El peso de la sangre

Recuerdo que aquella mañana estábamos desayunando los cuatro, bueno, los tres porque mi madre sólo estuvo calentando tortillas y pasando a mi papá y a mi hermano cada cosa que necesitaban para sentarse a la mesa: la sal, los chiles, el pedacito de queso, la salsa que sí pica, en fin. Era como si el lugar de ella, especialmente la hora de la comida, siempre fuese la cocina, el estar de pie, el servirle a otros.

En esa ocasión yo no quise desayunar pues desde temprano me dolía la panza, pero una vez más me obligaron a acompañarles. No hice berrinche, sólo obedecí. Recuerdo que  de pronto  mientras miraba por debajo de la mesa, muy por casualidad me di cuenta que  en ese momento me visitó por vez primera la “regla”, entonces me puse a llorar.  Todavía puedo verme allí en la silla mientras comía a la fuerza huevo con tortillami entrepierna toda manchada, luego la humedad recién sentida, tibia. Grité. De manera espontánea e ingenua grité, dije que me había bajado y que tenía sangre allí, ¡allí!

Mi madre al escucharme vino apurada desde la cocina, aleteando con una cuchara de plástico, al acercarse y verme con el short de licra todo manchado, me dio un golpe en la cabeza y me dijo que me fuera corriendo al baño, que era una cochina y que no llorara. Definitivamente a ella le dio mucho coraje verme sangrando, sé que no fue la mancha en la ropa o la silla, fue otra cosa, una verdad que nunca descubriré, pero a la que le encontré sentido desde el principio, cuando me pasaron “cosas” sólo por ser mujer.

Fue a partir de la menstruación que empecé a conocer el infierno que puede significar “crecer”. Tuve mucho sangrado durante casi doce días, me sentí sumamente débil, todo el cuerpo me dolía y aun así mi mamá empezaba a cargarme de quehacer.

Sí, después de aquel día rojo el ambiente del hogar fue terrible porque no había descanso, no sé qué le pasó a Lupita, mi madre, que a partir de ese día me vio como una extensión suya, empezó a dejarme claro que ahora también a mí me tocaba atender a los dos hombres de la casa, todo el día; a veces incluso a los que se sumaban a pasar la tarde con mi papá para emborracharse y hablar de mujeres y carros. Aquello era una pesadilla, y debo decir que por muchos años creí que ese mal sueño era la única realidad posible para mí.

Después de aquel primer sangrado, pasé de ser una niña que jugaba sobre la cama, a una mujercita que replicaba la actitud y responsabilidades de su madre; comencé a sentir la amargura; mis horas de juego disminuyeron y se anularon poco a poco, mi madre me regañaba o se molestara conmigo por cualquier motivo, y todo eso empezó a borrar la niña que yo era. Puedo decir que toda la violencia guardada por esa mujer que me parió, salió y se abrazó de mí; como si de esta manera quisiera liberarse. Mi madre encendió en mi ser ese sinsabor que tarde o temprano aparece en cualquier mujer de esta tierra. Y aunque no le guardo rencor, siento una infinita pena que no sé cómo se quita.

Y claro, no fue la única que me enseñó lo complicado de la vida, mi padre y mi hermano comenzaron a exigirme atenciones de “ama de casa”, incluso puedo decir que en cada acto demostraban que esperaban de mí una actitud servil. Me regañaban, me decían que no sabía hacer las cosas, se reían de mí. Aquello me marcó para siempre.

Después de que me bajó, aparecieron los mayores momentos de ansiedad y amargura de mi vida, en casa empezaron a tratarme como si fuese “grande”, mi idea del mundo se retorció, yo sentí que algo se quebró en mi mirada, se me difuminó el halo que era la infancia.  A mi familia se le olvidó que yo tenía apenas once años.

Cómo se cura una de eso que nos enseñan, de la asociación de algo tan nuestro y tan valioso con algo funesto. La menstruación, la vagina, los pechos, los dientes, la panza, todo el cuerpo. Cómo te curas de lo que crees que eres.

