te brinda tranquilidad y, las más, olas que te arrastran y te llevan al fondo. En segundos pasas de la euforia de ver la sonrisa de tu hija a ser revolcada por un tsunami. Así de potente es el acto de maternar, una fuerza que imprime paz y a la vez es ese terremoto que viene a moverte todo el piso. Cuando decidí tener a S., hubo momentos donde intentaba respirar y controlar todo (pues nos han vendido muy bien la idea de que la mujer es la encargada del orden y logística de la casa), sí,  intenté ser superwoman y, muchas otras, quise tirar la toalla. Lloraba por ratos, cuando podía y cuando S. dormía. Mi vida había cambiado en 180 grados, pero hacia el lado negativo ¡Ya no quería ser madre! ¿En qué momento lo decidí? Todo mi cuerpo dolía, mi cicatriz de la cesárea me recordaba que algo había cambiado para siempre, los pechos me estallaban, todo me ardía y no encontré confort en la lactancia, me sentía una vaca gorda, una vaca gorda y vacía. Me sentía cansada y con ganas de desvanecerme. Mi cuerpo ya no era mío, mi vida, ya no era mía. Alguien más había venido a quitármela. Estaba arrepentida.

Escribía un diario para no perder detalle alguno de la vida de S. Tal vez, la única manera de combatir la soledad real e imaginaria, y los síntomas de depresión (en retrospectiva, puedo ver que tuve depresión postparto y nunca lo supe) eran ponerme a escribir el diario para mi hija, allí vacié mi tristeza, el rompimiento de mi relación de pareja, y tal vez en esa escritura terminé de matar a mi madre. A medida que escribía, los pensamientos fueron tomando forma y dejaron de ser una maraña. Escribía y vaciaba mis emociones. Escribir me alivió. Escribir me reconfortó en la soledad de no tener a mi madre, y encontrarme yo hija en el hilo de palabras y secuencias que estaba creando para mi refuerzo en el futuro. Sin saber, escribir historias para S. fue completando los huecos del rompecabezas de mi infancia. Escribir me permitió reconocerme como madre de S. y me permitió ser mi propia madre. Mi yo de hace 30 años lo agradece. Escribir compone y recompone. Así fue como este mar de potentes emociones a punto de desbordarse cual olas que revuelcan, tocó tierra firme (alrededor de los diez meses). Fue en ese momento que pude reconocerme frente al espejo, comencé a abrazar mi cicatriz, y me solté el cabello. Regresé a practicar yoga, dejé de usar el pijama como único outfit, dejé de sentirme mala madre si iba a tomar un café o si llegaba un poco tarde del trabajo. Pero lo más relevante, entre todo el cúmulo de papeles mal aderezados, fue que comencé a disfrutar increíblemente cada momento con S., ya sin tortura o miedo a nada. Bueno, tal vez aún tengo muchos miedos que resolver.

La maternidad destruye tu seguridad. Existen dos sucesos relevantes que están tatuados en mí: la primera compra que hice después de que nació S, y la primera vez que tomé carretera con ella como acompañante en el asiento trasero. La primera vez que salí de compras S. tenía alrededor de cinco meses y se quedó en casa con su padre. Fui a una tienda departamental a despejarme, no sin haber recibido al menos un par de mensajes y una llamada por parte de él para saber que no iba a tardar. Me compré un helado y me compré un par de zapatos. Al llegar a la casa y ver el rostro de S. lloré al instante, me sentí mala, sucia, culpable y avergonzada de haber gastado mi dinero en algo intrascendente y que solo fue por el mero placer de darme un gusto, es como si mi dinero ya de facto le perteneciera a S., y en mi cabeza, el dedo juzgador de la sociedad me decía que estaba mal ser superficial ¡Cómo me atrevía! El otro, aún es algo en lo que discurro y espero poder dar resolución a ello, o al menos aprender a convivir con ello de manera más amigable. Mi miedo a tomar cualquier carretera o segundo piso, esté o no S. en el auto. Me di cuenta qué se convirtió en un big issue cuando después de una fuerte discusión con el padre de S. tomé el auto para ir a pasar unos días a Morelos, con S., mi hermano y mi perro. Desde que comencé a manejar, sentí ese miedo a morir que te acribilla el cuerpo, una sensación de impotencia y no saber cómo tomar las curvas. Incluso en un punto del trayecto, la mitad de mi cara comenzó a hormiguear, como indicios de parálisis facial. La angustia estaba al tope. Tuve que detenerme por un momento, lo cuál es un peligro en una carretera tan transitada como la de Cuernavaca. Por fortuna, me orillé en la rampa para los autos que se quedan sin frenos, para tomar aire y bríos de no sé qué. La mayor parte de la carretera manejé a menos de 80 km/hra. con todos los autos pitándome, rebasándome una y otra vez, y la responsabilidad que solo una madre puede sentir, la dependencia de muchas vidas: la de tu hija, tu hermano y la de tu compañero canino. Aún no sé cómo llegamos, pero tan pronto estuvimos en casa, lloré, lloré, lloré. Lloré largamente. No sé cuanto se jugó allí, qué tanto actué a mi madre, qué tanto fue el miedo a ser madre soltera, a tener a mi cargo un ser tan pequeño e inerme, el miedo a ser madre y dejar de ser hija. El miedo a saber que de ti pende todo. Cual mujer que me gusta tener las cosas bajo control, la neurosis y angustia se desplegaron al máximo.

La maternidad te lleva al límite, a ese punto donde tanatos lo consume todo. De eso también va la maternidad, de perderte y reencontrarte. Encontrarte a ti misma desde otro sitio. Así que no necesitamos flores, pasteles, grandes banquetes, monumentos como el de Reforma, sólo necesitamos una sociedad más empática donde la crianza sea comunitaria.

Hoy sé que mi vida no sería la misma si no hubiera elegido y decidio. Hoy sé que no puedo imaginar mi vida sin la presencia de S. A cuatro años de su nacimiento, ya no pienso en mi madre a cada momento, ya no tengo miedo a perderme o terminar por ser ella. La huella de mi madre está, pero no soy ella, soy yo, mi propia madre, madre de S. Soy yo madre, soy yo hija.

 

Autora: Zayra Uribe (1979) Psicologa de formación, escritora por vocación. Maestra en Ciencias de la Salud. Madre, profesora, feminista, rebelde y apasionada por la vida misma. Amante de la poesía, los libros, el café, y el olor de S.

Imagen: Paloma Valdivia libro Nosotros

Un comentario en “Yo madre, yo hija

  1. Te felicito por este relato tan valiente. Seguramente te gustará el libro sobre La hija única de Guadalupe Nettel.
    Siempre he admirado a quien escribe, me transmitiste la angustia que viviste y eso no es fácil de expresar y provocar.
    Seguramente serás la mejor madre que S puede tener; nada justifica una conducta no amorosa, a pesar de todo lo vivido antes o ahora.
    Muchas felicidades, sinceramente, Zayra!

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