Monstruo

El feminismo me brindó herramientas para entender varios momentos de mi vida; así como las relaciones que llevaba con mujeres y hombres. En realidad, debo confesar que las relaciones con los hombres son escasas. El cuerpo y la mente siempre me exigieron juntarme con mujeres y rodearme de ellas, quizá por mi situación familiar, quizá porque los niños eran sucios, groseros, bruscos y torpes.

Pero siempre hubo una relación con un hombre, la cual nunca cuestioné de niña: la que tenía con mi padre. En mi casa, mi papá era el bueno, buena onda, el que nos daba permisos, el que decía “no sé, pregúntale a tu mamá” para deslindarse del berrinche o discusión, al que no veíamos porque tenía tres empleos, el que se dejaba abrazar y besar.

Sólo hace un par de años reflexioné que, de chica, no conocí realmente a mi padre, es decir, conocerlo bien. Mi papá, era el que llegaba a casa a comer; el que, a veces, me traía regalos; el que me enseñó a flotar en el agua, el que con desesperación terminó haciendo mis tareas de matemáticas; el que dibujaba mis tareas, el que esperaba que lo llenara de besos y abrazos, y estuviera como changuito arriba de él, porque a mí me encantaba.

Una vez, mi madre le encargó a mi papá ir por mi a la escuela; yo salía a las 12:30. Eran las 2:30 de la tarde cuando a mi papá le dio la extraña sensación de que algo se le olvidaba. Ese, en realidad, era mi padre. Debí haber puesto más atención a esa experiencia porque era lo que me deparaba el futuro algunos años después.

Mis padres se separaron cuando yo tenía 9 años, y por razones que no supe hasta muchos años después, mi papá decidió que no era tan complicado cuidar a dos hijas. Así que se quedó con una de mis hermanas y conmigo. Mi hermana ya iba de salida, es decir, trabajaba, era muy independiente y, también, muy fiestera. Básicamente sólo era yo, que no daba ningún problema, ¿qué tan difícil podía ser?

La primera vez que mi papá lavó, se le olvidó que la ropa se tiene que centrifugar antes de tenderla, se lo hice notar cuando me mandó a tender y la ropa seguía escurriendo agua. Tampoco sabía cómo peinar a una niña, entonces, compró un artefacto para hacerme una cola de caballo con un nudo que parecía salido de estética.

Tengo que admitir que al inicio le echó ganas, lavaba la ropa -muy a pesar de mi abuela que se escandalizaba cada que escuchaba eso; compraba la comida, porque no sabía cocinar; me llevaba todos los días a la escuela y cargaba una mochila que pesaba la mitad de lo que yo pesaba; me preparaba el desayuno con su respectivo chocomilk azucarado -que mi madre jamás me hubiera dado; iba a algunas juntas de padres de familia, y para cuando entré a la secundaria me llevaba religiosamente todas las mañana hasta la puerta de la escuela.

En esa etapa pasaron muchas cosas entre mis padres. Se gritonearon, se dijeron cosas feas, regresaron, se volvieron a separar, se recordaron a sus mamás, pero esa no es historia para este texto, lo menciono por si se preguntaban a dónde fue mi mamá. Pues mi mamá, cansada, yo creo que dijo: “órale, pues a ver si puedes cuidar a tus hijas”.

Y, les repito, mi papá le echó ganas al principio, hasta que, un día pasó de ayudarme con las tareas a cansarse y decirme que pues, ya estaba suave, que yo aprendiera a hacer mis dibujos para biología; dejó de resolver mis tareas de matemáticas y me mandó con mi hermana para que me enseñara álgebra porque no tenía la paciencia para enseñarme. Le echó ganas hasta que me dejó de peinar, de lavar la ropa, yo que era una “princesita” que no agarraba una jerga, pues me puso a barrer y trapear. Hasta que un día y otro, otro, y otro, me llamaba en las tardes para decirme: “hay atún, comes, nos vemos en la noche”.

Ahí me di cuenta que mi papá, antes de su separación, era un papá ausente. ¡Claro!, estaba de ambiente, era papá en las vacaciones, nadando juntos, tomándonos fotos; llegaba a casa cuando la comida estaba servida, veía a sus hijas que lo llenaban de afecto y luego se iba a trabajar. Pero ser papá es otra cosa, implica cuidar, y eso no lo sabía hacer mi papá.

La casa dejó de funcionar poco a poco. La puerta no cerraba bien, la lavadora hacía ruidos extraños, el piso de linóleo, literalmente, se desprendía del suelo, el techo del baño se caía. Todo en nuestra casa se hacía viejo y se rompía. Yo aprendí a odiar el atún que dejé de servir en platos y lo comía directo de la lata. Siempre estaba sola en casa, nadie me cuidaba.

Por supuesto, todo eso fue motivo de tremendos agarrones entre mi mamá y mi papá. Mi mamá, con ganas de sacudirme, me repetía que le reclamara a mi papá, que le dijera, que lo enfrentara. A mí, se me desmoronaba el papá amoroso, buena onda, cariñoso; y definitivamente tomé el camino más maduro al que podía recurrir a mis 15 años: la negación.