En algunos lugares parece que no está bien que las niñas y los niños crezcamos, claro que eso aplica ciertas distinciones en cada caso; por ejemplo, con Roberto mi hermano, las cosas eran distintas, de alguna forma mi madre y mi padre lo hacían sentir como si fuese un hombre con actitudes de niño; aunque me llevara varios años. Mi madre lo atendía en todo momento, y mi padre le celebraba las “travesuras”. Mi madre decía que las mujeres estábamos para atender y servir a los hombres de la familia. Mi padre decía que servir era lo que mejor nos salía a nosotras. La diferencia en tratos hizo que muy rápido me distanciara de Roberto, muy pronto me descubrí sola y llena de miedos, y en el único “niño” que me era compañero, empecé a reconocer a alguien casi siempre violento y grosero.

Mi hermano empezó a acosarme, ahora puedo decirlo así. La primera vez que descubrí que Roberto me espiaba, yo me estaba cambiando de calzón en el baño, un baño donde la puerta no tenía perilla, sino un hueco tremendo que no permitía cerrarla, así que la privacidad era escasa. Me quité la toalla y me estaba limpiando la sangre de los muslos, cuando de pronto sentí una carga pesada en la espalda, una presencia, así que volteé hacia el hoyo de la puerta, y era él, era mi hermano asomándose por el agujero, mirando mi media desnudez. Cuando él se sintió descubierto de inmediato se quitó y entreabrió la puerta con el movimiento, me vio y luego fingió que buscaba algo; rápidamente dijo que la puerta se abrió sola.  Yo no pude ni gritar, me quedé helada y me hice la que no pasó nada, me apuré a poner la otra toalla y recoger mi ropa, y cuando salí él seguía afuera dizque limpiando su patineta.

Después de ese desagradable episodio me sentí desconcertada, sí por lo que vi, pero también por lo insignificante que podía ser, realmente me sentí confundida, no supe qué pensar. Recuerdo que después de algunos días, me convencí de que todo había sido un mal entendido mío; me dije que yo no había visto lo que vi, o sí, pero que no era como pensé al principio, que en realidad él se asomó por algo, por curiosidad, y que seguro no volvería a pasar. Pero pasó, y poco pude hacer para evitarlo. Podría decir que por mucho tiempo tuve que aprender a vivir con esa situación. La negaba. La evadía cuando podía. Y vivía cada vez más encorvada.

Ahora que lo cuento debo aceptar que desde esa primera vez ambos tomamos consciencia de lo ocurrido, a mí me lo decía mi sentir, el malestar de descubrir algo así, la vergüenza que me ardía. Y supongo que él sintió pena, quizá sólo por ser descubierto.

Aquello de espiarme mientras estaba en el baño comenzó a ocurrir seguido. Me sentía terrible por ser observada, deseada, acusada, vigilada por mi propio hermano. Yo sabía que eso no estaba bien, pero no sabía cómo pararlo; tampoco entendía por qué Roberto me hacía eso a mí, por qué lo hacía. Él hablaba poco en casa, había días que sólo llegaba a dormir, era raro con todos, pero agarró una especie de odio especial hacia mí.

En casa teníamos sólo dos recámaras, una era de él y la otra de mis padres -sólo la de él tenía puerta, yo tenía una pequeña camita en el cuarto de mis papás, con la promesa que llegando los quince, en lugar de fiesta construirían un cuarto para mí sola, pero para eso faltaba mucho así que por mientras dormía allí, aunque mi ropero estaba en el cuarto de Roberto. Así que cada vez que quería sacar ropa tenía que entrar a su habitación, y aquello era terrible porque sólo él y mi mamá tenían la llave de la puerta, así que era casi inevitable toparme con él cuando estaba en casa, porque aunque yo le robara la llave a mi mamá y sacara la mayor parte de mi ropa cuando él no estaba, ella  siempre la regresaba a las gavetas, alegando que no soportaba ver mi cama llena de chiras. Mi madre era cada vez más estricta conmigo. Tampoco me he atrevido a cuestionarme a fondo, si ella lo hacía a propósito, si en el fondo quería que yo pasara por eso tan doloroso. Sí, porque por muchos años todo sucedió bajo el amparo de mi madre, y de mi padre también por estar siempre borracho o ausente.

