Encierro

Estoy agotada.
Cierro los ojos y respiro.
Siento tu olor, ese que me ha acompañado los últimos seis años.
Ese que se ha vuelto uno de mis favoritos.
Ese olor, tan tuyo como mío.

Siento tus manos acariciar mi cara mientras yo recorro tu brazo,
lentamente,
apenas con el borde de mis uñas.
Quisiera quedarme aquí, al menos un rato más. Un par de minutos.

Recuerdo que allá afuera me espera una olla de lenta cocción con frijoles,
esa a la que aún me falta agregar agua y conectar a la electricidad.
Y ese cerro de platos por lavar que mejor dejaré para mañana.
Sí, eso puede esperar.

También está mi texto,
ese en el que he trabajado por momentos toda la semana
y que sencillamente no puedo terminar.

No hay espacio propio.
No hay tiempo propio.
Estos días de encierro son un eterno compartir.
Un eterno compartirme.
Respiro y busco las fuerzas para levantarme,
para dejar este colchón que trajiste al suelo de mi cuarto
porque estas noches de incertidumbre, tú también has sentido el miedo.

No quiero apartarme de tu calor, de este único momento de quietud y paz.
Decido dejar todo para mañana.
Porque, simplemente, ya no puedo más.

Necesito descansar. Necesito hacer cosas.
Necesito relajarme. Necesito hacer ejercicio.
Necesito comer. Necesito tomar agua. Necesito ir al baño.
Necesito dormir.
Necesito dormir.
Necesito dormir.

Quiero descansar. Quiero leer. Quiero escribir.
Quiero meditar. Quiero hacer yoga.
Quiero comer pan y chocolate. Quiero tomar vino. Quiero ir al baño sola.
Quiero dormir.
Quiero dormir.
Quiero dormir.

Respiro, e inquieta, abro los ojos.
Noto la presencia de la luz encendida que desde afuera espera,
desafiante,
constante,
sin piedad.

Sigilosa voy y vuelvo en completa oscuridad,
en busca de ese último rincón por conquistar,
mi lado de la cama,
ese que descubro casi totalmente ocupado por tu hermano,
quien tan sólo sentirme busca mi pecho,
al que no soltará en toda la noche.

Suspiro, agotada, y siento su olor,
mi otro olor favorito,
tan suyo como mío,
mientras busco una posición en la que mi pelvis y mi espalda no duelan más,
y así poder desaparecer por unas cuantas horas.

Suspiro, exhausta, y disfruto la calma.
Me dejo envolver por ese silencio
que nunca es silencio.

Los oigo respirar,
a ti y a él,
tan igual y tan distinto.
Tan iguales, tan distintos.
Tan ustedes y tan míos.
Míos. Míos. Míos.

Cierro los ojos y respiro.
Respiro.

 

Autora:  Katia Albertos Vivanco. CDMX (1981). Mujer, madre de dos por voluntad, comunicóloga de profesión, escritora por vocación y practicante de yoga por bienestar. Hace 7 años, durante su primer embarazo, explotó con fuerza la rebeldía feminista que desde niña llevaba por dentro. Actualmente, su mayor interés está en escribir sobre su aprendizaje, vivencias y reflexiones desde el feminismo. Ama la vida, el mar, los libros, los perros, el café y el vino, reír, compartir y el olor y la risa de su hija e hijo.

Imagen: Katia Albertos Vivanco

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