Pero vivir en negación no da para tanto, porque además vino la adolescencia y me volví in-so-por-ta-ble. Ni vivir conmigo misma, que es como vivía, era llevadero. Cada que veía a mi papá eran azotones de puerta, jetas, y que él aguantara un genio del que creyó se había librado cuando se separó de mi mamá. Para ese entonces, yo me sentía en el abandono.

Luego entré a la universidad y los desayunos con chocomik se terminaron. Mi papá, a veces, me acompañaba a la parada del camión. Casi no lo veía porque mis largos traslados en esta inmensa ciudad se convirtieron en la regla, y si no estaba en un camión o en el metro leyendo, en casa me encerraba en la habitación a hacer tarea y dormir.

A pesar de ello, mi papá resultó ser bueno escuchando, o bueno, haciendo como que escuchaba, porque si le contabas algo cuando estaba viendo la televisión era casi seguro que no te prestaba atención. Con el tiempo me acostumbré y me pareció gracioso e incluso bromeaba con él sobre pedirle dinero mientras él veía la televisión.

Mi papá y yo tuvimos que conocernos así, en esa cotidianidad. Yo aprendía un poco más sobre él y viceversa. Siempre he envidiado la cualidad de mi papá de ver lo positivo en todo, aunque esté en llamas, es como el meme del perrito que está tranquilo cuando alrededor todo se está incendiando. Algo que hizo mucho en mis años universitarios fue decirme que yo podía con la escuela, que le echara ganas, que él se sentía orgulloso de mí y si él no se sentía orgulloso de mí ¿pues quién?

A mi papá le encantaba decir que su hija sacaba puro diez, que estaba en la escolta, que salió en el cuadro de honor, que nunca reprobó una materia y que se tituló, aunque no entienda bien con qué se come lo que estudié.

El golpe más duro para mí fue cuando mi papá se volvió a casar y llevó a su pareja, y a la hija de su pareja, a vivir a casa. Mi familia pensó que yo estaba celosa y me hicieron análisis psicológicos profundos de superación personal para explicarme lo que sentía, porque yo era incapaz de decir lo que pensaba.

Yo había perdido a mi papá, a ese que conocí en mi niñez desde hacía mucho. No era el casamiento, era el cambio en mi vida porque esa casa de la que se ausentó era todo mi mundo, el mío, a pesar de los desperfectos. Nuestra relación se hizo más tensa que el conflicto entre las dos Coreas.

Lo que me dolió más, es que aprendió a ser el padre de alguien más y no el mío, el que yo necesité. Después de que se casó, mi papá arregló la casa, aprendió a cocinar, barría, trapeaba, lavaba la ropa de su esposa, su ahora hija y de él, había salidas a comer, estaba más tiempo en la casa, en fin, era otro.

El dolor le dio chance al enojo para convivir en mi cuerpo y yo viví enojada gran parte de mi adolescencia y mis primeros años de los veintes. Estaba tan enojada que hasta gastritis crónica me dio. Hablaba con mis hermanas, pero ellas simplemente no entendían. Una de ellas me dijo: “hablas de mi papá como si fuera un monstruo, no es así”.

Viví con mi papá 26 años con altibajos, entre llantos, música británica melancólica, canciones de los Beatles, atún, reparaciones, gritos, azotones de puerta, ley de hielo, indiferencia, convivencia, enojos, alegrías, confesiones, charlas, programas de televisión. Ninguna de mis hermanas vivió tanto tiempo con mi papá, y ellas conocieron al papá que mi mamá les hizo para ellas. Cuando mi hermana me dijo lo del monstruo, le contesté: “no, no es un monstruo, es un hombre y yo lo conozco así, como hombre”.

La relación con mi padre ameritó varias sesiones de terapia. Pienso en el texto de Anilú, y me hubiera gustado que mis papás también hubieran juntado un guardadito para mis terapias que no han sido pocas y nada baratas. Poco a poco aprendí a perdonarlo y a sanar el dolor que su abandono, y su ignorancia sobre lo que era ser padre, me dejaron.

Con todo esto, no hay nadie que me conozca mejor que él, ni nadie a quien yo conozca mejor que a él. Dirían algunas corrientes o interpretaciones feministas que mi padre ya afianzó el vínculo de lealtad que como hija le debo; pero ambos nos debemos cosas. Hoy por hoy, nos llevamos de piquete de ombligo, y la distancia física nos permitió aprender y reconocer lo que hicimos mal.

Ojalá los padres dejaran de pensar que ser padre es poner el apellido, dar manutención, presumir a los hijes o, estas nuevas paternidades progres que esperan que les den una medalla por lavar los platos, ir por las niñas o niños a la escuela, o preparar de comer. A mi papá lo tildaron de mandilón cuando comenzó a hacerlo, pero eso era lo único y lo mínimo que yo esperaba de mi papá.

Nunca he podido contarle esto. Es al hombre que más le he escrito cartas, y nunca se las puedo entregar. De algún modo, ya sabemos. Unos días antes de su operación, mientras luchaba contra no uno, sino dos tumores de cáncer, me tomó de la mano y me pidió perdón. Igual y mi parte feminista me va a decir que traiciono la lucha; pero a mi yo adolescente le bastó y le sobró ese momento.

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

Ilustraciones de SOoSh

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s