La siguiente aparición del adolescente curioso, como seguramente lo justifican muchas personas, fue que encontré semen en mi ropa interior. De la mirada lasciva, pasó muy pronto a ese tipo de ofensas. Era un sábado a la hora de desayunar, Roberto no había salido de su cuarto y mi madre insistía que lo fuese a despertar o avisarle que ya estaba el desayuno, yo sólo le gritaba desde la puerta, y aquel sólo decía que ya iba. Era el encargo de mi madre, mientras ella iba y le servía el desayuno y le llevaba las tortillas a mi padre y a su nuevo chalán, yo debía despertar a mi hermano y servirle el desayuno, que al cabo ya todo estaba preparado, me decía, “como para las flojas”. Así que recuerdo que yo me sentí presionada porque mi hermano no se sentaba a la mesa, y si lo servía sin que él estuviera, se iba a enfriar y me iban a poner la regañada de mi vida, así que le gritaba más y más fuerte, le tocaba la puerta de madera hueca. Hasta que en una de esas me respondió que abriera la puerta, y le hice caso de manera ingenua, en cuanto la abrí lo vi de frente, sentado en la orilla de la cama, con las trusas abajo, masturbándose. Mi reacción fue dar un paso atrás, emitir un gritillo raro y cerrar la puerta. En ese momento tampoco me dije “lo vi masturbándose”, yo no sabía cómo se llamaba aquello, pero me incomodó mucho verlo, yo sabía que era algo sexual.

Corrí hasta la cocina y pensé lo que iba a decir. Regresé muy enojada, con el corazón latiendo al mil por el susto, y le dije casi gritando que si no salía le iba a decir a mi mamá lo que había visto. Nunca olvidaré su reacción, empezó a carcajearse y justo al salir del cuarto me dijo que él le diría que yo lo estaba espiando en su cuarto, que quería verlo cuando se tocaba. Se rió más fuerte aun y se sentó a la mesa. Yo no daba crédito a sus palabras, sin embargo sabía que mi madre y mi padre le creerían siempre a él primero. Cuando yo acerqué el sartén para servir el huevo, me agarró fuertemente del brazo y empezó a torcerlo, luego me dijo que si andaba de chismosa me iba a romper la madre, y a quemar todos mis juguetes y mi ropa. Sentí mucho miedo, coraje, y comprendí que mi hermano era malvado.
Recuerdo también, que me di cuenta que eso era una diversión para él, porque no paraba de reírse, como si le gustara y disfrutara mucho verme asustada. No sé si los demás lo escucharon, pero nadie dije nada. Ese mismo día por la tarde que tuve que entrar por ropa antes de bañarme, encontré unos calzones llenos de algo amarilloso que endurecía la tela. De principio no supe que era, pero sentí asco.

La próxima vez que intenté “confrontar” a Roberto, decirle que dejara de chingarme, de marcharme los calzones, en ese momento me di cuenta que aquello ya era más que diversión, aquello se convirtió en algo que él disfrutaba y buscaba a toda hora, una especie de adrenalina se le reflejaba en el color de su rostro.

Un día que estábamos solos con mi padre, pero que como siempre él dormía borracho en el sillón. Yo aproveché la situación, me sentí muy valiente y le dije que ya sabía lo que hacía, y que quería que se detuviera, que de lo contrario le diría a mi papá para que le pegara. Lo amenacé con lo único a lo que creía que le temía, me animé y por un momento su silencio me indicó que había funcionado. Hasta que de pronto empezó a reírse entre dientes, y respondió que sólo fue una que otra vez y que no fuera llorona. Se quedó callado, y al rato me dijo que yo ni sabía qué era. Recuerdo que me sentí tan confundida. Él nuevamente se carcajeó, y antes de irse me apretó la boca y me dijo que era la última vez que lo amenazaba con decir alguna cosa. Me lastimó.

Después de aquel momento sentí que vivía en una guerra que había perdido apenas nacer, pero ante la cual apenas estaba despertando. Resignada.

¿A qué tantos castigos puede acostumbrarse una? No pasó mucho tiempo para que Roberto me tocara y me pegara cuando yo simplemente lo evitaba. Cómo se evade a a la gente con la que vives, cómo te escondes de los monstruos que habitan tu propia casa. Aquellos tocamientos comenzaron pareciendo accidentales, luego sólo fueron violentos. Viví aquel infierno durante dos o tres años, luego mis padres cumplieron la promesa de construirme una recámara, el problema fue que ellos pusieron puerta en el suyo y a mí sólo me dejaron una cortina. Así que fácilmente Roberto cambió los manotazos, por la destrucción. Iba a mi cuarto en las madrugadas, me sacaba de la cama, con la cara cubierta, y me llevaba hasta su cuarto para violarme. Sí, me violaba. Ahí me convertí en piedra, en cucaracha.

No voy a revivir la llaga detallando aquel infierno, pero sí diré que durante muchos meses él sólo lo hizo de madrugada, pero pasados los días y las desfogadas violentas que lo empoderaban, ya no importó que fuera de día, con que mi mamá o papá no se dieran cuenta. Finalmente yo dejé de gritar, o de intentarlo cuando su mano apretaba mi boca, comencé a creerle que si decía algo, que si emitía un ruido aunque fuese ligero, él me mataría. Así que Roberto empezó a violarme y humillarme cada vez que quería.

Sí, dejé de creer que podría hacer algo, que valía como persona. Dejé de querer ir a la escuela. En casa, frente a mis padres, empecé a ser cada vez la más gritona, más chillona, la más mentirosa, la más gorda, la más mosca muerta, y todo lo que me ofendiera y definiera según ellos. Yo me lo creí todo. La cabeza y el alma se me llenaron de miseria.

No sé decir si lo que pasó después en algún momento lo planeé, si fue algo que pensé por mucho tiempo o si simplemente un día, harta de todo, vi la oportunidad y la tomé. Sólo sé que lo que hice me salvó de aquello y me metió en esto; sé que lo hice porque sentí que más no podía perder.

Un día empecé a poner cloro en la comida de mi hermano, había escuchado a mi madre contar que así mataron a don Cipriano, así que imité la fórmula. Al principio apenas puse unas gotas, ya luego no me tembló la mano.  Lo vi enfermar, negarse a ir al médico, perder el color del rostro, así como las fuerzas para someterme. Vi a mi madre deshacerse en llanto por su hijo agonizante, a mi padre golpear la pared infinidad de veces.

Fueron días difíciles, pude librarme del ácido de sus manos sobre mi cuerpo, pero no de la obligación de cuidarlo. El tiempo transcurrió lento y en tinieblas. Todavía puedo recordar ese olor abrasivo que despedía su cuarto, esa actitud altanera disuelta entre el vómito y la diarrea. El poder ardiente que empezó a cambiar de manos.

Aún puedo sentir la contradicción tan grande de aquellos días; a veces creo que me persigue todavía. Por un lado le odiaba por desfigurarme el alma, por mostrarme lo más marchito de la vida y, por otro, reconozco que sentía una profunda culpa acompañada de cierta ternura; ¿ternura? sí, quizá sólo es el efecto del veneno que te inyectan al transformarte, obligadamente, en madre redentora del demonio que desde hace tiempo te tragó entera.

Así paso mis días en este lugar, cavilando en lo que nadie me dijo que la vida sería, en lo que fue, en lo que es ahora; pensando en cómo el hombre que me mataba por dentro poco a poco, día a día, también me convirtió en asesina. Doblemente presa. Pensando en cómo tu propia sangre te condena; y en lo mucho que esos lazos pesan.

 

 

Autora: Marisabel Macías Guerrero. Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y habitante contenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría, apasionada de la escritura. Feminista, promotora de cultura y profesora. Cuenta con experiencia como tallerista y mediadora de lectura. Obsesionada en tópicos como el erotismo, el placer, el deseo y el amor. Amante de los libros, el café y, muchas veces, la soledad y el silencio.

Ilustración de: @NUR.ORGANIC

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